Son las siete y acaba de terminar la lavadora. La mía se puede programar y me siento un privilegiado al poder gastar menos por designios de la técnica. Mis vecinos también lo son porque mi lavadora no es muy vieja y no suena apenas, podrán dormir, porque he vivido en lugares en los que parecía una tuneladora de Metro y ponerla de noche era lo mismo que convertir la comunidad en Puerto Hurraco. No todo el mundo tiene la misma suerte, tendrá que madrugar o trasnochar para ahorrar, o puede que para subsistir. Quien menos tiene se quitará horas de sueños y descanso para poder pagar la factura de la luz, puede que ni siquiera así lo logren.

La nueva tarifa eléctrica por tramos es una muestra evidente de la incapacidad de este Gobierno por solucionar de manera efectiva la vida de los ciudadanos más humildes. Quienes tienen más siempre encontrarán soluciones aceptables a un problema añadido, no es una gran molestia, o no les importa poner los electrodomésticos a las horas más caras o podrán pagar a quien lo haga por ellos. Es siempre la clase trabajadora y los más desfavorecidos los que acaban sufriendo de manera demoledora estas medidas que acaban haciendo insoportable la vida en el hogar. El palacio de la clase obrera es su propia casa, un lugar de resistencia y descanso, lo que ocurre en la propia vivienda marca la desafección política. Crece de dentro hacia fuera, se inicio en la cocina y acaba en las calles. El calor en invierno, la nevera llena, un lugar para arropar a los tuyos. No hay nada que mueva más a la movilización que pervertir la estabilidad de lo doméstico.

No vamos a teorizar otra vez sobre los límites del reformismo porque ya está la historia para iluminar al respecto. Si con mayoría, valentía y voluntad el espectro de transformación es escaso imaginen lo que sería siendo solo una minoría voluntariosa en un gobierno de espíritu socioliberal. Como fiel seguidor del 'mientrastantismo' de Manuel Sacristán y a la espera de un proceso histórico y social que permita un cambio radical tengo asumido que lo único que se puede hacer hasta el advenimiento de la oportunidad es ir ganando conquistas que ayuden en el presente a los que menos tienen. El conocimiento y aceptación de la realidad te conducen a un pragmatismo paciente, plácido y resiliente. No me decepciona alguien de quien no espero nada, pero la izquierda transformadora haría bien en no fiarlo a la minoría que intelectualiza la vida propia por su labor o privilegio, porque la mayoría la vida la siente en sus miserias. En sus casas.

Esta humilde columna lleva tiempo advirtiendo de lo costoso que puede ser para el hastío ciudadano los pequeños cambios que perturben el quehacer cotidiano de la clase trabajadora. El Gobierno está jugando con fuego y acabará quemándose haciendo más difícil el día a día de quien ya tiene en la vida lo suficientemente complicada como para que lleven al núcleo de su hogar una nueva preocupación. Pero importa poco el devenir del Gobierno si no es capaz de cuidar a la clase obrera, su pervivencia importa mientras sea capaz de atender a sus necesidades materiales. El Gobierno es una herramienta, si no sirve nadie le defenderá. Acabará por no tener quien defienda su necesidad.

Benito Pérez Galdós en una disertación sobre la relación del pueblo con la Policía en 1887 advertía de una evidencia cotidiana: "Lo que en realidad mueve a la masa es el malestar doméstico, la infelicidad que esa muchedumbre de menesterosos siente en el retiro de sus hogares, careciendo de medios para sostener a su familia". El Gobierno se está empeñando en dificultar la vida misma de la clase trabajadora de forma visible, hacer más cara la necesidad y poner obstáculos concretos en los quehaceres diarios de quien no tiene tiempo ni vida para elegir horarios. La subida al diésel, los peajes en carreteras y una tarifa de tramos horarios imposibles son impedimentos cotidianos que harán recordar a la clase trabajadora de forma concreta y diaria que no solo es un Gobierno incapaz de mejorarle la vida, sino que se la empeora. No importa la realidad, importa la percepción, y este Gobierno la está perdiendo. Las revueltas empiezan abriendo la nevera.