Ha pasado un año desde que España quedó paralizada por el coronavirus. Poco podíamos imaginar entonces lo que estaba por llegar: más de 70.000 muertes, meses de confinamiento y un sinfín de restricciones con las que convivir en lo que habría de llamarse "nueva normalidad". Entre ellas, la mascarilla, que en cuestión de 12 meses ha salido de los quirófanos para convertirse en un accesorio omnipresente en el día a día de los ciudadanos.

Sobre ellas han corrido ríos de tinta desde entonces, pero en los primeros momentos de la pesadilla sanitaria reinaba el desconocimiento: hasta poco antes de aquel viernes 13 en que Pedro Sánchez anunció el estado de alarma, muchos nunca se habían planteado llevar una, mucho menos a diario. "No se me había pasado por la cabeza jamás", admite Claudia, que no la empezó a utilizar hasta sus primeras salidas para pasear y hacer deporte en Alicante, cuando el país llevaba más de un mes encerrado en casa.

Antes de la pandemia, ni siquiera eran tan habituales en el ámbito sanitario. Carlos, médico de Urgencias del Hospital Doctor Negrín de Gran Canaria, recuerda que no la usaba "prácticamente nada", salvo en pacientes con sospecha de tuberculosis o para procedimientos muy concretos. Ahora, en cambio, todos en su servicio llevan una FFP2 y, en ocasiones, incluso una FFP3.

Pero, con el goteo de los primeros contagios, vimos asomarse en las calles también las primeras mascarillas. "Me pareció que creaba alarma y miedo injustificado", recuerda Elena, que vivió ese momento en Madrid, epicentro de uno de los primeros focos en España. Cuando quiso ponerse una, ya en plena cuarentena, hacerse con ella era misión imposible: su primera 'mascarilla' -cuenta- fue en realidad un apaño "con papel de cocina y gomas elásticas".

Hacia la mascarilla obligatoria

Mercedes, por su parte, ya las había visto en un viaje a China en 2019, cuando visitó Wuhan, meses antes de que se detectaran allí los primeros casos de una extraña neumonía atípica que acabaría poniendo en jaque al mundo. A finales de febrero del año pasado, viajó desde Canarias a Italia, cuando ya llegaban noticias de contagios desde el país transalpino. Precisamente por eso, quiso comprar una mascarilla para el vuelo durante la escala en Barcelona. Según le dijeron en la farmacia, "se estaban quedando ya sin existencias".

Faltaba todavía más de una semana para que la OMS declarase la pandemia global ante el implacable avance del virus, pero ya se había cancelado el Mobile World Congress y detectado el primer caso en la Ciudad Condal, mientras el nerviosismo se reflejaba en la demanda de mascarillas. De hecho, la farmacéutica le recomendó no comprarla. Por entonces -y seguiría siendo así durante varias semanas-, se desaconsejaba su uso en personas sanas.

Así, durante buena parte del confinamiento las salidas al supermercado fueron a cara descubierta y hasta mayo no empezaron a darse los primeros pasos para hacerla obligatoria: primero en el transporte público y, después, en espacios cerrados y en la calle, cuando no se pudiera mantener la distancia de seguridad. Un matiz que, autonomía tras autonomía, terminaría desapareciendo a lo largo del verano de los rebrotes. Incluso se hizo obligatoria en las playas de muchas ciudades.

Para el doctor Óscar Zurriaga, vicepresidente de la Sociedad Española de Epidemiología, este giro progresivo en las indicaciones sobre la mascarilla, tanto de las autoridades sanitarias nacionales como de la OMS, se explica en parte por el desabastecimiento inicial, pero también por el menor conocimiento que entonces había del comportamiento del virus. "En un primer momento no había mascarillas suficientes", recuerda, apuntando que "no se conocía tanto el papel de los aerosoles" en su propagación.

Una adaptación complicada

Tras los problemas de suministro en los momentos más críticos de la primera ola, hoy encontramos mascarillas prácticamente en todas partes, desde supermercados a grandes almacenes. En la farmacia Calatrava 34, en el centro de Madrid, pueden vender hasta 45 al día.

Sin embargo, su responsable, que durante el confinamiento era farmacéutico en el Hospital Infanta Cristina de Parla, aún no ha olvidado que "en aquel momento había escasez de material y en las farmacias, desde luego, prácticamente no había mascarillas, ni siquiera quirúrgicas, para abastecer a la población". Casi un año después, afirma, siguen siendo "uno de los productos que más demanda puede tener". La que más le piden ahora: la FFP2.

"Antes tenía que quitármela un rato para respirar. Al final te acostumbras"

Pero la adaptación no ha sido fácil. De un día para otro, pasamos de no haber usado jamás una mascarilla a escrutar etiquetados buscando homologaciones hasta entonces desconocidas. También cometimos errores: al ponérnosla, al quitárnosla y al no saber qué hacer con ella cuando la desescalada permitió el ansiado regreso a las terrazas.

"No tenía claro cómo usarla", recuerda Jennifer, que la primera vez que compró una tuvo que preguntar "qué parte iba hacia afuera, si la azul o la blanca". "Me ha costado acostumbrarme de cara a hacer ejercicio en el exterior", añade la joven. Ahora, echando la vista atrás, lo tiene claro: "Desde que las mascarillas son obligatorias, nos ha cambiado la vida completamente".

En el caso de Raquel, empezó a utilizarla para trabajar de cara al público, en una panadería de la ciudad francesa de Lyon, donde el calor del horno no facilitaba precisamente las cosas. "Me tenía que ir atrás a quitármela un rato para respirar", rememora. Ya de vuelta en España, no le ha quedado otra que hacerse a ella, entre otras cosas, para ir a clase: "Ahora mira, un montón de horas de golpe y tan a gusto. Al final te acostumbras", reflexiona.

Otras, como Laura, echan de menos la comunicación sin barreras de por medio, "el no poder sonreír a la gente o verles bien la cara y lo que están expresando", pero también pequeñas cosas como "no poder pintarte los labios". Eso sí, bromea, con mascarilla "todo el mundo parece mucho más guapo".

¿Hasta cuándo?

Un año después de que empezara todo, y con la esperada vacunación ya en marcha, la pregunta que muchos se hacen ahora es hasta cuándo seguirá la mascarilla formando parte de sus vidas. El doctor Zurriaga no se arriesga a aventurar una fecha: "Va a depender de cómo evolucione la situación", afirma. A su juicio, cuando no haya más casos, ingresados ni fallecidos, "podremos empezar a pensarlo", pero "desde luego, no será al día siguiente".

"La mascarilla probablemente ha llegado para quedarse"

Óscar Zurriaga, vicepresidente de la SEEP

En cualquier caso, aunque deje de ser obligatoria, Mercedes y Jennifer se muestran dispuestas a seguirla usando en lugares cerrados o muy concurridos. Claudia, en cambio, afirma que la usaría "solamente en casos muy puntuales", como para visitar a personas de riesgo. Por su parte, Raquel cree que "no es mala idea" que se convierta en un hábito "cuando estás con más gente y estás malo". No en vano, apunta Carlos, en Urgencias "este año prácticamente no ha habido gripe".

En este sentido, Zurriaga sostiene que la mascarilla "probablemente ha llegado para quedarse", de manera similar -apunta- a la que ya estaba extendida en algunos países asiáticos: "Probablemente, en un futuro no nos dará vergüenza ponernos una mascarilla el día que estemos constipados", resume el epidemiólogo. ¿Tenemos entonces mascarilla para rato? "Durante unos meses, desde luego, y 'meses' puede ser con dos dígitos incluso", zanja.