Había faltado unos días al colegio. Al volver me senté al lado de Lucía porque sus apuntes eran tan pulcros como su mente. Habían acabado con la Física, así que me había perdido las primeras clases de Química de mi vida. Ya no había fuerza igual a masa por aceleración ni temperaturas en kelvin para convertir en grados Celsius. Ahora había valencias, hipo, oso, ico y perico. Sílabas, más bien símbolos, números intercambiables y listas de elementos que había que saberse mejor que el Credo. Recuerdo como una canción aquello de "valencia uno: litio, sodio, potasio, rubidio, cesio, amonio y plata". El amonio ni siquiera es un elemento químico, pero y qué, ninguno entendíamos nada, pero aprendimos a formular divinamente. Algunos memorizaban las valencias, otros las teníamos apuntadas a lápiz en el pupitre. Siempre fui muy de escaquearme de la memorización. Como cuando la Madre María nos preguntó a todos el Credo, uno por uno por orden de lista, y yo mirando al crucifijo del aula pedí a Dios que "si de verdad existes me librarás de esto". Ocurrió un milagro. La Madre María me saltó. Así me convertí en la única de la clase que llegó a la comunión sin saberse el Credo de memoria. Con las valencias no tuve la misma suerte, de tanto repetirlas acabé aprendiéndolas sin querer.

El primer contacto con la química sigue siendo así. Después de pasar de puntillas por los modelos atómicos hay que aprender a formular. Por eso quienes abandonaron la química tras la educación secundaria obligatoria a menudo solo guardan un recuerdo fatigoso de números que se intercambian aquí y allá entre sodios, cloros y potasios. Primero como alumna y luego como profesora, la formulación es un peaje impuesto por el Sistema Educativo para más adelante tener acceso a la maravilla de la Química. Es empezar la casa por el tejado, sin saber qué es una casa, ni que lo que estás haciendo es un tejado. Por eso ningún profesor de química en su sano juicio empezaría por ahí, pero están obligados a ello.

El 10 de noviembre se celebra el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo. Escribo "celebrar" con intención. Han vuelto las actividades presenciales, las ferias, los congresos, y también las reuniones familiares y los abrazos; todos ellos son una celebración de la ciencia en general y de la química en particular. Para quienes creen que la química es solo aquello de la formulación, deben saber que gracias a la química se entiende cómo desinfecta un desinfectante, cómo es capaz de retorcer las proteínas que los microbios tienen en su superficie hasta hacerles perder su capacidad infectiva. Gracias a la química se entiende cómo limpia un jabón, cómo es capaz de solubilizar la envoltura grasa de virus y bacterias y arrastrarlas por el desagüe. A lo largo de la historia cuántas vidas ha salvado el jabón. Gracias a la química se entiende el funcionamiento de las mascarillas, en concreto gracias a la ciencia de materiales se sabe cómo filtran y qué filtran esas capas de fibras plásticas prensadas. Gracias a la química por fin se habla de aerosoles. La mayoría estamos vacunados también gracias a la química. Estamos saliendo de una crisis sanitaria y haremos frente a una crisis climática. La química nos ha dado oportunidades.

Sin embargo, me enamoré de la química antes de conocer sus innumerables aplicaciones. Me enamoré a pesar de la formulación. Lo hice cuando entendí que la química es una forma de describir el mundo, la forma más precisa, bella y elegante. Todo está formado por apenas un ciento de elementos químicos: el mar, el aire, la piel, todo es química, su olor, su color y textura. Todo un universo ordenado en una tabla periódica que percibo como un ejercicio magistral de diseño, aunando la intención estética con la funcional. Por eso, en mis años de estudiante en mi habitación había un poster de la tabla periódica colgado entre el de Siouxsie And The Banshees y el de Marilyn Manson.

En la química he encontrado los valores aspiracionales: belleza, verdad y bondad. Lo bueno, lo bello y lo verdadero son consustanciales. Hay un placer estético en el conocimiento, y es que el conocimiento es la forma más sofisticada de placer. En concreto en la ciencia la belleza es un criterio de verdad, por eso se validan teorías, leyes e hipótesis en términos de orden y elegancia. La información se convierte en conocimiento cuando se ordena. El ejemplo que mejor lo ilustra es precisamente el de la tabla periódica. Hay más. Los modelos moleculares, los orbitales, la estructura y el enlace proporcionan una mirada a escala atómica, una descripción minuciosa del mundo a través de la imagen y la palabra, como una gran poesía concreta.

En ciencia se acostumbra a hablar de "verdad" como "verdad por consenso". Esta es la definición de Habermas de verdad que mejor se ajusta a cómo funciona la ciencia moderna. Los estudios científicos se deben hacer con arreglo a un método (para que sean falsables y reproducibles) y pasan por una serie de filtros, dentro del sistema de la ciencia, para procurar que la producción científica sea veraz.

Además de veraz, la investigación científica se rige por unos criterios éticos. Ahí está la bondad, entendida como lo bueno, y también como lo virtuoso. La química es fundamental para alcanzar los objetivos de desarrollo sostenible, como garantizar el acceso a la energía, proveer de alimentos sanos y seguros, mitigar el hambre y la pobreza, promover el crecimiento económico sostenido e inclusivo, conservar los ecosistemas y la biodiversidad... Además de todo esto, la labor científica también se desarrolla desde una dimensión ética, por eso existen los comités de bioética o la actividad normativa desarrollada por la UNESCO, que velan porque los ensayos clínicos, la experimentación animal o el impacto medioambiental de la ciencia y la tecnología tengan unos límites éticos. Pero la bondad más allá del ejercicio ético de la ciencia, es también su principal pretensión, empezando por la voluntad de sentido. La ciencia es una generadora de conocimiento. Y aunque el conocimiento no es en sí mismo moral -no hay conocimientos buenos y conocimientos malos- la búsqueda del conocimiento es un ejercicio de virtud.

Después de mi primer día de clase de química en el colegio, Lucía me dejó sus apuntes. En lugar de copiarlos los fotocopié. No por vagancia, sino porque aquello me resultaba tan incomprensible que me daba miedo copiarlo mal. Cambiar un magnesio por un manganeso o un oso por un ico habría sido fatal. Menos mal que hay reglas mnemotécnicas para aprobar exámenes sin necesidad de aprender -nótese la ironía-. Cuántos sobresalientes gracias a esos saberes profundos de la química como que los patos tienen pico y los osos tienen pito. Aprendí a formular porque sacar buenas notas era mi trabajo, era lo que tenía que hacer. Superé ese curso como una penitencia. Lo bueno, lo bello y verdadero empezaron justo después. Afortunadamente, tras un par de cursos de química llegué a comprender de dónde salía aquel galimatías llamado formulación.