La izquierda se encuentra en un desconcierto existencial que le impide ubicarse en el tiempo que ocupa. El momento de relativismo moral y valores descafeinados llevan a la izquierda a bajarle el precio a todas sus ideas hasta el punto de dejar como piezas de saldillo las que en otro tiempo fueron el corpus fundamental del ideario que emana de la cultura política socialista y por la que mucha gente que nos precedió ofreció su propia vida. Nos debería dar vergüenza mirar al pasado y ver la vida de nuestros referentes cuando asistimos al espectáculo que la izquierda ha dado en el Congreso aplaudiendo a un papa defendiendo todas esas ideas que provocaron tanto dolor en quienes construyeron el sistema de valores que nos permitieron ser lo que hoy somos. Otros se dejaron matar por luchar contra todo lo que la izquierda institucional ha aplaudido hoy.

Siento pena y tristeza y una profunda desazón al ver aplaudir un discurso papal que incluye como ideas fundamentales la negación del aborto como derecho fundamental de la mujer, el derecho a la propia vida de todo individuo que incluye, obviamente, el derecho a decidir cuándo la vida ya no merece la pena, además de una defensa encendida de la familia tradicional como única posible y el refuerzo de todas las ideas que entroncan y dan sustento a la propuesta del pin parental en la educación pública. El argumento es que se le aplaude porque ha defendido que hay que tratar bien a los inmigrantes, como si el hecho de defender que no hay que dejar a seres humanos morirse en el mar sea una idea que aplaudir y no un mínimo de humanidad y respeto a los derechos humanos fundamentales más básicos.

Igual que no se aplaude a un ciudadano que no se cague en las aceras, no se aplaude que se respete la necesidad de no atentar contra la vida de la alteridad. La izquierda siempre ha sido más exigente y firme en sus principios, muchas veces por encima de la coyuntura y el principio de realidad, pero al menos siempre se le podía insultar con el calificativo de idealista, como si fuera algo negativo defender unas ideas superiores y que en ocasiones son inalcanzables. Ese horizonte de posibilidad trasladaba a la sociedad el objetivo de un mundo mejor, más humano, más justo, y que no cedía por razones de pragmatismo a la venta de sus principios y valores. Hemos pasado de la defensa de la utopía como suelo mínimo a tirar por el suelo nuestras ideas cuando vemos a una institución integrista proteger los consensos básicos de humanidad. No sé en qué momento perdimos tanto el norte para levantarnos a aplaudir como monos acríticos un conjunto de ideas reaccionarias sin posibilidad de defender con firmeza nuestro sistema de valores.

El discurso del papa en el Congreso ya es anómalo en esencia y la izquierda no debería haber participado del enjuague de una institución que opera como soporte fundamental de la reacción en la sede de la soberanía popular. La tribuna del Congreso tendría que ser un espacio reservado en exclusiva para aquellos que han sido designados por el voto popular para tener palabra en el palacio del pueblo. Es un insulto a la aconfesionalidad del Estado y a la laicidad de una inmensa mayoría de españoles y españolas que hayamos tenido que escuchar un discurso reaccionario aplaudido por todos los diputados desde una tribuna que nos pertenece y que no debería ser instrumentalizada por quien no ha sido sometido a la elección de la ciudadanía. El Congreso no es lugar para homilías.

Hoy me he acordado de Matilde Landa y me he sentido profundamente desahuciado por quienes dicen proteger su legado. Matilde fue una militante comunista nacida en Badajoz que participó activamente en la lucha contra los fascistas durante la guerra. Sometida a un juicio sumarísimo fue condenada a la pena de muerte y, tras un penar por varias cárceles, acabó en la prisión de Palma donde se convirtió en un referente para las demás presas. Su profundo convencimiento ideológico y moral anticlerical hizo que la orden de Las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl que gestionaban la cárcel la convirtieran en un objetivo primordial para lograr su conversión al catolicismo como disciplinamiento para el resto de presas.

La miembro de Acción Católica, Barbara Pons, comenzó un proceso de hostigamiento, sanciones, represión y todo tipo de acciones contra Matilde Landa para lograr que se bautizara y cogiera las ideas de dios, pero fue completamente en vano porque las convicciones de la militante comunista se mantuvieron inexpugnables al dolor, la extorsión y el chantaje. La prisión y el obispado proyectaron un acto público de bautismo para el 26 de septiembre de 1942. Matilde Landa tenía otros planes. Matilde se tiró de lo alto de un tejado de la cárcel donde la habían recluido por negarse a comulgar. Prefirió matarse a rendirse ante las ideas de quienes la reprimieron. En el tiempo que duró su agonía se le aplicó un bautismo contra su voluntad "in artículo mortis" para doblegar el cuerpo de quien no pudo doblegar su razón. No pido esos ejercicios de honestidad moral, pero al menos no aplaudid a quienes causaron tanto dolor a los que nos enseñaron el camino.

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