Un comportamiento especialmente despreciable es el de aquellos que alimentan el monstruo y quieren eludir su responsabilidad cuando este asoma su verdadera cara. El asalto al Capitolio ha hecho que el barco se quede vacío de mustélidos y roedores. Algunos pueden pretender que nunca defendieron esas posiciones, otros son más cínicos y pretenden hacer creer que la culpa del asalto es de aquellos que lo combaten, de las víctimas de esos supremacistas. Otros son tan bobos que primero lo defienden y luego se retractan al ver que sus jefes no le siguen el juego. Pero todos, aunque renieguen, son responsables de construir las condiciones para que un asalto como el de EEUU se produzca en España.

La vicesecretaria de comunicación del PP de Madrid, Almudena Negro, celebraba el triunfo de Donald Trump en noviembre cuando los resultados eran aún incompletos y el desconocimiento del sistema electoral norteamericano les hacía creer que renovaría la presidencia. "Lo siento, progres", escribía celebrando la victoria de Donald Trump. Ahora reniega de su yo de hace dos meses, de su yo que defiende la libertad de armas. Porque Almudena Negro defiende que cualquier español pueda ir armado por la calle con total libertad. La diputada de Ayuso tuvo miedo de mantener sus posiciones cuando vio a los suyos asaltar el Capitolio y de repente los calificó de "excrecencia totalitaria". El miedo consigue logros maravillosos, pero el trumpismo está en Madrid. No olvidemos.

VOX es la representación más evidente del trumpismo. Son una mala copia de todo aquello que Donald Trump hizo y ahora no se atreven a defender a su gran referente. La memoria en España es muy corta, ya no alcanza a mirar un año atrás. Solo un año. El 5 de enero de 2020 el líder de VOX, Santiago Abascal, llamó a sus seguidores a un "levantamiento popular" contra "el gobierno traidor, ilegítimo y enemigo de la soberanía nacional". En una alocución en la tribuna de prensa del Congreso acusó a Pedro Sánchez de fraude electoral y llamó a sus seguidores a un levantamiento. Sin escándalo de ningún tipo, sin condena de sus socios, sin editoriales de reprobación de los mismos que ahora se echan las manos a la cabeza por lo que ha pasado en EEUU y que se preguntan cómo es posible que pueda suceder algo así en una democracia avanzada. Pues no hace falta ser muy listos para saberlo, por tantos cómplices que callan, abren los salones y ceden sus micrófonos a gente como Abascal.

Albert Rivera es ya una caricatura. Pero muy bien definida, tan realista como si la pintara Antonio López. El que fuera gran esperanza blanca de la derecha española es el máximo exponente del connivente con el trumpismo que con tácticas trumpistas quería hacerse ver como lo contrario al trumpismo. Es la sublimación de los cómplices de la extrema derecha que con sus actos consolidan las condiciones para la destrucción de las democracias liberales pero que con sus palabras pretenden transmitir lo contrario. Rivera, que con su discurso agresivo e intolerante dejaron un camino libre para la aparición de VOX, con los que pactó sin dudarlo, ahora quiere separarse de lo que son diciendo que el asalto al Capitolio es lo mismo que protestar frente al Congreso. Olvidando, por supuesto, que Ciudadanos apoyó manifestaciones frente al Congreso.

PP, VOX y Ciudadanos son responsables de que las condiciones que el trumpismo exportó al resto del mundo se hayan consolidado en España, por mucho que ahora quieran renegar de su creación cuando se muestra descarnado. La violencia extrema y la insurrección del día seis de enero en EEUU ha dejado al aire las vergüenzas de aquellos cobardes que se han valido de la retórica trumpista cuando los da réditos electorales y quieren separarse de ella cuando es tan tóxica que les sitúa de forma evidente como los iliberales que son.