Un comando formado por exmilitares colombianos asesina a tiros al presidente de Haití en su residencia de Puerto Príncipe. El magnicidio en uno de los países más pobres e inseguros del mundo apenas merece espacio en la prensa de nuestro país, por extraordinario que resulte el crimen. La violencia en una de las dos naciones de la isla de la Española es tan cotidiana que el asesinato del mandatorio pasa inadvertido a este lado del Atlántico. Haití queda muy lejos y sus niveles endémicos de criminalidad nos traen sin cuidado.

Unos días después, Isaac López, un chico de dieciocho años, muere apuñalado por la espalda en un túnel. El crimen ocurre en Madrid, una de las ciudades más seguras de Europa, y, por tanto, es algo absolutamente excepcional. Pero los medios de comunicación le dedican el espacio justo. Despachan el crimen con unas pocas líneas, unos vídeos que incluyen entrevistas a su dolida familia y poco más. Sorprendente. Las primeras pesquisas del Grupo VI de la Brigada de Policía Judicial de Madrid apuntan a que tres individuos de inconfundible estética latina le persiguieron y le asestaron las cuatro cuchilladas que acabaron con su vida.

Unos días antes, una jauría asesina a golpes en La Coruña a Samuel Luiz. Seis personas son detenidas y cinco de ellas son enviadas a prisión en una investigación policial tan rápida como eficaz. El suceso ocupa muchas horas de televisión y muchas páginas impresas. Dos semanas después del salvaje asesinato del joven, leo en un diario nacional un reportaje titulado "Samuel Luiz, nuestro George Floyd", sin que nada a estas alturas pueda demostrar el carácter homófobo de un crimen que es terrible, sea cual sea su apellido.

En Puerto Príncipe la violencia está tan enraizada en la sociedad que el asesinato a tiros de su presidente se convierte en un episodio más. La Coruña y Madrid son ciudades extremadamente seguras, donde los crímenes son sucesos excepcionales. Eso explica la amplísima cobertura del asesinato de Samuel Luiz, pero no explica la escasa atención a la muerte del joven rapero Isaac. Quizás ha llegado el momento de dar a los crímenes el mismo tratamiento. Isaac y Samuel son dos víctimas de una violencia a la que no es necesario poner apellidos.