Dice Michael Jordan en el documental The last dance que nunca pidió a sus compañeros de los Chicago Bulls, que dominaron la NBA en la década de los 90, nada que él no fuese capaz de hacer. El comisario principal Eloy Quirós Álvarez, que el próximo día 8 de agosto pone fin a 43 años de carrera, jamás pidió a los suyos nada que él no hubiese hecho o fuese capaz de hacer. El actual comisario general de Policía Judicial personifica la lucha contra la droga en España en los últimos cuarenta años y ha puesto a nuestro país a la cabeza de Europa en esta materia.

El comisario Quirós llegó a Madrid procedente de Villaseca de Laciana, un pueblo leonés de apenas mil habitantes, a mediados de la década de los setenta del siglo pasado. El destino quiso que pronto encontrase un trabajo como camarero en La Pelos, un bar cercano a la antigua sede de las brigadas criminal y político social, en el palacio de la Puerta del Sol que hoy alberga la Presidencia de la Comunidad de Madrid. En La Pelos comenzaban y acababan sus jornadas los policías, así que el veinteañero Eloy Quirós decidió que quería ser como esos tipos a los que servía cafés, bocadillos y devastadores combinados. Compatibilizando su trabajo detrás de la barra con los estudios, a los veintitrés años se convirtió en inspector de Policía. La comisaría de Vallecas, una de las más duras de Madrid, fue su primer destino, antes de llegar a la recién nacida Brigada Central de Estupefacientes (BCE).

A partir de ese momento –finales de los años 70– Quirós nunca abandonaría la investigación. Fue jefe de grupo de la BCE (1993), jefe de sección (1997), ascendió a comisario en 2002 y se convirtió en jefe de brigada en Pontevedra y en jefe de UDYCO en la misma comisaría, en 2003 fue nombrado jefe de su Brigada, la Central de Estupefacientes, en 2006, jefe de UDYCO Central y en 2016 se convirtió en el responsable de toda la policía judicial de España, cargo que ostentará hasta el 8 de agosto, la fecha de su jubilación.

"El pequeño", como le llaman cariñosamente sus subordinados, luce pelazo ya encanecido, un porte de galán que le acompaña desde su juventud y una hoja de servicios única: tres cruces rojas al mérito policial, varias distinciones de la Guardia Civil y numerosas condecoraciones en Francia, Rusia, Bolivia y Colombia. En su haber figuran las detenciones de los más importantes narcotraficantes de España –fue el responsable de dos de los tres arrestos de Sito Miñanco– y el mayor alijo de la historia de nuestro país, los nueve mil kilos en la operación Temple.

Quirós conserva aún hoy esa mirada de tipo despierto, que escanea lo que tiene a su alrededor en pocos segundos. "Es uno de los policías más listos que conozco, es capaz de llevar al huerto a cualquiera", dice un comisario que ha trabajado con él en las dos últimas décadas. El comisario Quirós sentó hace ya muchos años las bases de la lucha contra el narcotráfico internacional. Supo ver que el futuro estaba en la cooperación internacional, en atacar a las organizaciones en el mar y creó los GRECO (Grupos de Respuesta contra el Crimen Organizado), células de policías procedentes de la Comisaría General de Policía Judicial que combaten el tráfico de drogas en zonas críticas, como el Estrecho de Gibraltar, la Costa del Sol o Galicia.

Eloy, que fue inspector y jefe de grupos operativos antes de ascender, conoce los sinsabores de la calle y de la investigación: "Ha vivido por y para la Policía, es un profesional, alguien que ha prestigiado al cuerpo allí donde ha ido –cuenta uno de sus colaboradores–. Como sabe de qué va esto, siempre ha dejado trabajar, sabe que las cosas no salen cuando uno quiere, pero siempre ha sido muy exigente. A la semana de pillar un barco con dos o tres mil kilos, aparecía por el grupo y nos decía que se nos iba a olvidar de qué color era la cocaína, que había que pillar más".

Uno de sus colegas más cercanos define su forma de trabajar: "No le gusta dejar heridos en la cuneta, porque saben que reviven, que se lo digan a gente como Sito Miñanco". Varios comisarios hablan de él casi con devoción: "Ha defendido siempre a su gente y ha peleado por ella. Por eso precisamente, sin que él te lo pida, tú le quieres dar más, mejores servicios, más alijos, más trabajo".

Padre de cuatro hijos –Eloy, Rodrigo, Leire y Sergio– y abuelo de un nieto, las divisas de comisario principal nunca le hicieron olvidar de dónde venía ni le quitaron el aire de quien se ha fajado en muchas tronchas, muchas detenciones y muchas noches en vela. En los últimos tiempos, era frecuente verle pasear por los despachos de su Brigada Central de Estupefacientes, mirando los gráficos de las operaciones en marcha y lanzando su eterna pregunta: "¿Qué me estáis liando?". A mediodía, frecuentaba El Bombazo o El Pirata, los bares cercanos a la sede de la Comisaría General de Policía Judicial, tomando algo con sus compañeros, aunque raras veces invitaba: "Si se entera la Junta de Gobierno de que pago, me echan".

El 8 de agosto llega el final de una carrera apabullante, la de un policía "que te entendía con una sola mirada o un silencio", tal y como señala uno de sus comisarios más cercanos. Todos los que han trabajado con él dicen que ha sido un privilegio tenerle como jefe y como compañero. Yo solo puedo tener palabras de agradecimiento para quien en 1988, cuando yo apenas tenía veintiún años y era un inexperto reportero de sucesos, comenzó a enseñarme los secretos de la lucha contra el narcotráfico. Gracias, comisario.