Nadie nos prepara para la desaparición de los demás.

Tampoco para convivir con la muerte.

Nos fuerzan a vivir en la no aceptación constante.

Luchar.

Dar ánimos.

Pero a veces te mueres y te mueres y no hay más.

Es ese lugar que evidentemente negamos.

Pero que lo neguemos no hace que no sucede.

Hemos montado toda una estructura vital en la que no hablamos de la muerte.

En el que la enfermedad está contenida en los hospitales.

En el que los restos están contenidos en cementerios.

Espacios físicos para que la muerte jamás salpique a la vida.

Pero la muerte la salpica porque es una ola que rompe cada día en la propia orilla de la existencia.

Pero resulta que no tenemos tiempo para morirnos ni para aue se mueran los demás.

Que mientras te mueres o se mueren al mundo le da igual.

Tú tienes que seguir produciendo.

Tienes que seguir contestando al teléfono.

Tienes incluso que ser amable si alguien te cede el paso.

Tienes que esperar en la cola del banco.

Tienes que hacer como "si nada".

Cuando es como si todo.

Pero eso es lo único que le interesa al sistema.

Que la muerte no interrumpa la cadena.

Por eso no podemos bajarnos en marcha.

El inicio y el fin son lugares que deberían estar a salvo de la vorágine.

Porque es igual de importarse llegar que irse.

Pero no.

En esta trampa dejamos en un asilo a quien nos cuidó de pequeños.

Porque de algo hay que vivir.

Pagamos que otros cuiden de nuestros enfermos.

Sin ver que no poder parar para cuidar es también una enfermedad.

Poner los cuidados en el centro supone que tanto hombres como mujeres nos hagamos responsables en igualdad de aquello que nos permite ser.

Pero también que luchemos por poder proporcionar la dignidad y el afecto necesario para aquellos que dejarán de existir.

Cuando los demás nos necesitan.

Porque un día también necesitaremos a los demás.

Esa, la interdependencia, es la clave de todo.

Saber que sin el otro no somos nadie.

Que una humanidad que no puede estar presente es una humanidad deshabitada.

Que qué menos que poder despedirnos.

Con la misma belleza y calma.

Que cuando vinimos.