Hoy hace exactamente un año estaba subida en un avión para un viaje de trabajo. Llamé a mi hermano para felicitarle el cumpleaños justo antes de despegar. Estaba muerta de miedo. Los aeropuertos estaban casi vacíos. Unas semanas atrás no se sabía nada con certeza. La información que llegaba de China era, como de costumbre, opaca, contradictoria y poco fiable. Ya se había desatado la guerra entre los «no es para tanto» y los «sálvese quien pueda», ambos atizaban sin pudor a los «no se sabe lo suficiente», hasta que el virus llegó a Europa dejando claro que aquello era realmente grave.

Cuando llegué al hotel encendí la tele para hacer hogar, pero no me dio tiempo a cambiar a un canal de sitcoms en bucle. Solo se emitían imágenes de las calles vacías de Italia. Recuerdo escribir en mis redes sociales «no somos especiales». Lo que pasaba en Italia obviamente ya estaba pasando en España. Quería volver a casa, pero de mi trabajo dependía el trabajo de muchas personas. Cualquier elección me parecía egoísta e irresponsable. Al día siguiente la Organización Mundial de la Salud declaró la pandemia.

Las recomendaciones sanitarias consistían en mantener las distancias, evitar las aglomeraciones y cuidar la higiene. Ya se hablaba de «frenar la curva», es decir, ralentizar la velocidad de transmisión para no colapsar los sistemas sanitarios. Hacía una semana que había empezado el «yo me quedo en casa». Una recomendación que solo algunos privilegiados podían elegir. Yo ya había cancelado casi toda mi agenda profesional del año, todo lo que implicase presencialidad y viajes, pero ahí estaba en el aeropuerto esperando mi vuelo de vuelta.

Cada media hora anunciaban por megafonía que el vuelo se retrasaba media hora más. Ya se especulaba sobre la inminente declaración del estado de alarma, así que no sabía si podría volver a casa. Me daba miedo quedarme sola en otra ciudad a saber por cuánto tiempo y a saber con qué absurdas trabas administrativas; y me daba miedo la posibilidad de estar contagiada y contagiar a otros a mi vuelta. «Protegiéndote a ti mismo nos proteges a todos». Así titulé el post que escribí durante el tiempo de espera en el aeropuerto.

Por fin subí al avión. Me tocó ventanilla. Nadie ocupó el asiento de al lado, afortunadamente. Ya se sabía que una de las vías de contagio del coronavirus eran las partículas que expulsamos al respirar, de ahí la recomendación de mantener la distancia de seguridad. Nadie llevaba mascarilla porque ni había ni se recomendaba, así que la distancia era mi único amparo. El avión tardó una hora en despegar. Cuando por fin alzó el vuelo me eché a llorar.

A los dos días se declaró el estado de alarma y con él empezó el gran confinamiento. También empezó lo que hoy llamo «la vida en quince días». Parece que algo está a punto de cambiar cada quince días. Se revisará el estado de alarma. Se relajarán las medidas. Se endurecerán. Se podrá viajar. O no. Habrá un tratamiento. Se aprobará una vacuna. En quince días la situación cambiará drásticamente como para poder viajar en las vacaciones de verano, comer con los abuelos en Navidad, volver a los bares o hacer una escapada en Semana Santa. Cada quince días la normalidad está a la vuelta de la esquina. El colapso sanitario y la muerte también.

En una conversación reciente con mi hermano me recordó algo que le dije aquellos días y que le sirvió para lidiar con la incertidumbre: nada va a cambiar significativamente en quince días, debemos hacernos a la idea de que con suerte esto durará dos años.

Habrá oasis de quince días en los que el trabajo presencial será seguro y fingiremos que coger un avión no da miedo. Ahora hay vacunas y mascarillas homologadas, pero la incidencia sigue por las nubes. Un año después las cifras son terribles. Doscientas muertes al día se consideran una tregua. Lo que se ha normalizado es el horror y la muerte. El coronavirus ha seguido circulando por el mundo. Menos mal que la ciencia le ha puesto obstáculos, de lo contrario esta sería como las demás grandes pandemias de la Historia, que duraron años y años y fulminaron a la mitad de la población.

El progreso científico nos ha permitido tener esperanza. Pero esto tiene un contra y es que se produce el espejismo de que la vuelta a la normalidad es imperiosa. Parece que esto cambiaría lo suficiente en quince días. No ha sido así ni será así. Hay quien lleva un año haciendo planes para cuando vuelva la normalidad, como si esta estuviese ahí al lado, como si fuese verdad que se puede volver atrás, sin secuelas, como si esto solo fuese una mala noche. Esto ha provocado hastío, fatiga e inquietud. En el fondo continúa la guerra entre los «no es para tanto» y los «sálvese quien pueda». Ambos siguen siendo igual de dañinos y están igual de equivocados. No es prudente especular a quince días vista. No es serio referirse a un año de vida como si fuese un trámite sin peso ni poso. Al menos quedémonos con este aprendizaje un año después. La ciencia me permitió ser lo suficientemente optimista como para decirle a mi hermano que con suerte esto duraría dos años. Pero ni lo sabía entonces ni lo sé ahora.