Es la segunda ciudad más grande del estado indio de Rajasthán, al noroeste del país, y quizás la más fascinante gracias a su color azul. Y es que las casas de Jodhpur están encaladas de este color penetrante y exótico, especialmente si se tiene en cuenta de que nos encontramos en pleno desierto de Thar, en medio de la aridez más absoluta. Pero no gozar de vergeles no fue impedimento para que esta ciudad prosperara durante siglos. La razón: las rutas del comercio de opio, cobre, seda y café, entre otros productos. Ellas permitieron a Jodhpur gozar de una riqueza cuyos dirigentes emplearon en la construcción de un esplendor que aún hoy sigue en pie, el de templos y palacios únicos que deslumbraban a los que viajaban entre Delhi y Gujarat. El punto de interés más importante, además de poder ver la ciudad a distancia, toda azul, es la fortaleza de Mehrangarh, una de las más grandes de India y que se levanta en pleno centro. Se contruyó en 1459, pero el que se puede visitar actualmente es el resultado de la última de sus modificaciones, de 1650. Con muros de hasta 60 metros de altura, en su interior cuenta con un palacio digno de un maharajá, con paneles tallados, ventanas enrejadas y vidrieras de colores. El fuerte es todo un notario de la historia, concretamente sus tres puertas, cada una construida para conmemorar una victoria particular. Cuatro son los palacios que no hay que perderse aquí. El Moti Mahal o palacio de la perla, el Phool Mahal o palacio de la flor, el Sheesh Mahal o palacio del espejo y, sobre todo, el de Bhavan. Sus 300 habitaciones se han convertido en museo, hotel de lujo y residencia real. Construido con bloques de piedra arenisca, en su interior hay incluso un teatro. Es una de las mejores opciones de India para conocer cómo era la vida de los maharajás, ya que dentro se pueden ver las armas, antiguos relojes, vajillas y trofeos de caza de la familia real. Sin duda, viajar hasta Jodhpur asegura recuerdos inolvidables y adentrarse en uno de los mundos más exóticos.