Es muy común que durante estos días de verano veamos alguna noticia que nos habla de algún caso de salmonelosis. Y es que parece que las intoxicaciones alimentarias se esperan a que estemos de vacaciones para fastidiarnos el descanso y el relax. Lejos de parecer una simple coincidencia, los datos son claros: más del 50% de las intoxicaciones alimentarias se producen en estas épocas fruto de malas manipulaciones y conservación de los alimentos.

Especialmente en el hogar, aunque parece que son más mediáticas las que suceden en bares, restaurantes y chiringuitos. El aumento de las temperaturas es un factor de riesgo, ya que los alimentos tardan menos en estropearse. En el fondo estamos dando calor, nutrientes y agua a las bacterias cuando están en los alimentos, todo lo que necesitan para crecer, multiplicarse y causarnos dicha intoxicación.

Verano e intoxicaciones alimentarias

Si a los factores de calor, nutrientes y agua le sumamos que es en agosto cuando más eventos hacemos al aire libre con la comida, tenemos la ecuación perfecta para que el riesgo sea mucho mayor que en invierno. De media, las bacterias se sienten muy cómodas entre 30 y 37 grados para crecer, o lo que es lo mismo, la media de calor que suele hacer en agosto.

Además, dejar los alimentos al descubierto, o la carencia de agua para limpiar los cubiertos entre un tipo de alimento y otro hacen que vayamos sumando papeletas para que suframos algún contratiempo con la comida. Más allá de si sabemos refrigerar correctamente los alimentos en la archiconocida nevera azul que vertebra las casas de este país.

¿Cómo prevenimos las intoxicaciones?

Grábate estos 10 consejos como si fueran las tablas con los 10 mandamientos. Nuestro objetivo es evitar que las bacterias causantes de las intoxicaciones alimentarias lleguen a los alimentos, y, especialmente que se multipliquen. Y para ello una higiene correcta y saber manipular la comida es fundamental para que disminuyamos el riesgo.

1. Higiene personal. Parece de “Perogrullo” pero las manos son el vehículo principal de los microorganismos para esparcirse. Funcionan como un autobús que las lleva de un lado a otro haciéndose presentes en todo lo que tocamos. Por eso, lavarse las manos es fundamental, especialmente después de ir al baño, tocar animales, plantas, tierra, … Y por supuesto, si vas a tocar alimentos

2. Refrigerar después de cocinar. Cuanto antes. No esperes. No dejes los alimentos a temperatura ambiente más de lo necesario. De hecho, en cuanto la comida esté templada, al frigorífico. El frío es una herramienta muy eficaz para “adormilar” las bacterias y que se multipliquen más lentamente. Para que una bacteria cause una intoxicación es necesario que haya un número mínimo de ellas. Si evitamos que se multipliquen, evitamos que nos intoxiquen.

3. En el campo, playa y piscina, todos los alimentos herméticamente cerrados dentro de la nevera y bien llena de placas de hielo. Mejor que la típica bolsa de cubitos para evitar que en el fondo de la nevera se genere un charco con agua y restos de comida, creando un parque de atracciones para las bacterias. Por supuesto, la nevera a la sombra. Que parece obvio, pero simplemente echad un vistazo en la playa y contad cuantas neveras están al sol porque no nos hemos llevado sombrilla.

4. Las sobras, o a la nevera sin perder el tiempo, o a la basura. O mejor todavía, más vale que falte que no que sobre. Porque fuera de casa es más complicado mantener la cadena de frío. La nevera portátil es una solución, pero no la panacea. Con el tiempo va a ir perdiendo frío y determinados alimentos pueden entrar en la “zona ámbar” de temperatura donde empieza a haber riesgo.

5. Siempre todo bien tapado y protegido, para evitar que los insectos se posen, revoloteen y traigan microorganismos a nuestra comida. Una mosca, mosquito o una simple hormiga puede traernos lo que no queremos, nunca sabemos dónde ha estado antes de llegar a nuestra comida.

6. No te olvides de la contaminación cruzada. Es decir, la que va de un alimento a otro a través de platos, tablas de cortar o cubiertos. Lo que uses con alimentos crudos no los uses con los cocinados, a no ser que los hayas limpiado bien. Un buen truco es usar siempre cubiertos nuevos o limpios para servir las salsas, ensaladas y guisos.

7. Solo recalienta lo que te vas a comer. Así evitamos subidas y bajadas de temperatura que puedan activar a las bacterias. Siempre y cuando tengamos algo para recalentar. El truco de “dejarlo al sol”, como el calentamiento es lento y progresivo es fantástico para que se despierten los microorganismos y se multipliquen.

8. Cuando hagas la compra o prepares la comida para llevarte a la playa o donde vayas, siempre los refrigerados lo último y con relativa prisa de pasarlos de la nevera a la nevera portátil para no romper la cadena de frío. De hecho, primero mete las placas de hielo para que se enfríe la nevera, y después la comida.

9. Sobra decirlo, pero especial cuidado con las salsas como mayonesas, los asados o cualquier plato que convivan alimentos crudos y cocinados a la vez. Suelen ser los más peligrosos

10. Ojo al agua. Si no estás 100 por 100 seguro de que es potable, lo mejor es no limpiar con ella ni beberla. Mejor siempre embotellada y sin hielo si no te fías. Por supuesto, nada de lavar las verduras con ella.

¿Qué hacemos si creemos que estamos ante una intoxicación?

El principal punto que debes tener en cuenta es la hidratación de la persona. Ya sea tomando suero comprado en la farmacia especial para la rehidratación, o con la limonada alcalina que nos preparaban nuestros padres y abuelos.

Es muy fácil de preparar: en un litro de agua, añadimos media cucharadita de postre de sal, otra media de bicarbonato sódico, dos cucharas de azúcar y el zumo de un limón. Ojo que si quien está enfermo es un niño, un anciano o alguien que tiene una enfermedad que le hace persona de riesgo, si a las 12 horas no mejora, lo mejor es ir al médico y que le observe.

También si la fiebre supera los 38º de cabeza al médico. O si tenemos diarrea o vómitos con sangre. Una vez que se acaban los vómitos, empezaremos a comer poco a poco. Tradicionalmente se ha sugerido siempre dieta blanda y astringente, aunque últimamente la evidencia científica abre un poco más la mano. Lo importante es comer algo que nos siente bien, poco a poco, y no muy caliente ni muy frío.