FUSILAMIENTOS EN NAVALCARNERO Y TALAVERA DE LA REINA

FUSILAMIENTOS EN NAVALCARNERO Y TALAVERA DE LA REINA

Los muertos de 'la Yaya' no son "unos huesos": relato sobre la desmemoria de España

Una senadora del PP critica que la partida presupuestaria destinada a la memoria histórica sea para desenterrar "unos huesos", un argumento más de quienes quieren impulsar el olvido del pasado reciente de España.

Nacho del Río | Madrid | 08/02/2019

Prisioneros del sector de Brunete en Navalcarnero
Prisioneros del sector de Brunete en Navalcarnero | Biblioteca Nacional de España

Ocurrió en 1936. El padre de Luisa González Recuero, la Yaya, fue fusilado por las tropas franquistas. Su delito fue ser comunista, cuando no regía una sastrería. Ella narra el suceso en ocasiones, a su manera, porque tenía unos siete años cuando vivió la tragedia. Un conocido de la familia en Navalcarnero, aquel con el que uno suele cruzarse un par de palabras de cortesía cuando se lo encuentra al paso, le delató ante una de las divisiones que ya habían arrebatado a los republicanos el control de la zona sur de Madrid, a comienzos de la Guerra Civil.

Esta denuncia le costó la vida al hombre que luchaba de forma clandestina para sacar de la prisión a todos aquellos civiles injustamente encerrados; entre ellos, al delator que logró su puesta en libertad gracias al chivatazo. Bernardo González tenía 32 años cuando fue encarcelado. Su mujer, Josefa Recuero, la madre de la Yaya, le había advertido previamente del peligro que suponía quedarse en aquella zona durante la contienda, y él estaba por hacerle caso. Tenían todo preparado para volver a A Coruña, lugar de nacimiento de Luisa, y de allí partirían en barco a Cuba, donde residió Bernardo años atrás, al frente de una sastrería de título homónimo.

No pudieron llegar ni a Galicia. La entrada en prisión de Bernardo trastocó los planes de la familia, y decidieron que lo mejor era postergar la huida hasta conocer el destino del preso. Luisa cuenta que fue una vez a visitarle. Recuerda que marchó todo el camino agarrada a la mano de su madre. "Nos contó que unos guardias le habían dicho que era algo normal, que pronto saldría". Todo parecía indicar que en cualquier momento le iban a conceder la libertad y podría volver a casa.

Él amaba España, dice la Yaya, pero por su condición ideológica, de la cual "nunca se avergonzó" y a la que "jamás renunció", frente al conflicto que estaba haciendo saltar por los aires a toda la nación, creyó más seguro volver temporalmente a Cuba; al menos, hasta el fin de la guerra. No pudieron llegar ni a Galicia. La entrada en prisión de Bernardo trastocó los planes de la familia, y decidieron que lo mejor era postergar la huida hasta conocer el destino del preso. Luisa cuenta que fue una vez a visitarle. Recuerda que marchó todo el camino agarrada a la mano de su madre porque aquel lugar le daba "un miedo terrible". "Salí contenta porque vi a mi padre sonriente. Nos contó que unos guardias le habían dicho que era algo normal, que pronto saldría". Todo parecía indicar que en cualquier momento le iban a conceder la libertad y podría volver a casa.

Fusilamientos en Navalcarnero, Madrid, en octubre de 1936 | Biblioteca Nacional de España

Pasada una semana, volvieron a la prisión —desconoce si era una cárcel rutinaria o una suerte de campo de trabajo. "Estaba cerca de casa", cree—, pero Bernardo ya no estaba. La Yaya dice que estaba asustada, pero no porque desconociera el paradero de su padre: "Nunca había visto a mi madre tan nerviosa". Las diferentes versiones que le ofrecieron los gendarmes de la zona obligaron a Josefa a recorrer el pueblo durante todo el día en su busca, hasta que un vecino, "íntimo de la familia", le aseguró haber visto a un grupo de presos salir del lugar por la mañana para subir a un camión. No tuvo que esperar mucho más para confirmar la noticia: otro viejo conocido de Navalcarnero, éste alistado en filas falangistas, le dijo que se habían llevado a Bernardo y a los otros para ejecutarles.

Aquello habría conmocionado a Josefa, que quedó como responsable única de cinco hijos a los que debía mantener y proteger de una guerra que no daba tregua, pero siguió pensando en el norte como única vía de escape. Volvieron al taller de costura en el que trabajaban todos, hasta los más pequeños, para ahorrar algo de dinero antes de poner rumbo a Galicia. Entre jornadas laborales intensivas, la madre de la Yaya se ausentaba en ocasiones en busca de información sobre el paradero de Bernardo. Lo más que supo fue que su marido murió fusilado "en un lugar próximo a Talavera de la Reina", pero jamás llegó a saber a qué fosa o cuneta le arrojaron.

"Estuvimos en la cueva unos meses. No teníamos reloj"

Aun así, Josefa había trazado una ruta a Galicia que incluía una visita previa a Talavera para ver si conseguía averiguar algo más del lugar donde los presos fueron fusilados, pero ni siquiera lograron ponerse en marcha. Poco después del asesinato de Bernardo estalló la batalla de Brunete, uno de los enfrentamientos más sangrientos de la guerra. Durante una de las ofensivas, una bomba aérea cayó sobre la residencia familiar. Bajo los escombros encontraron el cadáver de su hermano de cuatro años. "Ya no recuerdo el nombre", matiza. Luisa cree que fueron "los rojos".

Aun así, Josefa había trazado una ruta a Galicia que incluía una visita previa a Talavera para ver si conseguía averiguar algo más del lugar donde los presos fueron fusilados, pero ni siquiera lograron ponerse en marcha. Poco después del asesinato de Bernardo estalló la batalla de Brunete, uno de los enfrentamientos más sangrientos de la guerra. Durante una de las ofensivas, una bomba aérea cayó sobre la residencia familiar. La Yaya dice que vio la explosión a lo lejos, desde el taller de costura, y que corrió junto a su madre a ver lo que había sucedido. Bajo los escombros encontraron el cadáver de varios de sus hermanos. "Ya no recuerdo nombres", matiza. Los menores se habían quedado en casa con una vecina mientras Josefa y el resto de la familia trabajaba. Luisa cree que fueron "los rojos".

No hubo tiempo para lamentaciones. Ni siquiera para enterrar al pequeño. La de la Yaya no fue la única casa destrozada durante el bombardeo. La suya y otras familias tuvieron que recoger con rapidez todas sus pertenencias, más bien "lo que quedaba de ellas"; solo lo útil y necesario, y salir corriendo de allí. Dejaron atrás Navalcarnero y se instalaron en una cueva a varios kilómetros de distancia donde vivieron durante meses. No sabe el tiempo exacto que estuvieron allí: "Unos meses. No teníamos reloj". Sí recuerda cómo lo vivió. La suerte quiso que la batalla de Brunete tuviera lugar en julio, en pleno verano, y eso evitó que el frío fuera un adversario más. Sí lo fueron la escasez de alimentos y el agotamiento físico y mental que suponía estar constantemente en alerta ante cualquier ataque repentino, preparado para salir a la carrera si la situación lo requería.

Cuatro Caminos, en octubre de 1936 | EFE

Precisamente, muchas noches, revive Luisa, se tendía sobre la piedra e iba quedándose dormida mientras escuchaba, a lo lejos, el ruido de bombas y disparos que difícilmente se detenían. También, a veces, veía a reducidos grupos de civiles atravesar el campo a una velocidad de vértigo. En aquellos tiempos "todo el mundo corría de un lado para otro". Otras veces, dice, no veía nada ni a nadie: "Había mucho silencio, y eso asustaba más porque no sabías qué podía pasar".

El frío y las primeras lluvias obligaron a la familia de Luisa y a las otras a desplazarse, pese a que el territorio en disputa no era aún del todo seguro. Pero para ellos, era "morir en la cueva" o buscar una solución al paso. Pusieron rumbo a la capital avanzando por vías secundarias a un ritmo exageradamente lento. En el camino, las familias se separaron, y cuando llegaron a Madrid solo permanecían en el grupo Josefa, la Yaya, sus hermanos y una pareja de Guadarrama muy amiga de la madre.

Consiguieron entrar en una casa de Cuatro Caminos, que más que una casa parecía una "casita de muñecas" de lo pequeña que era, piensa la Yaya. Allí se mantuvo hasta el fin de la guerra, escondida: "A veces venía alguien y se quedaba varios días durmiendo en el sofá. Algunos nos contaban cuentos". Pero aquello era temporal: Josefa seguía firme en su intención de dejar Madrid. En 1940, la Yaya acompañó a su madre a Navalcarnero. No encontraron rastro del niño muerto entre los escombros ni supieron a quién preguntar sobre las víctimas del bombardeo. A las pocas semanas fue con Josefa a Talavera de la Reina, pero esa vez ni se molestaron en buscar: habían pasado cuatro años del asesinato de Bernardo y ya nadie se acordaba de "dónde habían matado a estos o aquellos".

Fusilados en Talavera de la Reina en septiembre de 1936 | Hemeroteca Municipal de Sevilla

Josefa y la Yaya regresaron a Madrid, y finalmente desecharon la idea de viajar a Galicia. Poco después de sobrevivir a los peores años de la posguerra, la madre logró una nueva vivienda algo más grande. Allí se quedaron hasta principios de los 50. En cualquier caso, Luisa sacó de su cabeza la idea de dar con él, y poco a poco fue volviéndose un recuerdo enmarcado en un pasado a olvidar.

140.000 víctimas de la Guerra Civil y del franquismo desaparecieron

Luisa me habrá contado al menos cuatro veces esta historia. Lo hace casi con nostalgia, porque pese a todo asegura que no quiere olvidar "todo lo que vivió" junto a su familia. Tiene 90 años y ya ha perdido el "interés" por saber bajo qué tierras está descansando su padre. Sin embargo, le repatea cómo se habla ahora de los muertos de España, cómo son tratados. No entiende por qué no ayudan a esas familias que siguen, aún hoy día, después de tantos años, intentando encontrar a sus allegados. Como Bernardo, 140.000 víctimas de la Guerra Civil y del franquismo desaparecieron sin dejar rastro alguno, según datos de la Plataforma de Víctimas de Desapariciones Forzadas por el Franquismo. Por ello, no se entiende por qué un país intenta borrar de la memoria innumerables batallas en la que las principales víctimas fueron españoles.

Como si aquellos no hubieran sido patriotas; como si no hubieran sido españoles, solo "unos huesos". Como si este asunto del pasado reciente no fuera con ellos, e impulsen el olvido ante las nuevas generaciones de todas las vergüenzas que arrojó España. Ella se pregunta, pensando en algunas caras concretas, "qué harían ellos" en una situación similar, y siempre llega a la misma conclusión: en esta Guerra Civil no hubo muertos de unos o de otros. Fueron los muertos de todos. Sus muertos, mis muertos. Tus muertos.

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