La ballena, uno de los animales más grandes del mundo, es imprescindible para el correcto desarrollo del ecosistema marino. ¿Por qué? Nada más y nada menos que por sus heces.

Las ballenas se alimentan en las profundidades y suben a la superficie para tomar aire y defecar. Un proceso bastante desagradable para los investigadores de estos cetáceos, ya que la ballena puede llegar a expulsar hasta 200 litros de heces por evacuación.

La importancia de los excrementos de ballena se debe a que, tras ser arrojados en la superficie oceánica, fertilizan el fitoplancton al sumergirse en las profundidades, y éste a su vez sirve de alimento para miles de especies acuáticas.

Este fertilizante natural de algas, formado mayormente por nitrógeno, está compuesto también por hierro. Y al ser expulsado favorece gran parte de la escasez de la vida marina.

De este modo, las ballenas son capaces de extraer el alimento inutilizado del fondo del mar, y producir a partir de él grandes cantidades de fertilizante y multitud de propiedades para dar al resto de especies y al ecosistema, una estabilidad vital.

Además, los largos trayectos que lleva a cabo la ballena favorecen aquellos lugares con escasez de nitrógeno y hierro, y nutren así todo el ecosistema marino.

Por otro lado, cuando una ballena muere y su cuerpo se sumerge en las profundidades, sirve de alimento para cientos de animales, cuya vida depende de que esto suceda. Es por ello que, al verse las ballenas en peligro de extinción, estamos condenando a su vez a cientos de especies.

Asimismo, la descomposición de sus cuerpos proporciona dióxido de carbono en grandes cantidades, capturando gases de efecto invernadero. Y convirtiéndose de esta manera, no solo en parte imprescindible del ciclo alimenticio oceánico, sino en una buena forma de combatir el cambio climático y salvar el mar.

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