Decía Ona Carbonell el jueves pasado en las jornadas que lo más importante en su carrera profesional había sido sin duda su poder de adaptación y como esto se había multiplicado al ser madre.

Que los buenos se quejan y los mejores se adaptan.

Ahí queda eso. Tanto en tan pocas palabras. Qué gran verdad. Y dicho por Ona con tanta humildad, traspasa. Y con el run run de este aprendizaje estaba ayer mientras Laura Rojas Marcos decía en una conferencia que "el cambio es vida y la vida es cambio" y que tenemos que adaptarnos y avanzar. Y que a veces no nos queda otra que...

Seguir caminando aunque no te apetezca.

Lo que en mi filosofía de vida ha sido siempre el "sigue nadando" de Dory. Que no es que Dory sea despistada y esté perdida y con la memoria bajo mínimos, que también, como yo, pero es que la tía es muy lista y sabe que cuando nos perdemos muchas veces la única salida es seguir nadando mientras vamos encontrando la luz.

Pues antes de que la columna de hoy se convierta en una lista de grandes frases de las que hay que tatuarse, lo gracioso vino justo en el momento que mi tocaya psicóloga anoche decía: "a veces estos cambios no son esperados". En ese justo momento se fue la luz del espacio maravilloso de La Térmica de Málaga.

Y lo que en otro momento hubiera sido el fin del evento, se convirtió en la primera charla en penumbra donde dos grandes mujeres se adaptaron y usaron un imprevisto para llenar de emoción y magia una conversación que nunca olvidaremos las que allí estábamos. Que yo piense que esto se hizo con mucho arte porque son mujeres ya es mi opinión personal y mi obsesión por poner la perspectiva de género a todo, pero es que me hizo qué pensar a mí y a mi compañera de silla.

Mi hermana dice que es el Mercurio Retrógrado haciendo de las suyas porque mientras esto sucedía Whatsapp, Facebook e Instagram estaban caídos. Así que súmale a la penumbra hacer un evento en el que nadie puede compartir ni un stories. Aunque con la poca luz que allí había no sé si se hubiera visto algo.

Cuando terminó, cogí el coche. De camino a casa no miré el móvil. Al llegar tampoco y cuando veía que no volvía por más que lo mirara, me relajé. Me puse a leer un rato. Abracé a Luchi en silencio como cada noche en unos de sus despertares y me tomé una infusión con mi pareja como hacía tiempo. Los dos, solos, sin el móvil cerca. ¡Qué gustazo! Eso sí, entré en Twitter, flipé de tener 5.000 followers en mi cuenta personal. Cosa que la verdad me alegra poco porque seguro que la mitad son haters esperando a que diga cualquier cosa para increparme, pero yo sentí la necesidad de decir: "¿Qué estamos haciendo?". ¿Se cae Instagram y Whatsapp y se acaba el mundo? Y añoré nuestros años sin tecnología.

 

Ya se me ha pasado. Ha vuelto la luz. La rapidez en las notificaciones. Y hemos vuelto a caer en la trampa. Oye, ¿por qué no le decimos a Zuckerberg que nos viene bien un día de descanso a la semana?