La impaciencia es, tal vez, uno de los grandes males que asolan nuestros días.

No sabemos, ni queremos, esperar por nada.

Necesitamos que todo esté disponible siempre.

Podemos comer lo que queramos, cuando queramos, a la hora que queramos.

Podemos elegir qué ver siempre.

Todo tiene que ser ahora, tiene que ser ya, tiene que ser cómodo, tiene que ser fácil.

Y si no lo es.

Nos enfadamos.

Amenazamos veladamente con que si algo tarda.

Nos buscamos otro.

Perpetuando esa terrorífica idea de que hay muchos como tú.

Incluso mejores.

Cientos de miles esperando en algún lugar.

Y tú tienes que ser el más rápido.

Para que no se olviden de ti.

Para que no pasen.

Para que no cojan un Uber en vez de un taxi, para que no te bloqueen o deslicen a la izquierda o para que no recurran a algo nuevo.

Resulta que gracias a la percepción de que todo es infinito.

De que todo nos pertenece.

De que todo se puede consumir y consumir y consumir.

Que siempre hay más.

Mejor, más barato, a estrenar, sin usar, misterioso, una novedad.

No esperamos.

No somos capaces de permanecer.

De ver cómo se desarrollan las cosas.

De construir sin prisas.

Solo por el mero placer de compartir.

De ver a dónde nos conducen las cosas.

Resulta que creemos que vamos a vivir eternamente.

Que el mundo nos debe algo.

Que podemos usar y tirar.

Y que eso no tendrá ningún impacto.

Pero lo tiene, claro que lo tiene.

Los seres humanos nos hemos ido haciendo impacientes.

Ya no aguardamos a revelar la vida.

Tomamos un instante, borra, otro instante, borra, otro más, borra.

Borramos porque parece que no cuesta nada volver a hacer.

Pero sí que cuesta.

Los seres humanos nos hemos ido convirtiendo en muebles sustituibles.

En simples instrumentos que utilizamos para conseguir otras cosas.

Para saciarnos.

Devoramos personas para alimentar nuestro ego.

Para ponernos una medalla.

Para tener trofeos.

Pero estamos más solos que nunca.

Más desconectados que nunca.

Más fuera de todo que nunca.

Ojalá un día se fundiera todo y tuviéramos que mirarnos a los ojos.

Que no hubiera nada que nos estimulara o entretuviera.

Y que nos obligara a esa paciencia que requiere.

El conocer al otro de verdad.