Pablo Casado no va a ser presidente del Gobierno jamás. Cuando el PP vuelva a gobernar será sin él. Ahora solo queda dirimir si la sucesión ideológica será por el lado del PP de Feijóo o por el de Isabel Díaz Ayuso, dos partidos diferentes, dos corrientes que tiran de Pablo Casado situando al líder del PP cada día a un lado del espectro político conservador dependiendo de quién tenga más fuerza ese día, del tema de la jornada, y de lo débil que esté Pablo Casado en la jornada. En el PP no hay liderazgo y los que aspiran a ocupar su silla lo saben.

Las hostilidades se han desatado, y en los conservadores cuando comienzan a despedazarse dejan la gran purga estalinista de los 30 en una simple reunión de vecinos descontentos. No hay amigos en el PP cuando está en juego el poder, es algo que la izquierda no ha alcanzado a comprender, que un partido que es tan despiadado con los propios no tiene ninguna conmiseración con el adversario ideológico cuando se trata de recuperar los puestos de decisión.

El domingo de Colón hubo un cambio de paradigma en el PP. Hasta ese momento las ocurrencias de Ayuso, su verbo desacomplejado y su populismo rampante habían apuntado siempre al exterior. Pero ese día cambió algo. La presidenta de la Comunidad de Madrid volvió a llamar la atención de todos al convertir al rey en felón por cumplir con su deber constitucional al firmar los indultos: "¿Qué va a hacer el rey de España a partir de ahora? ¿Va a firmar estos indultos? ¿Lo van a hacer cómplice de esto?". Parecía que solo había sido una torpeza, un error de cálculo de los suyos, y puede que así fuera, pero lo convirtió en munición interna.

Los hechos se sucedieron. La Casa Real tuvo que salir al paso y recordar el compromiso del monarca con la Constitución recordando el artículo 62 de la carta magna. "No hay más cómplices que ellos", dijo Pablo Casado intentando rectificar a Isabel Díaz Ayuso por la torpeza de involucrar al rey y volver la mirada al PP cuando el objetivo era desgastar el PSOE. Pero Ayuso no acepta tutelas y al día siguiente aseguró que no había rectificado nada y que sigue pensando "absolutamente lo mismo”, pero fue aún más lejos, y dejó claro que el rey "estará en tela de juicio haga lo que haga".

No contenta con promoverse como la única que defiende a España, hasta del rey, si fuera preciso, se ocupó de plantear un pulso a su jefe. Aseguró frente a una panoplia de micrófonos de medios que Pablo Casado piensa "exactamente lo mismo", enseñó a los suyos que es la única que se atreve a decir lo que piensa. Ayuso enmendó públicamente la plana al discurso público del presidente del PP que solo un día antes había dicho lo contrario. No solo Ayuso no aceptó la desautorización del líder del PP, sino que se permitió el lujo de reafirmarse y rectificar las palabras de su jefe de partido. Ayuso ha olido la sangre. Para ser precisos ha sido Miguel Ángel Rodríguez, el adiestrador, el que ha lanzado a su creación a morder en la herida y no soltar hasta que consiga desangrar al que fuera su amigo. Pablo Casado está muerto, su propia manada le ha visto las debilidades.