Una persona que se mantiene inmutable en sus opiniones y sus análisis durante toda la vida no existe. El ser humano que valora lo que pasa sin ningún tipo de sesgo ideológico o personal no existe. La imparcialidad es inhumana, no existe.

Si todos asumiéramos eso y aplicáramos a los demás la indulgencia o la justificación que nos otorgamos a nosotros mismos cuando cambiamos nuestro parecer, nos estresaríamos menos, seríamos más felices e incluso más justos. Pero asumámoslo: no lo hacemos. Y opinamos sin saber el 100% de las cosas el 100% de las veces.

Se ha sacralizado la opinión en los medios y en la sociedad. La gente sigue a opinadores, las más veces para ver reforzados sus sesgos, como si tuvieran algún interés. Se montan programas de televisión y radio basados en la subjetividad de los que hablan, se paga mucha pasta a periodistas que nos dicen lo que piensan en periódicos, se habla de "líderes de opinión". Por ese endiosamiento de la opinión tenemos tanta tendencia a tragarnos bulos: porque nos refuerzan para opinar.

'¿Debe dejar de existir la opinión? No'
¿Debe dejar de existir la opinión? No. Este es un texto de opinión y no estoy pidiendo que me despidan. Pero sí que debemos aprender a que no es lo más importante de los inputs informativos que recibimos. Posiblemente jamás se ha consumido más información que en esta crisis. Hay muy buenos informadores que tratan de traducirnos lo que nos cuentan los científicos y todo el saber científico mundial trabajando para acabar con esta pandemia. A partir de ahí, muchos medios tratan de moldear su propia información para influir, es decir, para opinar. Y para crear opinión. Y eso tiene tantos condicionantes que no vale gran cosa.

Piensa en ti mismo: en un año no vas a pensar lo de hoy. Ya te ha pasado antes. A ti y a todos. ¿Verdaderamente te merece la pena consumir lo que opinen otros, que, si son personas normales, el año que viene creerán otra cosa?

Imagina, por ejemplo, que eres Fernando Simón. El tipo es un epidemiólogo reputadísimo que se la ha pegado en esta crisis en muchas cosas, básicamente como se la ha pegado la práctica totalidad del planeta Tierra. Él es casi un valor de país: han pasado gobiernos de diferente signo y no lo han cambiado. Su responsabilidad es extrema y la ejercerá, digo yo, con una valía encomiable. La gente que lo conoce de cerca habla de que es, además, una buena persona, pero que si fuera un redomado hijo de puta seguiría siendo un valor de este país. Simón recibirá críticas de gente competente como él en base a razones objetivas y criterios fundamentados. Y tendrán razón, sean justas o injustas. Porque se basarán en información.

Pero luego Fernando Simón se enfrenta a La Opinión. Ese maremágnum de ganas de influir y condicionar. Una pandemia que nos asola. Y Fernando Simón recibe una pregunta que no es una pregunta sino una opinión basada en la nada. Sin quererlo, abre los brazos, y el asombro y las ganas de mandarlo todo a tomar por culo se agolpan en su cerebro. Pero la racionalidad empuja para otro lado, sus manos se colocan en posición de pedir perdón y continúa haciendo su trabajo en base a la ciencia. Y lo hará mal, o puede que lo haga bien, pero le querré en mi equipo. Y con él, a todos los que le critican desde el saber, basándose en criterios no contaminados por la opinión y fundamentando sus ataques en el bien común. Todos en mi equipo. Y los que opinamos sin saber, a la cola.