Las palabras de la gimnasta olímpica solo las pronuncia alguien con una inteligencia emocional superior y muy trabajada. Su decisión es la de una persona valiente y llena de poder personal. Nadie elige por ella. Ella elige lo que quiere para su vida. Intento ponerme mínimamente en su piel y pienso en los momentos tan duros que ha tenido que pasar. Porque todas alguna vez, salvando las distancias, hemos sido presas de la presión laboral y personal. La que nos imponen y la que nosotras mismas nos echamos a nuestra mochila. La autoexigencia mal llevada es la peor de las compañías. Nos impide disfrutar de la vida. El pánico a fallar y el miedo a equivocarte y defraudar pueden llegar a ser los peores enemigos de una misma.

Nada de esto es desconocido para miles de personas en nuestro país. Todo lo contrario. El mundo está lleno de mujeres y hombres que no consiguen gestionar sus emociones. Y se vuelven tan perversas que acaban limitando su vida con crisis de ansiedad que les paralizan. Los casos más extremos acaban en suicidio.

Hace unas semanas me topé en Twitter con un mensaje que me estremeció. El de una joven que se quitó la vida. Programó un mensaje que se publicó de manera automática después de morir. En sus últimos minutos escribió: "No ha sido impulsivo, no he avisado a nadie a conciencia. Me ha matado la familia disfuncional, los servicios sociales, el fiscal de menores y, sobre todo, el trato degradante y horrible en salud mental. Sólo quiero descansar, no simplemente dejar de sufrir".

Quimera AC, así es como se hacía llamar en Twitter, necesitó solo 140 caracteres para explicar con una crudeza desoladora, cómo se ha sentido y las trabas con las que se ha encontrado para solucionar sus problemas psicológicos. Su mensaje programado terminaba diciendo: "No dejéis de luchar por una sanidad accesible a todos, en especial, a nivel de atención psicológica. Hace mucha falta". Ella es el ejemplo de la falta de recursos públicos en la atención a los problemas de salud mental.

En países como Dinamarca o Suecia hay un psicólogo público por cada 1.800 habitantes. En nuestro país uno por cada 20.000. Eso provoca que los españoles tengamos que acudir a la atención privada si queremos una atención rápida. Un hecho que convierte la atención de la salud mental en un privilegio.

Según un estudio del Orden Mundial, en España se necesitan 9 horas de trabajo para pagarse un psicólogo, mientras que en Francia las horas de trabajo necesarias se reducen a cinco. No tenemos psicólogos públicos y encima los privados son más caros que en el resto de países de la Unión Europea. El cóctel perfecto para suspender en un asunto cada vez más agravado en nuestra sociedad.

La pandemia, además, ha sido una bomba para la salud mental de los más pequeños. Las llamadas de ayuda por casos de ideación de suicidio subieron un 145% el año pasado. Ésta es, sin duda, una de las grandes tareas pendientes que tenemos como país. Quizás una de las más importantes. Cuando Sánchez repite su mantra de que su Gobierno no dejará a nadie atrás, también se trata de abordar la precariedad de la atención a la salud mental.

El Gobierno de coalición trabaja en una nueva ley que tape los agujeros que existen. El maná de los fondos europeos debe servir también para evitar que nadie acabe sintiéndose tan solo que acabe recurriendo al suicidio. No queremos más mensajes programados como el de Quimera Ac. Queremos un sistema público que apoye y dé respuesta a quien lo necesite.