Reseña de 'El retrato de Dorian Gray', de Oscar Wilde
Un Dorian Gray para la década del ozempic, los filtros y las redes sociales que ocultan lo que no queremos ver

Traductora: Catalina Martínez Muñoz
Editorial: Alba Editorial
Fecha de publicación: 2026
Alba Clásica reedita la inmortal obra de Oscar Wilde, un libro que sigue poniéndonos frente a la imagen de todo aquello que desearíamos que el resto no viese.
A Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray le causó más de un disgusto. En la célebre novela del escritor inglés, un aspirante a diletante consigue encapsular en su retrato todos los males de su alma, conservando la belleza incorruptible de su rostro, a pesar de sus acciones en el mundo real. El irlandés puso buena parte de su personalidad en un personaje inmortal que, a diferencia de Gray, hizo aún más patente aquello que la sociedad victoriana quería ver en él.
El escritor acabó entre rejas dos años, condenado a trabajos forzados
El escritor acabó entre rejas, condenado a trabajos forzados dos años por ser homosexual, por aquella quimera que se consideraba una afrenta contra la moral, en la misma época en la que introducir a un niño de seis años en una mina de carbón era un síntoma de progreso. No hemos cambiado tanto y hoy son millones los Oscar Wildes (lúcidos, ácidos, inteligentes escritores, poetas y agitadores sociales) los que emulan, algunos sin saberlo, al genio irlandés de las letras.
Wilde transformó a sus personajes en un signo de la indecencia de las clases altas, de la falta de pudor y remordimientos de quienes se escondían tras la cultura y la opulencia. Hoy que los ricos lo son cada vez más y están más separados del resto, que la preocupación por el aspecto físico crece a medida que lo hacen genocidios, invasiones y fascismos varios, la obra de Wilde se convierte en una reflexión oscura que encaja perfectamente con nuestro tiempo.
Wilde retrató la indecencia de las clases altas, de la falta de pudor y remordimientos de quienes se escondían tras la cultura y la opulencia
La editorial Alba Clásica recupera esta novela en una preciosa edición de tapa dura que reivindica la obra de su autor a través del texto que, irónicamente, terminó por sentenciar a su autor sin que su personaje marchitase en las décadas siguientes.
Pecadores maravillosos
Dorian Gray es un joven de aspecto inmaculado, bello en la definición más elemental de la palabra. Su presencia es capaz de elevar cualquier fiesta, embaucar a cualquier dama y encandilar a cualquier caballero. Frente a él, Basil Hallward, un artista obsesionado con las facciones y modales del joven, convencido de que el retrato que acaba de realizar para él es su obra definitiva.
Dorian Gray es un joven de aspecto inmaculado, bello en la definición más elemental de la palabra
Conocemos a Gray a través de las palabras del pintor en sus primeras páginas, en conversación con Lord Henry, otro de los personajes con los que Wilde nos presenta a la alta alcurnia londinense, repleta de claroscuros. Mientras que Hallward está entregado al arte y la belleza de las cosas Henry solo ve dichos atributos como un medio con los que conseguir lo que quiera. Es en la tensión entre ambos personajes de donde surgen las sombras de Gray.
Porque el protagonista queda tan fascinado con la belleza del retrato y, sobre todo, los halagos de sus dos nuevos amigos, que desea fervientemente que su belleza nunca termine, convencido de que cuando esta desaparezca lo hará también su relevancia. La única forma de que esa fascinación juvenil no se apague en ningún momento, de poder seguir alimentando la llama de las obsesiones ajenas.
Le fascinan tanto los halagos de sus dos nuevos amigos, que desea fervientemente que su belleza nunca termine
Ese deseo, profundo y sincero, será el que obrará la alquimia entre el hombre y su óleo. La crueldad de Gray escala en las semanas siguientes, se enamora perdidamente de una joven actriz y cuando esta se suicida por los desplantes del dandi, Gray observa cómo la culpa dibuja nuevas líneas en el lienzo, lo envejece y dota a su gesto de una mueca vil, aunque dejando su rostro tan bello y joven como el primer día en que ambos se miraron cara a cara, exento de consecuencias.
Un Zola pérfido
A partir de ese momento, Gray se entrega a una vida de excesos y malas compañías. El retrato, oculto en la habitación de su infancia, se esconde de miradas ajenas, absorbiendo el polvo de la hacienda familiar, con un aspecto cada vez más demoníaco. Pero las habladurías no tardan en correr y llegar hasta los oídos del autor de la obra.
Wilde convierte al autor del cuadro en un Pigmalión inverso, un Dios incapaz de contener a su creación
Es Hallward quien le advierte de los rumores que se vierten sobre él y quien descubre de lo que su lienzo es capaz. Wilde le convierte en un Pigmalión inverso, un Dios incapaz de contener a su creación. Todo el amor que había puesto en la obra se ha transformado en un cheque en blanco para que aquel ser, antes divino, se convierta en el producto de una pesadilla.
Wilde aprovecha los desmanes de su joven protagonista para retratar la hipocresía de la sociedad victoriana. Habitual en los salones, los rumores que corrían sobre él habrían inspirado la indiferencia con la que Gray los recibe. Aunque, como ya hemos visto antes, a veces el autor y su obra recorren caminos similares.
Una admiración infinita
"No creo que haya un solo hombre en el mundo que quisiera manchar una hoja de papel si tuviéramos el valor de vivir aquello en lo que creemos", la cita pertenece a Henry Miller, aunque fue recogida por el crítico y editor Maurice Nadeau en ¡Servidor! (Ediciones del Subsuelo). En su ensayo sobre el escritor estadounidense, Nadeau ahonda en ese "lenguaje secreto" que suele acompañar a aquello que trata de hablar del sexo sin excitar pudores ajenos.
Wilde tuvo pocos reparos en poner en boca de sus personajes el profundo deseo que sentían por Gray. Pero tuvo aún menos ambages en disertar sobre el arte y la relación con quien lo creaba, aunque esta dimensión de su obra cayese en el olvido. El retrato de Dorian Gray se convierte así en un estudio sobre la relación de la obra y su demiurgo, en especial sobre cómo la sombra de su creador se acaba transfiriendo, manchando o ensanchándola.
"La diversidad de opiniones sobre una obra de arte demuestra que esa obra es nueva, compleja y está viva"
En el prólogo que acompañó a su primera edición en 1891, antes de su encarcelamiento, el irlandés se explayó sobre la inutilidad del arte, pero también sobre la necesidad de "revelar el arte y ocultar al artista". El texto se podía leer como una forma de exculpar lo que el lector estaba a punto de conocer, pero también como una declaración de lo que el siglo XX habría de desarrollar: "La diversidad de opiniones sobre una obra de arte demuestra que esa obra es nueva, compleja y está viva".
Wilde, junto con Thomas de Quincey, convirtieron la experiencia en forma y arte, no sin su dosis de escarnio. De Quincey sufrió la misma pobreza, deudas y estrecheces que el protagonista de Confesiones de un inglés comedor de opio, y Wilde pasó dos años realizando trabajos forzados porque otros se empeñaron en observar su retrato como un reflejo de su alma y no de la de su personaje principal.
Wilde, junto con Thomas de Quincey, convirtieron la experiencia en forma y arte, no sin su dosis de escarnio
Treinta años más tarde y en el mismo país, Radclyffe Hall se enfrentaba en 1928 a la justicia por haber capturado el amor entre dos mujeres en El pozo de la soledad (Editorial Dos Bigotes), convirtiendo en vida su obra y castigándola también por ello. Y hoy vemos cómo en Estados Unidos, algunos estados prohíben y queman libros de temática homosexual o ligeramente desviada de la rectitud moral de sus censores.
Los Wilde del futuro
En un artículo sobre Oscar Wilde, el periodista Alex Ross se interroga sobre la capacidad que tendrá de fascinarnos en el futuro su autor, preguntándose si sería capaz de encandilar a una nueva generación de Morriseys, inspirar nuevos libros y canciones, incluso recuperar la figura del dandi diletante, recostados como la estatua dublinesa de Marrion Square que le recuerda.
Cuando se dieron las protestas de Stonewall (los disturbios que dieron lugar a las primeras protestas pro LGTBIQ+), la Librería Oscar Wilde se convirtió en un centro neurálgico para los gays, lesbianas y transexuales neoyorquinos. El lugar desapareció en 2009, más aquejado por el descenso de las ventas que por la popularidad de su santo patrón. Pero aquella noticia servía a Ross para inquirirnos sobre el futuro próximo de su legado literario y político, el aspecto que hoy nos devuelve su retrato.
Cuando se dieron las protestas de Stonewall, la Librería Oscar Wilde se convirtió en un centro neurálgico para los gays, lesbianas y transexuales neoyorquinos
Hoy media más de un siglo desde la publicación de El retrato de Dorian Gray y quiero pensar que nuestra lectura ha cambiado. La ausencia de personajes femeninos y las opiniones que sobre ellas se vierten son casi más escandalizantes que cualquier atisbo de literatura queer entre sus páginas.
Wilde fue capaz de parapetar sus opiniones más polémicas entre frases memorables —"el trabajo es el refugio de los que no tienen nada que hacer" o más profética: "Que hablen de uno es espantoso. Pero hay algo peor: que no hablen"—, encapsuladas en lo que hoy parece resumir todo cuanto sabemos sobre el término snob.
Es difícil saber si Wilde habría sido lapidado o aupado por nuestros contemporáneos
Nos sorprende la soltura con la que Wilde imagina un mundo que no conoce todavía. Uno en el que las injusticia y la vileza de los verdugos se puede disimular con filtros, inteligencia artificial o cualquier otro subterfugio que ya no tiene nada de artístico. Hoy que verdad y mentira son intercambiables, es difícil saber si Wilde habría sido lapidado o aupado por nuestros contemporáneos.
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