Parecía que nunca iba a llegar, pero el invierno, tal y como lo conocíamos, empieza a llegar. Hemos pasado unas Navidades atípicas, donde en la gran parte de España, ni helaba, ni nevaba, ni tan siquiera había niebla. Todo esto se acaba porque entra la primera masa de aire polar del año a España.

De la misma manera que el verano varía nuestros hábitos alimentarios a base de gazpacho, ensaladas, o terracitas regadas con bebidas alcohólicas y raciones, cuya base culinaria es muchas freces la freidora, el invierno hace lo propio con la alimentación. Y no solo porque, según se oye en las conversaciones populares, apetece más “plato de cuchara”.

El frío también trae mitología y leyenda a nuestra alimentación. Alguna de ellas tan arraigadas como el famoso “chupito” para entrar en calor. Contrariamente a lo que se piensa, el alcohol no contribuye a mantenernos calientes, sino más bien lo contrario. En un primer momento, gracias a su efecto vasodilatador, parece calentarnos. Pero este efecto, además de que se pasa rápido, nos deshidrata, cuando en verdad necesitamos lo contrario, estar bien hidratados.

Estos días también se lee que, al hacer más frío, el cuerpo necesita hacer un esfuerzo extra para mantener nuestra temperatura corporal, por lo que quemamos más calorías, y necesitamos consumir más calorías. Error. En primer lugar, porque, de forma más o menos generalizada, vivimos en hogares climatizados y contamos con ropa de abrigo para resguardarnos del frío. Además, España no es un país del norte del hemisferio donde las temperaturas llegan a descolgarse varias decenas de grados bajo cero. Y por último, esta termorregulación, aunque pueda suponer un cambio de destino de las calorías que gasta el cuerpo, la diferencia no es tan grande como para concedernos una bula papal de poder comer más calorías que el resto del año.

Por los mismos motivos tampoco es cierto que es la mejor época para bajar de peso. No hay una consistencia científica suficiente como para asegurar esta hipótesis. Esto podría suceder, como hemos dicho, en temperaturas extremas, pero en el caso de nuestro país, no es así. De hecho, es tan buena época para ajustar nuestra cantidad de grasa corporal como cualquier otra, ya que no hay época del año “mala” para comer saludable y hacer actividad física.

Las ensaladas no solo son para el verano. Aunque apetezcan más por su frescor y por ayudar a hidratarnos. El invierno no debe ser reinado solo por comer cosas calientes, ricas en grasa y en grandes proporciones. La fruta y verdura fresca deben estar también presentes. Y en caso de que “nos cueste” comer algo a temperatura ambiente o frío, basta con atemperarlo o elegir ensaladas templadas. Y el tema de porciones, no hace falta sentir que nos estalla el estómago para sentir más calor corporal. De hecho, como enviamos toda la sangre a este punto, puede que no sea la mejor de las opciones.

Por último, y aunque es verdad que cuando tenemos deficiencia de nutrientes, como vitaminas o minerales, nuestro sistema inmunológico se ve resentido, tampoco es cierto que haya alimentos o nutrientes que prevengan de que cojamos una enfermedad típica de estas fechas como una gripe o un catarro. El punto intermedio en nutrición (casi) siempre es el punto exacto. No por comer más vitamina C no nos vamos a resfriar, pero como tengamos deficiencia, sí tenemos más probabilidades de hacerlo. Por eso cuidar la alimentación y vigilar que incluimos todos los nutrientes que necesitamos es igual de importante que el resto del año.