
Llucia Ramis
Editorial: Libros del Asteroide
Año de publicación original: 2026
¿Qué cabe en un metro cuadrado?
Un colchón. Una maleta abierta. Una cuna. Dos pies descalzos sobre un suelo frío. Una discusión de madrugada. Un niño dando sus primeros pasos. El último abrazo antes de cerrar una puerta. Una caja con fotos que nadie se atreve a tirar. La mitad de una vida. O una vida entera, si uno sabe mirar.
Durante años nos acostumbramos a que el metro cuadrado dejara de ser un espacio para convertirse en una cifra. Una unidad de medida. Un dato en los informativos. Tantos euros en Madrid. Récord en Barcelona. Máximos históricos en Baleares. El metro cuadrado convertido en lenguaje financiero, en preocupación electoral, en territorio para promotores, economistas y tertulianos. Como si detrás de esa medida no hubiera habitaciones, recuerdos, infancia, pérdidas, discusiones, mudanzas o raíces.
Llucia Ramis le arrebata una unidad de mercado a la economía para devolverla al territorio de lo íntimo
"Un metro cuadrado de tierra es bastante", cantaba Vainica Doble, "y dentro un manzano o tal vez una parra para refugiarme", mucho antes de que esa medida dejara de pertenecer a la poesía para pasar a los fondos de inversión.
Y eso es exactamente lo que hace Llucia Ramis en Un metro cuadrado: arrebatarle una unidad de mercado a la economía para devolverla al territorio de lo íntimo. Coger una expresión que aparece cada día en informes, titulares y debates políticos, y recordarnos que, antes que una oportunidad de negocio, un metro cuadrado fue siempre el lugar donde alguien intentó construir una vida.
Ramis vuelve a relacionar el metro cuadrado con palabras como vivienda—del latín viviendus: aquello destinado a ser vivido— y, a partir de ahí, despliega una cadena de verbos que hoy parecen casi revolucionarios: habitar, morar, anidar, quedarse. Entonces llegan las preguntas: ¿qué he hecho en todas las casas que me cobijaron?, ¿qué quedó de mí en esos pisos?, ¿y qué dejaron ellos en mí?
Geografía habitacional
De esas preguntas nace el libro. O, mejor dicho, el viaje. Un recorrido que recuerda a esos trayectos familiares en los que un padre o un abuelo señala una calle cualquiera y dice: "Aquí vivimos cuando yo era chico". Solo que ahora es Ramis quien recorre su propia geografía emocional, reconstruyendo las casas que habitó como quien recompone una biografía a partir de habitaciones, llaves, ventanas y mudanzas.
Uno de los grandes aciertos de 'Un metro cuadrado' es que, mientras cuenta su historia, parece contar la de todos
La escritora no se conforma con la memoria, y ahí emerge su faceta periodística; sale a buscar pruebas. Localiza antiguos inquilinos, revisa documentos, recupera artículos, ensayos, conversaciones, notas escritas. Y con todo eso construye un libro que funciona como una pieza de lego: memoria personal, reportaje literario, crónica generacional, ensayo social.
El libro conmueve porque uno puede reconocerse en él. Ahí reside uno de sus grandes aciertos: mientras Ramis cuenta su historia, parece contar también la de todos los demás. Habla de la preocupación por la vivienda, pero también habla de todo lo que sucede mientras uno intenta escapar, aunque sea por un tiempo, de esa incertidumbre.
Un relato generacional
Cuenta, por ejemplo, lo que significa compartir piso con amigos, la intensidad y la fragilidad de la juventud, la conciencia repentina de la muerte. Recuerda el accidente de sus amigos Marc y Eduard, recién llegados de Nueva York con el pelo decolorado, y escribe una de las imágenes más dolorosas del relato: "Es algo a lo que le di muchas vueltas en el tanatorio: que en el ataúd Marc y Eduard tendrían el pelo amarillo. Que los enterrarían con el pelo amarillo. Que, si es verdad que el pelo sigue creciendo una vez muerto, tendrían las raíces negras".
También vuelve sobre algo que ya había explorado en Cosas que te pasan en Barcelona cuando tienes 30 años: qué significa ser joven y periodista. Encadenar trabajos, sobrevivir a las noches eternas de cierre, terminar el día entre cervezas con compañeros de redacción mientras la ciudad sigue despierta afuera. Ramis escribe sobre la inquietud, sobre la pasión y sobre esa etapa en la que todo parece precario y, al mismo tiempo, urgente y lleno de vida.
Y entre todo eso aparece también el amor atravesado por la intemperie. Por el movimiento constante, por la imposibilidad de asentarse del todo. Cuenta su relación a distancia con Xavier, la decisión de mudarse a Mallorca para vivir con él y, más tarde, la extrañeza de regresar al lugar de origen y sentirse turista en la propia casa.
Un hogar al que volver
A medida que avanza la obra, también ahonda en esa otra inquietud: la de regresar y no reconocer del todo el lugar del que uno salió. Mallorca, París, Barcelona o Argentinase convierten en escenarios de una misma sensación de extrañamiento.
Las ciudades cambian, se encarecen, se llenan de cafés imposibles y de barrios pensados más para ser consumidos que habitados. Ramis incluso logra ponerle rostro a esa transformación: la gentrificación aparece como una camarera que te mira con desdén en un café caro, como si la ciudad, el barrio y hasta ese sitio concreto hubieran dejado de estar hechos para ti.
El libro tiene además la lucidez de nombrar esas preguntas silenciosas que casi todos nos hicimos alguna vez, pero que rara vez nos atrevemos a pronunciar en voz alta: "¿En qué momento tu casa deja de serlo y se convierte en la casa de tus padres?".
Llucia Ramis recuerda que durante años, cuando volvía a Mallorca, seguía diciendo "voy a casa". Aunque ya no tenía habitación propia y dormía en un cuarto lleno de apuntes, cartas, fotos y diarios acumulados "cuando la memoria ocupaba espacio físico". Hasta que un día duda entre escribir "el piso de Palma" o "la casa de mis padres". Y ahí aparece la pregunta que atraviesa toda la obra: ¿en qué momento deja un lugar de ser casa?
Ese es el gran hallazgo de Un metro cuadrado: convertir un problema económico en algo profundamente humano.
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