EN PRUEBA
Una galleta hecha de plástico y financiada por la NASA: el alimento de los astronautas del futuro
Tanto el plástico como la basura comparten carbono, pero en distintas formas. La clave es cambiar su organización y que pase de desecho a sabroso.

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La pregunta es sencilla y la respuesta, en un 99,9% de los casos, sería negativa. ¿Te comerías una galleta hecha a partir de una botella de plástico? Puede parecer una pregunta absurda, pero un equipo de la Southern Illinois University Carbondale está intentando convertirla en una posibilidad real.
Para ello han presentado un proyecto en la Reunión Anual de la Sociedad Química Estadounidense (ACS) en el que levaduras transforman moléculas procedentes de plástico y residuos agrícolas en proteínas y otros ingredientes alimentarios que después pueden convertirse en pequeñas galletas mediante impresión 3D. El proyecto nació, además, con un objetivo muy concreto: encontrar nuevas formas de producir alimentos para astronautas durante misiones espaciales de larga duración.
La investigación forma parte de un proyecto desarrollado inicialmente con financiación del NASA Deep Space Food Challenge, el programa de la agencia estadounidense destinado a buscar nuevas tecnologías para producir alimentos nutritivos durante las futuras misiones de exploración del espacio profundo.
La propuesta parte de una idea sencilla: el plástico contiene carbono y los alimentos también. La diferencia está en cómo está organizado ese carbono. En lugar de considerar el plástico únicamente como un residuo que hay que reciclar, los responsables del avance, liderados por Lahiru Jayakody, quieren desmontar sus moléculas y proporcionar sus componentes a microorganismos capaces de reconstruirlos en sustancias útiles para nosotros.
Uno de los materiales utilizados es el polietileno tereftalato, más conocido como PET, el plástico empleado habitualmente en botellas de agua y refrescos y en numerosos envases. Y la magnitud de este material ayuda a comprender el interés de la propuesta. En 2024 se produjeron en el mundo 430,9 millones de toneladas de plástico y el PET representó el 6,2% del total. Eso equivale a unos 26,7 millones de toneladas de PET al año, aproximadamente 73.000 toneladas cada día. Y el equipo de Jayakody quiere recuperar una parte de ese carbono.
Para ello combina PET con restos de plantas, como tallos y hojas de maíz, y somete la mezcla a un proceso denominado disolución hidrotermal oxidativa. Mediante agua, oxígeno, altas temperaturas y presión, este procedimiento rompe materiales resistentes y los transforma en moléculas más pequeñas que los microorganismos pueden utilizar. Es en ese momento cuando entran las levaduras y en lugar de limitarse a fermentar una masa, actúan como pequeñas fábricas biológicas capaces de producir proteínas, grasas, ácidos y otros compuestos.
El resultado es [[LINK:EXTERNO|||NOFOLLOW|||https://micro-bites.org/home-2/about/|||µBites]], unas pequeñas galletas ricas en proteínas que se fabrican mediante una impresora 3D. Pero hay un matiz importante: no se trata de triturar plástico y añadirlo directamente a la masa. El PET es una materia prima que primero se descompone y después es transformada por los microorganismos en nuevas moléculas.
La levadura responsable es una cepa de Saccharomyces cerevisiae, una de las más utilizadas en panadería, que ha sido modificada para producir vainillina, la molécula responsable del aroma y sabor de la vainilla, a partir de compuestos obtenidos de biomasa vegetal. Otra levadura, Rhodosporidium toruloides, ha sido sometida a evolución adaptativa para mejorar su capacidad de utilizar etilenglicol procedente del PET como fuente de carbono y producir betacaroteno (el mismo compuesto que le da color a las zanahorias), un precursor que el organismo humano puede convertir en vitamina A.
Por ahora, sin embargo, no estamos ante un nuevo alimento que pueda encontrarse en los supermercados. El equipo indica que los productos obtenidos son seguros en las pruebas realizadas, pero espera las autorizaciones institucionales necesarias para realizar nuevas pruebas de consumo. El objetivo es seguir mejorando el sabor y conseguir que µBites pueda resultar atractiva incluso fuera de situaciones extremas.
Y ahí aparece la razón por la que NASA se interesó por esta tecnología. En una misión a Marte, transportar desde la Tierra todos los alimentos necesarios durante años supondría una enorme carga. Una tecnología capaz de transformar residuos y otras fuentes de carbono en parte de los nutrientes necesarios permitiría cerrar parcialmente el ciclo de materiales dentro de la propia misión.
Una colonia lunar o marciana no sería, además, el único escenario posible. El equipo de Jayakody imagina aplicaciones en submarinos, instalaciones aisladas, zonas afectadas por desastres o cualquier lugar donde transportar alimentos resulte difícil.
En la Tierra existe otra razón para prestar atención a la tecnología. Naciones Unidas estima que producimos alrededor de 430 millones de toneladas de plástico cada año, y aproximadamente dos tercios corresponden a productos de vida relativamente corta que pronto se convierten en residuos.
Convertir una botella en una galleta no resolverá por sí solo la contaminación por plástico. La tecnología todavía debe superar importantes obstáculos de seguridad, coste, escalabilidad y eficiencia. Y tampoco sabemos todavía si será económicamente razonable producir alimentos de este modo cuando disponemos de materias primas mucho más sencillas.
Pero la idea introduce un concepto interesante y muy poco explorado: un residuo podría convertirse en materia prima para fabricar algo comestible. Así, el futuro de la alimentación de los astronautas podría empezar, literalmente, con nuestra basura.
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