El problema de querer dar todo el tiempo frases que epaten, simples, que llenen un titular y se viralicen en las redes sociales es que puedes conseguir tus objetivos actuando contra los intereses que crees que defender. "Yo prefiero llenar tiktoks que bibliotecas. Porque mi hijo mira TikTok". La frase de Gabriel Rufián es una mierda. Lo es desde cualquier punto de vista del que se quiera mirar. Seguramente cumpla su objetivo y llene TikTok, pero quizás habría que pensar si sería bueno que eso ocurriera porque no todo lo viral de cada uno de nosotros trabaja para el bien común.
El antiintelectualismo y el clasismo de la frase opera sin lugar a dudas en dirección contraria a los valores de la izquierda. Los pobres también leen. La clase obrera también lee. Lee mucho. Puede que la mayoría esté en TikTok, no me importa la estadística, pero las proclamas políticas tienen capacidad performativa y es muy habitual describir a la gente humilde como iletrada. No lo son, nunca lo han sido, por eso los libros de José Díaz se convirtieran en 'best seller' entre las clases populares o salió del agro el mayor poeta de nuestra historia.
Vivimos en un mundo en el que el acceso a la cultura está generalizado y es muy accesible. De hecho, las bibliotecas son un servicio público esencial para la clase trabajadora porque garantiza que cualquiera con recursos económicos limitados tenga acceso a los libros y a la lectura sin importar el coste económico. Si algo tendría que defender un líder dentro de la izquierda es una inversión masiva en cultura y bibliotecas que son mucho más que un depósito de libros con tejuelos.
En otro momento de la charla volvió sobre la misma condescendencia clasista al decir que no se puede pedir a un currela que llega por la noche a leer los cuadernos de la cárcel de Gramsci y se ponen a ver las hormigas. Que sí, que la clase social influye en el cansancio y la imposibilidad para concentrarse de manera profunda a la vuelta del trabajo, pero por eso la izquierda luchamos por jornadas de trabajo más cortas, más tiempo libre y el acceso a la cultura para que las redes sociales no sean la salida más rápida al ocio. La izquierda tiene que otorgar posibilidades y dejarse de proclamas facilonas que son tremendamente reaccionarias e inmovilizantes.
Dibujar el electorado como un mercado de clientes conlleva de manera irremisible a ser funcional a los intereses del capitalismo, porque está bien mirar al corto plazo para lograr los mejores resultados posibles y cambiar las cosas, pero siendo capaz de tener un proyecto esperanzador y humanista para el futuro. En ocasiones creo que nuestros líderes de izquierdas están borrachos de dopamina digital y son incapaces de tomar distancia ante su propio éxito en redes sociales. Yo solo pido que intentemos dejar de impactar constantemente y seamos más responsables con los mensajes que se mandan. La izquierda y la cultura son indivisibles, y si necesitamos algo es llenar las bibliotecas para competir con TikTok y no ceder a las necesidades de los tecnooligarcas para que alimentemos su negocio haciendo cada vez más difícil que la izquierda tenga posibilidades en el presente inmediato y para siempre en el futuro. Puede que no todo el mundo pueda leer a Gramsci, pero aspiro a que los líderes de la izquierda sí lo hayan hecho para que no desprecien el inmenso poder de la cultura para la democratización del poder.
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