José Antonio Gabarri, a sus cuarenta y tantos años, acaba de llegar a su casa, en Valladolid, después de trabajar. No obstante, su auténtico empleo le espera nada más cruzar la puerta: en el interior se encuentra su hijo de tan solo ocho años. Un auténtico torbellino.

Sin embargo, hay un gesto que hace que José Antonio respire tranquilo: ver cómo el pequeño tira su brik de zumo en el contenedor amarillo. Alguno podría pensar que este niño ha nacido con un don para el reciclaje, pero nada más lejos de la realidad. Se trata de algo aprendido —educado, más bien— tanto en su casa como en el colegio.

Y es que este gesto no es algo casual. Cabría pensar que es porque este martes se ha celebrado el día Mundial de la Educación Ambiental. Pero tampoco. Su hijo es así, el reciclaje ya forma parte de él, así como el respeto por la naturaleza.

José Antonio cuenta que, además de un hijo, tiene una hija de 17 años. Y, según afirma, su pasión por el medioambiente no llega tan lejos. De hecho, si hay alguien que manda sobre el reciclaje en esa casa, ese es el pequeño: "Es curioso, porque más que transferirlo nosotros, es él quien nos traslada la emoción de cuidar el medioambiente. Y si tiene que regañar a su hermana, lo hace", expresa entre risas.

Algo parecido le ocurre a Samuel Escudero, cuyos hijos (de 10 y 8 años) también han absorbido con creces el amor por la 'Madre Tierra': "Son capaces de disfrutar de la naturaleza, aprender con ella y esforzarse en cuidarla", cuenta al otro lado del teléfono.

Verdaderamente, indica el progenitor, este afán por la ecología parte de las aulas. De hecho, en el colegio público al que asisten sus hijos (el Miguel Íscar, ubicado en Valladolid, al que también va el hijo de José Antonio) están acostumbrados a hacer actividades de concienciación, como la recién nacida 'Semana Redonda' —impulsado por Naturaliza, y celebrada por primera vez este año, a través del programa de educación ambiental de Ecoembes—.

En este sentido, los niños se han convertido en auténticos expertos de la naturaleza: "Han plantado árboles, han limpiado basura… ¡Creo que hasta tienen un gallinero!", exclama Samuel.

"Nos hemos acostumbrado a que nuestros hijos hagan salidas al río, planten hortalizas y reciclen casi cada día", describe José Antonio, al que incluso se le escapa levemente la sorpresa en sus propias palabras. "Es simplemente fabuloso, porque noto que está involucrado y que aprecia el medioambiente", insiste, y concluye: "La educación ambiental es importantísima, y es algo que, si sale de ellos, supone una mejora para todos".

Educación ambiental a todos los niveles

Estas palabras de José Antonio no hacen más que corroborar una tendencia que, sí o sí, debe materializarse. Una filosofía que también comparten muchos profesores que, a la par que las familias, suponen un pilar fundamental en la educación de los más jóvenes.

Así se aprecia en el proyecto Naturaliza, en el que los 1.268 profesores y profesoras de todo el país que forman parte de esta iniciativa (en total, 644 colegios) no han parado de plantear alternativas a las clases. ¿Quién dice que no se puede dar una clase de Lengua basada en el reciclaje? ¿O incluso matemáticas?

Para ello, gracias al marco de la 'Semana Redonda', los profesores han podido acceder a multitud de recursos, con el fin de que los niños adopten una actitud crítica con respecto a la crisis climática. Ya sea a través de versos, debates o incluso problemas matemáticos, expandir la educación ambiental es algo más que plausible.

Como explica Nieves Rey, directora de Comunicación de Ecoembes (responsables de Naturaliza), "la educación es un pasaporte a muchos mundos, como a la tecnología, la ciencia, las letras…, pero nuestras niñas y niños solo podrán acceder a ellos desde un planeta: el nuestro". Al fin y al cabo, ellos son el foco y los que, en última instancia, pueden cambiar el futuro.

Los niños y niñas, origen del cambio

"¿Cómo cuidáis el medioambiente?". Esta es una pregunta que Francisco Delgado, maestro de primaria en el CEIP Arcipreste de Hita de El Espinar, en Segovia, acostumbra a lanzar a sus alumnos. Y es ante el aluvión de respuestas que recibe cuando se ve dónde empiezan los pequeños (grandes) cambios: "Cierro el grifo mientras me lavo los dientes", contesta uno; "en mi casa tiramos los envases en el contenedor amarillo", responde otra.

Como resalta el propio Delgado, "no somos conscientes de hasta qué punto somos responsables directos o indirectos de la crisis climática". Efectivamente, es tal la inconsciencia que estos niños, como son los hijos de Samuel y de José Antonio, no tienen ni la más mínima idea de que están salvando al mundo. O quizá sí —si no, ¿por qué llegar al punto de rechistar a tu propia hermana?—. Pero es algo en lo que tanto padres como educadores sienten que deberían potenciar.

Por esta razón, ante los malos augurios que deparan las próximas décadas —según la ONU, "si no se aumentan drásticamente las protecciones ambientales" se producirán millones de muertes prematuras a mediados de siglo en todo el mundo—, estos impulsos de los más pequeños son el primer paso para cambiar las tornas. Porque así funciona la educación ambiental: una vez es absorbida, lo sepan ellos o no, las vidas salvadas son incontables.