Es difícil sacar una conclusión propositiva del acto de Emilio Delgado y Gabriel Rufián cuando lo que se trasladó en las intervenciones es que los ponentes no estaban de acuerdo en lo troncal de sus intervenciones. La propuesta de Rufián se centraba en la fórmula electoral y la de Emilio Delgado en lo discursivo llegando al paroxismo de que durante momentos hubo mensajes que eran exclusivos entre los ponentes como paradoja imposible de aquello que se intentaba lograr. El objetivo del evento tenía dos elementos: poner sobre la mesa sus liderazgos e impulsarse como candidatos para el electorado y así ganar fuerza en sus formaciones, y trasladar al debate público la necesidad de cambiar el proceder de la izquierda poscomunista en discursos, fórmulas y concurrencia. Se consiguió más en la previa que en el acto que resultó vaporoso, inconcreto, errado y en ocasiones un poco tramposo en ciertas exposiciones.

La sensación que se me quedó al escuchar a Gabriel Rufián es que ha desistido del intento de mover a ERC y propuso todo aquello que beneficia a su formación para intentar repetir en la próxima legislatura de cabeza de lista por Barcelona. Creo que intentó abrir el debate sin saber muy bien cómo, antes de tener una idea clara de lo que buscaba. Pero una vez realizado, las únicas propuestas concretas que trasladó en el acto son incompatibles con una voluntad de tener una izquierda confederal sería. No es realista, y en algunas ocasiones las propuestas eran un tanto deshonestas porque se exponían los intereses de ERC como generales de la izquierda.

Rufián habló de la necesidad de hacer renuncias para llegar a acuerdos y que cada uno se presentara en su casa para ser más efectivos electoralmente. La idea es voluntarista, bien dirigida al núcleo de nuestro sistema electoral, pero de una complejidad de tal porte que sin una propuesta aterrizada en el terreno no es más que un castillo en el aire. Si de verdad se quisiera hacer algo así de forma concreta, habría que tener un músculo demoscópico tremendamente caro para cerciorarse de qué formación es más efectiva en cada provincia para retirar al resto, sin incluir en la valoración de que no siempre la suma es matemática y que la retirada de otros partidos no implica capitalizar todo su voto. No se propuso, y puede que sea lo más efectivo, que en un momento en el que VOX está más cerca del 20% lo único efectivo es retirarse en muchas provincias para dejar solo al PSOE con la esperanza de que recoja algún voto de la izquierda que se dejaría huérfana de partidos. Pero estoy seguro de que eso no está en el debate de eficiencia electoral.

Renuncias, dijo Rufián, pero dando la sensación de que esas renuncias no le tocaban a ERC. Según esa regla planteada, en la provincia de Barcelona se tendría que presentar Sumar porque sacó un 15% en las últimas elecciones generales por un 13% de ERC, pero eso no es lo que proponía, sino que ERC se presentara en solitario en Cataluña, y dejó caer que también con Compromís en Valencia. Yo entiendo la propuesta de la eficiencia provincial, pero lo que propuso Rufián no fue eso, fue quitarse la competencia de izquierdas en Cataluña sin que ERC renunciara a nada. Las renuncias eran para los otros.

Ni siquiera en lo programático su propuesta fue sincera para buscar acuerdos. Porque, incluso hablando de programa de mínimos, habló de antifascismo y autodeterminación, que yo entiendo que eso sea el programa de mínimos de ERC, pero desde luego no es el programa de mínimos que aspira a unir a todas las izquierdas del territorio en un programa común. Un programa de mínimos es lo contrario a esa propuesta, es buscar aquello que todos comparten y separar lo que divide. Pan y trabajo es un programa de mínimos histórico. El de Rufián fue un discurso que buscaba volver al redil de ERC y que poco tenía que ver con un planteamiento serio de unidad de la izquierda confederal.

Emilio Delgado se centró en otra idea de renuncia diferente, la que supuestamente ha abanderado la izquierda dejando de lado ciertos debates que han sido copados por la extrema derecha por incomparecencia progresista como el de la seguridad y la necesidad de acercarse a los hombres jóvenes que se han acercado a la extrema derecha, esta vez sin nombrarlo, pero en cierto modo replicando la idea de que los discursos identitarios les han abandonado. Es necesario siempre ser expansivo cuando concurres a las elecciones, pero ser ambicioso a la hora de afrontar debates colaterales, polémicos y que no tienen consenso dentro de la izquierda se tienen que hacer con las ideas muy claras y teniendo definidas las fronteras y líneas rojas que no deben pisarse. Creo que está apuntando pero sin lograrlo y antes de hacerlo es preceptivo tener mucho más estructurado todo lo que se pretende abordar. Fue fallido en ese punto.

El debate sobre la seguridad y la izquierda me pareció tan confuso como cuando Íñigo Errejón intentó disputar el concepto de orden a la derecha y fracasó estrepitosamente. En política existen prioridades, eso es la agenda de cada partido, y el de la izquierda nunca tiene que ser la seguridad porque eso no implica que no se pronuncie, ni tenga un posicionamiento claro sobre cuál es la mejor manera de afrontarlo, simplemente que no es su prioridad porque en España no es un problema prioritario. No comparto la idea de Emilio Delgado, un tanto alarmista, de que hay barrios donde los niños no pueden salir porque son conflictivos y aludiendo a haberse criado en uno de esos barrios de clase obrera. "Quien lo niega es que no ha vivido en uno de esos barrios", afirmó. Emilio y yo nos hemos criado en un barrio de clase obrera de la periferia sur de Madrid y en nuestros barrios no había ese problema, que puede haberlo en lugares puntuales de la geografía nacional, pero la estadística dice que la seguridad en España no es un problema prioritario que tenemos que poner en la agenda y disputar a la derecha, más aún comprando unos marcos que no son ciertos y que siempre serán perdedores ante sus postulados extremistas. Algo parecido ocurrió con la apelación de Gabriel Rufián al burka, que salió en el debate, asumiendo la agenda ultra cuando ni siquiera se mencionó en ningún momento el hecho de que la universidad pública en Madrid este en una fase crítica. Si en una semana se dan dos noticias de ese calado y eliges la que pone la extrema derecha en el debate estás perdiendo. No se gana yendo a rebufo de las ideas que los ultras ponen en el tapete, sino poniendo tus propias ideas con tus marcos y haciendo que sean ellos los que tengan que hablar de los problemas prioritarios de la agenda progresista. El primer round salió fallido, que no desistan y sigan intentándolo.