El olor a sangre seca, que llegaba por la nariz y acababa en la boca. Las manchas de la matanza, que los vecinos se afanaban en quitar arrojando cubos de agua y restregándolas, como en una catarsis en la que la limpieza de los restos de la masacre fuese a borrar de sus memorias aquel infame 26 de agosto de 1990 que permanece en el rincón reservado a los recuerdos que se quieren eliminar, pero no se consigue nunca. Las ventanas cerradas. El silencio roto por los gritos y por sollozos, casi todos quedos, que llegaban del interior de las viviendas. Las casas con los ataúdes en su interior y las familias velando los cadáveres de los caídos en una guerra que se remontaba decenas de años atrás. Los oídos estupefactos al escuchar las historias en torno a los Patapelás y los Amadeos: amores no correspondidos, peleas por el lugar en el que pastaban las ovejas, puñaladas para limpiar el honor, un incendio que nadie quiso apagar… Y al final, nueve muertos. Nueve cuerpos perforados por las postas de dos escopetas. Nueve cadáveres que Emilio y Antonio dejaron a su paso en quince minutos de furia. Ninguno de los periodistas que estuvimos en Puerto Hurraco tras la matanza fuimos testigos de la escena, de ese cortometraje de terror protagonizado por dos hermanos que pasaban los cincuenta años, vestidos de Rambos rurales, con trescientos cartuchos alrededor de sus cinturas y de sus pechos, que disparaban a diestro y siniestro y se paraban a rematar a sus víctimas. Ninguno lo vimos y creo que ninguno pudimos reflejar el espanto vivido en la calle Carrera de Puerto Hurraco. Aún así, horas después de la masacre, aún se podía ver, oler, tocar, oír y degustar el horror.

Tres años y medio después, unos cuantos periodistas agolpados en la Audiencia de Badajoz cruzamos nuestras miradas con los autores de la matanza. Emilio, el mayor, imperativo, chulesco, airado y enfadado durante toda la vista. Antonio, el tuerto, al que una gallina había devorado un ojo cuando era niño, dócil y dependiente de su hermano. Los testigos describieron aquellos quince minutos y señalaron a los asesinos, que aguantaban las miradas de quienes tomaban por enemigos de una guerra atávica, perdida en la noche de los tiempos. La llegada en la sala de Ángela y Luciana, las hermanas de los procesados, dos mujeres que vivían desde años atrás en un permanente delirio de odio y venganza y a quienes el presidente del tribunal invitó a no declarar. Dos mujeres prematuramente envejecidas, que no llegaban a los sesenta años y besaron a sus hermanos como las abuelas besan a los nietos, agarrándoles la cara.

Son los recuerdos de una España de la que ya apenas quedan vestigios y de un crimen que cerró una época. Entre la masacre de Puerto Hurraco y el juicio en la Audiencia de Badajoz, algunos ya empezamos a conocer otra clase de maldad. Antonio Anglés mostró el camino en Alcásser.