Hemorragias, pérdida del conocimiento, desmayos y daños cerebrales; moratones y lesiones de por vida; pánico, ira, indignación. Injusticia, y un nombre: Antonio González Pacheco. La historia de los últimos años del franquismo y el inicio de la Transición está marcada con su nombre. Muchos, la gran mayoría, si no todos, le recuerdan todavía, cuatro décadas después, con otro nombre; un apodo que venía a confirmar que los terrores y horrores de la dictadura seguían vivos y no parecían llegar a su fin tras la muerte de Franco; un apodo que, hoy día, sigue provocando miedo, desesperación y rabia entre quienes tuvieron la mala fortuna de cruzarse con él; un apodo que pareció resumir perfectamente los crueles ideales del régimen y la España predemocrática: Billy el Niño.

Le producía placer hacer daño, recuerdan sus víctimas, que se cuentan por decenas y que más de 40 años después siguen luchando por la reparación y dignificación de una memoria que se ha intentado borrar entre torturas físicas y psicológicas, la indiferencia e incluso el descrédito desde las instituciones. Ahora, como entonces, claman justicia e insisten: "Las torturas no son ideológicas. No son de derechas ni de izquierdas, hay que erradicarlas". Porque Billy el Niño no fue un torturador al uso: se escudó en la Brigada Político-Social del franquismo y en el Cuerpo Superior de la Policía para llevar a cabo sus salvajes prácticas. Sí, González Pacheco era miembro de las fuerzas del orden de Franco, como también lo fue en los años posteriores a la muerte del dictador, cuando España había dicho 'basta' y luchaba por recuperar los derechos y las libertades negadas desde 1936. Por entonces, seguía trabajando al servicio del Estado con total impunidad, e incluso fue recompensado por ello.

Billy el Niño nació en 1946, diez años después del final de la Guerra Civil, en Aldea del Cano, un pueblo ubicado en plena Ruta de la Plata, a 25 kilómetros de Cáceres. Allí ya se hablaba de González Pacheco y una herencia ideológica casi inherente. Su familia no pasó inadvertida en la zona, especialmente su hermano, que acabó siendo alcalde de Aldea del Cano en época franquista. "Eran muy de derechas ellos", se comenta en el pueblo más de 70 años después. No se equivocaban: convencido de la causa franquista, Billy el Niño no tardó en unirse a sus filas para defender el ideal del que hacía gala Franco dentro y fuera de España: una endeble estructura social blanqueada, basada en el conservadurismo y el heteropatriarcado que no aceptaba ninguna clase de 'peros'. Desde los 20 ejerció como policía secreta del régimen, y pronto se distinguió como uno de los torturadores más crueles de la dictadura. Aquel que se convirtió en el perro de presa de Franco y que sacaba con inusitada rapidez su pistola en todo tipo de encuentros no tardó en recibir ese apelativo del que se enorgullecía y hacía bandera, fruto de la consagración de su lucha 'profesional' y personal contra los enemigos del franquismo. Lo dicen sus víctimas: "Manifestaba su placer torturando a los rojos".

Sus métodos de tortura más comunes iban desde la 'falanga' hasta la 'bañera'

Como Billy el Niño, González Pacheco cometió toda clase de barbaridades contra quienes luchaban por acabar con la dictadura en cualquiera de sus formas. Los perseguía, coaccionaba, amenazaba y agredía: todo valía para hacer hablar a las víctimas, o al menos para que acabaran autoinculpándose de 'delitos' no cometidos. Y daba igual el grado del mismo; daba igual que la víctima atacara directamente al aparato del régimen, o se dedicara simplemente a difundir propaganda antifascista y en favor de la libertad. Si podía, castigaba, por pequeña que fuera la infracción. Para él, era deber cumplido, y quizá una suerte de satisfacción personal. Para el régimen también, razón de las medallas que ha recibido en honor a su carrera profesional: la primera, concedida en 1972 por la administración franquista, elevó su pensión un 10%; la segunda, una Medalla de Plata al Mérito Policial otorgada en 1977 por Rodolfo Martín Villa cuando era ministro de Gobernación, aumentó el valor de su pensión un 15%; en 1980 recibió un distintivo similar al primero que también se tradujo en beneficios directos de cara a su jubilación; finalmente, le fue concedida una Medalla de Oro en 1982 que implicaba un plus del 20% en su pensión.

En total, cuatro condecoraciones que incrementaron su pensión un 50%; cuatro condecoraciones por realizar todo tipo de torturas. Antes de llegar a ellas, debía cumplir el 'estricto' protocolo que había implantado la Brigada Político-Social para evitar, en la medida de lo posible, denuncias posteriores por daños físicos y psicológicos irreversibles. Así, cuando detenían a alguien, le golpeaban de forma constante mientras éste era trasladado a los calabozos; normalmente, los que estaban ubicados en la Puerta del Sol de Madrid. Allí, retenían a la víctima y la sometían a numerosas fases de sufrimiento y dolor: la esposaban a radiadores para que pasara un calor exagerado, la humillaban dejándola completamente desnuda, no dejaban que durmiera de forma continuada o que pudiera orinar y defecar si lo necesitaba, le negaban agua o comida, impedían que pudiera contactar con nadie en el exterior y la sometían a excesivos interrogatorios en los que era común amenazar poniendo sobre la mesa pistolas y los nombres de familiares y allegados. Todo, para que el detenido hablara.

Y si ni con esas hablaba, empezaban las otras torturas. Por supuesto, Billy el Niño tenía sus "preferidas", como se han encargado de recordar quienes las sufrieron. Métodos como la 'falanga', que consiste en golpear las plantas de los pies con varas; la 'bañera', técnica por la que se mete la cabeza de las víctimas en un recipiente de agua hasta el punto de dejarlas sin conocimiento y al borde del ahogamiento; o el 'pasillo', haciendo pasar al detenido a través de dos filas de policías que le golpean con todo tipo de objetos. También usaba torturas más tradicionales, como apagar cigarrillos en la cara y el cuerpo de las víctimas o dar brutales palizas, siempre con la intención de no dejar marcas en el cuerpo. Así lo han relatado a laSexta las mujeres y hombres que han pasado por las manos de González Pacheco.

"Me golpeó hasta casi desmayarme"

El periodista Paco Lobatón fue una de las muchas víctimas de Billy el Niño. El 19 de junio de 1972, siendo estudiante de Ciencias Políticas, fue detenido por el propio González Pacheco en el espacio central de la Facultad, lugar donde la Brigada Político-Social tenía instalada una sede para seguir de cerca los pasos de los estudiantes. "Había sido elegido como delegado por mis compañeros para asistir a una asamblea de profesores. Íbamos a pedir el apoyo a un boicot a exámenes que habíamos decidido en apoyo a los detenidos por el gobierno de Carrero Blanco", relata Lobatón. Aquella decisión acabaría por marcar su destino.

"Llegué aquí, me dijeron que no podía entrar, me giré y en el momento en el que me giré fue cuando fui encañonado por Billy el Niño", cuenta Lobatón. En ese momento, comenzó su infierno: "Fui enormemente golpeado e introducido en un coche policial. Fui golpeado a lo largo de todo el recorrido por Billy el Niño con una porra telescópica en el pecho y en el esternón". El periodista fue trasladado trasladado hasta el Parque del Oeste: "Detuvieron el vehículo y (González Pacheco) me amenazó, en complicidad con el policía que conducía, diciendo: 'Aquí vamos a liquidarnos a este'". No le mataron, pero sí fue golpeado de forma salvaje nuevamente. "En algún momento estuve a un tris de desmayarme", recuerda Lobatón. Tiempo después llegó a denunciarlo. El precio por tal agresión fue ínfimo: "Una condena absolutamente leve, a 500 pesetas y a un día de empleo y sueldo, si bien recuerdo".

"Me daban palos en la planta de los pies durante horas"

Por los calabozos de la DGS, habilitados en los sótanos del edificio, pasan cientos de opositores al régimen de Franco. Entre ellos estaba Rosa García, que en los años 70 militaba en una asociación clandestina de estudiantes. Tenía entonces 18 años. "Me detuvieron por la noche, en la calle. No me quisieron detener en mi casa para que no hubiera constancia de qué pasaba conmigo. En realidad era un secuestro". Ni siquiera su familia supo de ella hasta que pudo salir en libertad, tras seis días de salvajes prácticas físicas y psicológicas. "Mi padre vino a preguntar por mí y le dijeron y que no sabían dónde estaba yo. Mi familia estuvo seis días sin saber qué había pasado conmigo, sufrió muchísimo". Después de ser internada en los sótanos de la Dirección General de Seguridad, a Rosa la trasladaban continuamente de arriba abajo para someterla a duros interrogatorios: “Aparte de la oscuridad y la cutrez del sitio, había un olor muy desagradable. Nos interrogaban en los despachos, donde estaba la Brigada Político-Social, los torturadores".

No tardó en verse con Billy el Niño: "Estaba esperándome. Su recibimiento fue a base de puñetazos, gritos e insultos. Era una persona muy desagradable, con unos ojos saltones, una boca muy grande y olía muy mal. Recuerdo el asco que me producía", rememora Rosa, que resume sus encuentros con González Pacheco en una palabra: "Era golpear, golpear y ya está". Entre las torturas, una especialmente dolorosa: "Me daban palos en la planta de los pies durante horas". Las coacciones también formaron parte de la vida de Rosa durante los seis días que estuvo presa por los agentes de la Brigada Político-Social. "Me sacaron dos noches en coche a dar vueltas por Madrid para que viera un piso franco. Me amenazaron con violarme y con hacerme desaparecer". Al llegar, Billy el Niño me puso la pistola en la cabeza y dijo: ‘Si salen disparando, le dan primero a ella'". Para Rosa, el objetivo de Billy el Niño y los suyos estaba claro: "Era desgastarte física y psicológicamente para demostrar su poder. No te dejaban dormir, no te daban agua… Te negaban todo". Tampoco tiene dudas sobre la dedicación de González Pacheco en su trabajo: "Lo hacía con mucho gusto. Se empleaba a fondo. No creo que tenga ningún remordimiento. No necesito que pida perdón, solo que le juzguen".

"Me tuvieron siete días y siete noches torturándome siendo un niño"

Lobatón no fue el único en sufrir las barbaridades de Billy el Niño. Tampoco fue el único que denunció. Esteban Cabal fue víctima de González Pacheco en 1976, cuando Franco llevaba muerto un año, y ha presentado ahora una querella colectiva contra el policía del franquismo 43 años después por delitos de lesa humanidad. España intentaba avanzar hacia un futuro más abierto y democrático, si bien, en las sombras, aún se seguía torturando a quienes se atrevían a hacer frente al Estado y a las instituciones que lo sustentaban. "Me tuvieron siete días y siete noches torturándome casi ininterrumpidamente siendo menor de edad", relata Cabal en laSexta, y precisa: "Yo estaba reventado. El forense realizó un informe de diez hojas con lo que me hicieron. Me habían dejado hecho una piltrafa".

Cabal se topó con González Pacheco cuando tenía 17 años: "Mi único delito era pertenecer a un sindicato clandestino de enseñanza media". Poco después, entendió que era una cuestión mayor: "Eramos culpables de luchar por la democracia". A Cabal le llevaron a un juez de guardia, que, según recordó, presentó una denuncia por torturas contra Billy el Niño. Tuvo la suerte de que no le enviaran finalmente a la prisión. Tras su traumática experiencia, Cabal denunció a su torturador. Este había tenido conocimiento previo de sus intenciones, y le advirtió: "Si me denuncias por maltrato, te mato". Dicha denuncia no llegó más lejos. Por ello, ahora insiste en la necesidad de presentar una querella. "No es por rencor, yo ya le he perdonado hace muchos años. Es para que la sociedad española conozca lo que realmente pasó". Porque, señala Cabal, Billy el Niño no es el único culpable de lo que él tuvo que sufrir: "Él era el ejecutor, pero las órdenes las daba el ministro del Interior entonces, Martín Villa, que luego ha seguido desempeñando cargos en la administración".

"Los puñetazos me rompieron el tejido del abdomen"

"No comer, o beber lo justo, no era lo peor", puntualiza Lidia Falcón. La activista por los derechos de las mujeres fue detenida el 16 de septiembre de 1974 durante nueve días, cuando "miles de detenidos, dirigentes sindicales, participantes del activismo político, eran detenidos y torturados; algunos asesinados cuando los tiraban por las ventanas de la Dirección General de Seguridad". Falcón también vivió todo tipo de horrores en la DGS. "Había un hombre altísimo que entró por el pasillo por el que me llevaban esposada hasta el despacho. Llevaba en la mano una guía telefónica de las Páginas Amarillas. Me dio con ella en la cabeza, ese fue el saludo", recuerda.

"Lo peor", continúa Falcón en una entrevista que concedió a laSexta Noche, era el castigo físico continuo al que fue sometida durante los días que estuvo retenida: "Me pegaron directamente". Intentó defenderse de esas agresiones, y añade: "Una tiende a protegerse y me ponía los brazos". Pero no servía de nada: "Me pegaban en el abdomen. Entre puñetazo y puñetazo, cuando no perdía el conocimiento, decían: 'Así no parirás más, puta'". Los puñetazos le rompieron el tejido del abdomen, pero la tortura no se quedó ahí: cuando se desmayaba, era despertada al poco rato con un cubo de agua helada por encima: "Cogí una neumonía horrorosa, salí con una fiebre horrible". Y concluye: "En aquellas condiciones me podían haber matado".

"Estaba desnudo y atado a un radiador y me apagaba cigarros en la cabeza"

A Billy el Niño le gustaba jugar con sus víctimas. Así lo atestigua José María ‘Chato’ Galante: "Le producía placer causar daños". Por más que pasan los años, sigue sin poder olvidar las torturas a las que le sometió González Pacheco. Guarda cada detalle de su sufrimiento. "Recuerdo estar colgado y este hombre dando gritos a lo Bruce Lee, dándote golpes de kárate. Yo recuerdo pensar: 'Qué absurdo éste', porque era un tipo pequeñito y nada fuerte". Es solo un ejemplo de lo que vivió ‘Chato’. Fue detenido en cuatro ocasiones, en todas ellas fue torturado, y en todas las torturas participó Billy el Niño.

"Recuerdo mucho una situación en la que estaba desnudo y atado a un radiador en la segunda planta de la Dirección General de Seguridad (actual edificio de la Comunidad de Madrid), de vez en cuando te apagaba un cigarro en la cabeza, porque más o menos tú eras el cenicero", continúa ‘Chato’. Sufrió tanto dolor físico como psicológico durante sus encuentros con González Pacheco, hasta el punto de perder la noción del tiempo cuando era maltratado. "Perdí absolutamente el control de los esfínteres, me hacía de todo encima. Estaba meando sangre con un dolor horroroso".