UNA ETAPA VULNERABLE
Los psicólogos lo confirman: esta es la etapa de la vida donde más aumentan los problemas de salud mental
La presión constante por rendir, destacar y encajar, unida al peso de las redes sociales, está provocando un aumento alarmante de los trastornos emocionales en esta franja de edad.

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Nunca antes los jóvenes habían estado tan conectados… y tan solos a la vez. La adolescencia, ese puente entre la niñez y la vida adulta, se ha convertido en una de las etapas más vulnerables en materia de salud mental. La presión constante por rendir, destacar y encajar, unida al peso de las redes sociales, está provocando un aumento alarmante de los trastornos emocionales en esta franja de edad.
El médico y divulgador Jorge Tartaglione alerta de un fenómeno que pasa demasiado desapercibido: los ingresos hospitalarios por crisis mentales e intentos de suicidio entre adolescentes se multiplican, y la mayoría de los casos corresponden a chicas menores de 15 años. Más allá de los datos, el problema radica en el aislamiento emocional y en la falta de comunicación entre adultos y jóvenes.
Vivimos en una era donde todo se mide en likes y apariencias, donde la validación externa sustituye al diálogo y la empatía. Según Tartaglione, escuchar y acompañar sin juzgar puede marcar la diferencia. Reconocer las señales, hablar abiertamente y eliminar el estigma asociado a la salud mental no es solo una tarea profesional, sino una responsabilidad social. En un mundo hiperconectado, la escucha atenta sigue siendo la conexión más poderosa.
A este escenario se suma otro elemento determinante: la dificultad de muchos adultos para interpretar el nuevo lenguaje emocional de los adolescentes. Las señales de alarma ya no siempre son evidentes y, en ocasiones, se camuflan tras cambios de humor, retraimiento digital o una aparente normalidad en redes sociales. Esa desconexión generacional puede ampliar la brecha y reforzar la sensación de incomprensión que muchos jóvenes describen. La tecnología no es el único problema, pero sí actúa como amplificador de inseguridades que antes quedaban en círculos más reducidos.
La reflexión, por tanto, va más allá del diagnóstico clínico. Se trata de repensar cómo estamos acompañando esta etapa vital desde la familia, la escuela y la sociedad en su conjunto. Crear espacios seguros de conversación, fomentar la educación emocional y priorizar el bienestar psicológico al mismo nivel que el rendimiento académico son pasos necesarios para revertir la tendencia. Porque si algo evidencia esta realidad es que la hiperconexión digital no sustituye la presencia real, y que sentirse escuchado puede ser, para muchos adolescentes, el primer paso hacia la recuperación.
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