Las notas del himno de España suenan en la radio minutos antes de comenzar el partido de la Eurocopa en el estadio de Copenhague. Mientras, un BMW de color oscuro se para en medio del aparcamiento de la Fundación Jiménez Díaz. Del asiento de copiloto desciende una mujer joven, vestida de negro, con ciertos problemas de movilidad. Al pasar cerca de ella veo su mirada de cansancio, apoyada en una columna y con su tercer trimestre de embarazo. El partido ya ha comenzado.

La carpa instalada a las afueras del hospital para las extracciones de sangre y las vacunas es un hervidero de gente que no para de moverse. Aquello funciona como una máquina no solo bien engrasada, sino acelerada. Dos mujeres jóvenes aguardan en la puerta y escuchan el mismo mensaje por el que vamos todos un lunes de junio a las seis de la tarde.

- "Buenas tardes. Verá, vengo a vacunarme".

- (Sonrisa ensayada) "Deme su DNI con la letra, por favor".

Teclea sentada en un taburete de los de bar. Sale el papel y lo entrega. "Espere ahí sentada", dice. Y pasa el siguiente. Y el siguiente.

La sala de espera, panelable, algo improvisada, tiene un suelo algo inestable. En el respaldo de las sillas, unas pegatinas recuerdan que manteniendo la distancia de seguridad "te salvas tú y nos salvamos todos". Yo voy con mi conviviente, así que decidimos ponernos juntos. No nos da tiempo a plantar nuestras posaderas en gananciales cuando en la pantalla salen nuestros códigos. Tan rápido que apenas me ha dado tiempo a memorizar el mío: "CXG. Puesto 17".

Me gusta el número porque mi hermana nació un 17 de abril. Durante un tiempo mis padres iban una vez al año al casino de Torrelodones y apostaban en la ruleta por ese número y por el 28, que es el día que tuve yo a bien venir a este mundo.

La enfermera se llama María José, según leo en la pantalla de su ordenador. Es una mujer de mi generación, entrada en los 40, rubia, con el pelo recogido. Por la forma en la que saluda parece que está encantada de pasar una tarde de partido de Eurocopa en un cubículo en el que apenas puede moverse. Trae el interrogatorio aprendido de casa.

- "¿Has pasado el COVID?"

- "Sí, en enero".

- "¿Te acuerdas de la fecha?"

- "Me pilló los días de Filomena".

- "¿Te hicieron prueba?"

- "Sí, de antígenos en mi centro de salud".

- "¿Qué día?" (muestra el calendario)

- "Ese miércoles. El 13 de enero".

Rellena las casillas y afirma: "Sólo necesitas un pinchazo entonces. ¿Qué brazo prefieres?". Yo respondo de forma autómata que el izquierdo porque soy diestra y antes de acabar la frase ya hay otra enfermera que lleva la jeringa dispuesta y directa a mi antebrazo. Ya es demasiado tarde para cambiar de idea y advertirle que justo duermo de ese lado de la cama. El 13 de enero era el cumpleaños de mi padre, pienso, y siento el pinchazo. "Bueno, pues ya puedes volver a viajar", afirma María José. Y yo rompo a llorar.

Me rompo a pesar de ir maquillada sin waterproof, a pesar de haber estrenado una barra de labios que nadie me verá y aunque me he vestido para la ocasión de lo que en casa denominábamos "ir a firmar a la notaría".

Lloro porque me cambiaría por la que apostaba cada verano en la ruleta de Torrelodones, buscando entre el público a Bárbara Rey para verle de cerca los joyones. Lloro y le digo a María José, con voz de pito, de niña pequeña sobrevenida por los acontecimientos, que me quedé sin madre por eso mismo que yo pasé en enero. Y que ojalá estuviera ella en el cubículo 18, poniendo su brazo y chillando antes de recibir el pinchazo. Miedosa como pocas, habría suplicado que por favor, no le hicieran daño.

María José coge su mano y agarra la mía. Aprieta con fuerza y me dice que "ella ahora te está cuidando". Yo me levanto rápido de mi sitio porque sé que viene el siguiente y porque me da vergüenza, a mi edad y con mis raíces sin teñir, que me vean los de al lado. "Ánimo, bonita". "Muchas gracias por vuestro trabajo", respondo. Vuelvo a poner voz de cinco años.

Mientras espero a que me den el papel correspondiente que certifica el pinchazo, me encuentro con Adriana. Sus hijos y los míos fueron al mismo colegio. Acaban de vacunarla. Hace la broma de la edad que gastamos y pregunta cómo va todo. Es mexicana, expansiva pero con voz muy dulce. Es de esas personas que siempre parecen estar de buen humor. "Esto es una maravilla. Joder, qué suerte tenemos", afirma. Se sienta a esperar una posible reacción y nos desea un buen verano.

Adriana tiene razón. Es una suerte y un milagro porque esto parecía imposible hace poco más de un año. Dos horas y pico después, España ganará a Croacia y Suiza eliminará a Francia de la Eurocopa. Un día perfecto para acabar en el Casino de Torrelodones.