La mudanza del Partido Popular, para irse lejos de su sede en la madrileña calle de Génova, ha supuesto un terremoto en los cimientos del centro derecha. El valor, la imagen, la importancia del símbolo se resume en la metonimia utilizada: el PP podrá dejar el edificio, pero rara vez conseguirá no ser Génova.

El intento de dejar atrás la maldición política que rodea al edificio, desde que sus reformas planean en los tribunales, se ha vuelto una bola curva, un movimiento que ha atacado a los cimientos del partido y que trata de ocultar aquellos tiempos en los que poder y privilegio se confundieron.

Con la vista puesta en intentar dejar el inmueble cuanto antes, y preferiblemente antes del verano, el PP sepultará el fantasma de Bárcenas, sí, pero también toda su historia, desde que Alianza Popular se desplazara en 1983 a la calle de Génova, 13, en régimen de alquiler, tras abandonar una sede muchísimo más pequeña en la calle de Silva, a un salto de Gran Vía.

Ruptura o emancipación

El PP quiere decir ‘basta’... pero con todo. La ruptura con “lo que se ha hecho mal”, en palabras del vicesecretario de Comunicación, Pablo Montesinos, es la admisión de culpabilidad en diferido de todas las acusaciones que se vierten. La emancipación es un mecanismo poderoso, pero hay cejas que se arquean cuando laSexta.com pregunta en sus filas sobre si es la mejor opción para los populares. El runrún venía de lejos, años ha, pero se ha consumado finalmente con nocturnidad y sorpresa.

El runrún del cambio venía de lejos, años ha, pero se ha consumado finalmente con nocturnidad y sorpresa.

Porque el balcón de Génova, el desplegable que servía de escenario para sus mayores alegrías electorales, ha sido testigo del auge y caída de la formación que un día llegó a creerse invencible. Que aglutinó mayorías absolutas, que vencía y convencía… hasta que cayó la manzana podrida. Todo el patrimonio, el bueno y el malo, se ha capitalizado. Pero ya no más, arguyen.

Los galones según las plantas

La formación de entonces, liderada por Manuel Fraga y con Jorge Vestrynge como escudero, fue la que inauguró el edificio mastodóntico, con 7 plantas en las que se ascendía o descendía, según los galones. Acudir al último piso, el que ocupa el presidente del PP y su secretario general, era lo más cercano a saborear el poder en el centro derecha español.

El edificio se articula en torno a 7 plantas en las que se ascendía o descendía según los galones.

Construido desde cero tras la demolición del inmueble anterior, la forma irregular de la planta otorgaba una luz y claridad brutal en todas las zonas nobles, los despachos que se arremolinaban junto a las ventanas que se vertían sobre el mismo centro de Madrid.

Tal y como avanzó esta cadena con un documento inédito, cuando el partido se decidió a adquirir el inmueble en el año 2006 a Mapfre, el anterior propietario, la formación adquirió una deuda a 30 años por valor de 37 millones de euros, un préstamo concedido al partido por el Banco Español de Crédito.

El edificio se adquirió en 2006 a Mapfre por 37 millones y su precio no se ha devaluado

El valor se ha mantenido con los años, en base a un informe realizado por Idealista sobre el inmueble. La empresa considera que el PP podría llegar a ingresar hasta 36 millones de euros por todo el activo si opta por la venta: 30 millones por las oficinas y 6 por las plazas de aparcamiento.

Corrupción, victorias, guerras y Gobiernos

Dentro se vivió la historia de España. Desde el nacimiento de nuevos líderes a la caída a los infiernos de aquellos que prometían y después se desinflaron. Casos de corrupción y victorias electorales. De Alberto Ruiz-Gallardón a Hernández Mancha. La elección de Rajoy como sucesor, la guerra fratricida entre Soraya y Cospedal. La lideresa Esperanza Aguirre y la creación de Ayuso, desde dentro.

Pero empecemos por el principio. Con la Transición llegaron a sus filas figuras que iban de Miguel Herrero de Miñón, padre de la Constitución, al propio Gallardón. El que fuera delfín y posterior alcalde de Madrid fue transversal: no hubo planta de la sede que se le resistiera.

En Génova se vivió la historia de España: del nacimiento de nuevos líderes a la caída a los infiernos de aquellos que prometían y después se desinflaron

De ahí, todo fue para adelante: Trillo, Javier Arenas, Fernández Maillo, Rodrigo Rato. Álvarez-Cascos, Rafa Hernando. Mayor Oreja y Arriola. Juan José Lucas. García Tizón o Isabel Tocino. Ana Botella, Ángel Acebes. Carlos Floriano, Zaplana, Celia Villalobos. Núñez Feijoó. Juanma Moreno. Pío García-Escudero y Cristina Cifuentes.

Por Génova no sólo pasó la corrupción de Bárcenas y su tesorería. Antes estuvo Rosendo Naseiro. También Jesús Sepúlveda, marido de Ana Mato. O Ignacio González y Francisco Granados.

De las manifestaciones a los mariachis

También se vivieron momentos míticos, no sólo con la rueda de prensa del plasma de Rajoy. Las alegrías electorales, fotos fijas de las comicios patrios. Las manifestaciones en rededor de la sede con el 11-M, la Guerra de Irak o las primeras noticias periodísticas sobre la corrupción. Los ataques directamente contra los cristales de Génova o el coche que se estrelló. En los últimos tiempos, el cerco de los taxistas. Los mariachis que entonaban ‘canta y no llores’.​

Los bailes y saltos con las elecciones ganadas. Los aplausos internos sosteniendo las amargas derrotas en la sala de prensa. Un partido fuerte, de Estado, pilar del parlamentarismo español, que se encuentra raquítico tras los últimos varapalos electorales -a excepción del milagro gallego- y, sobre todo, con una dirección temerosa. De lo que pueda venir y de que Génova -la metonimia, no el edificio- les engulla. Aunque eso, claro, no depende de ninguna mudanza.