En el tiempo que uno tarda en tender la ropa pueden pasar muchas cosas. Por ejemplo, que se enzarce una buena tangana política. De las que aparentemente se inician como cualquier otro fueguecito tuitero sin importancia, todo lo que ustedes quieran, pero a estas alturas es de esas cosas que nos ayudan a sobrellevar la segunda ola.

Esta semana, sin ir más lejos, hubo gol en Las Gaunas. Un hecho triste, descorazonador, también bastante innecesario. Mientras ustedes y yo calentábamos el segundo café, Irene Montero, ministra de Igualdad, estaba sentada en los estudios de Radio Nacional de España. Una entrevista más en una radio más. El pan nuestro de cada día de la vida política. O no.

A metro y medio de distancia del periodista Íñigo Alfonso, la ministra se refirió a la expulsión de Teresa Rodríguez del grupo de Adelante Andalucía durante su baja de maternidad con un "la política no para". Que es un poco como aquello que cantaba Sandro Giacobbe en 'El jardín prohibido': "Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo".

 

Permítanme un inciso. Y una petición incluso. Por cada cartera ministerial, el nombrado debería cerrar sus cuentas de redes sociales. No tanto borrarlas como ponerlas en barbecho. Pedirle a familiares o amigos que le cambien la contraseña para evitar tentaciones. Para no acabar protagonizando situaciones sonrojantes, bastante pueriles, que le quitan nivel a la política y sobre todo pueden zanjarse en privado. ¿Hace cuánto que esta gente llama por teléfono u opina algo sin seguidores mediante? Me pregunto.

Rodríguez, la expulsada, con una fábrica de adrenalina y de leche materna recorriéndole el cuerpo, alucinó con la respuesta de la ministra de Igualdad, otrora Irene Montero, compañera, amiga, activista, psicóloga y no sé cuántas cosas más. Porque Montero hace tiempo que dejó de ser todo eso. Ahora es ministra. Ahora es establishment. Ahora es una señora ocupando una institución. Por eso jamás debió responder en público. Porque si es poco recomendable opinar en caliente, no digamos tuitear.

Y empezó el lío. Para deleite de la derechona, que tardó aproximadamente cinco segundos es referirse al asunto como pelea de gatas. Que tardó tres minutos en hacer palomitas y observar el espectáculo. Porque lo hubo.

 

La ministra (un matiz fundamental en esta historia) afeó el reproche a la andaluza y le pareció una cosa inconcebible que se comparara con una trabajadora precaria. Rodríguez respondió y aprovechó para decirle en público todas esas cosas que llevo yo queriéndole decirle a una jefa que me hizo daño pero que callo porque me falta valor. "La política no me ha hecho cambiar de barrio", por ejemplo. Y la bofetada se escuchó desde Algeciras hasta Finisterre.

Y vinieron los actores secundarios. Un retuit de Íñigo Errejón, otro de Rita Maestre, un tuit de Tania Sánchez, otro de Carolina Bescansa. Y así, la izquierda más izquierda, como gajos de mandarina.

A mí me cae bien Irene Montero. Una vez le abrí la puerta del periódico, cuando no tenía ministerio, me plantó dos besos con cierto nerviosismo y me dijo: "¡Hola, soy Irene!". Me cae bien porque le cae mal a mucha gente que desprecio, que es un termómetro como otro cualquiera. Me cae bien como me caen bien casi todas las personas zurdas, como mi hija, Julia Roberts y Scarlett Johansson. Me cae bien porque cuando habla mueve mucho las manos y me siento menos sola. Me cae bien porque una vez se fue a hacer la compra con Thais Villas en El Intermedio y acabó comprando pollo con la experiencia de quien sabe que la pechuga es mucho más seca que el muslo.

Hay muchas cosas de ella que no entiendo y que no comparto. Cierta actitud sentenciosa ante la vida, esa gestión extraña que hacen ella y su pareja de las contradicciones, y que yo jamás podría vivir en un chalet porque necesito tener un bar y un mercado lo más cerca posible. También una manera de entender el feminismo que chirría en la cabeza de una señora de 44 años criada y educada con su buena dosis de patriarcado.

Y hay cosas que no soporto. Como pensar que, en medio de una crisis económica, sanitaria y social que acerca a este país a una situación extrema, frágil e injusta, una ministra del Gobierno de la cuarta economía del euro esté sentada en su despacho con el ordenador encendido, la página de twitter abierta, respondiendo a los reproches.

Y mientras, el vicepresidente, en silencio. "Pablo Iglesias está viendo una serie pero en cuanto acabe comenta el asunto Montero-Rodríguez", me escribió un amigo. Y no se me ocurre mejor forma de terminar este texto.