
Editorial: Tusquets
Fecha de publicación original: 2026
Los dos protagonistas de La mejor edad, la primera novela en 12 años de Luis García Montero, llevan la historia de España en el cuerpo. Una historia que se cuenta desde la barra de un bar, una celda de la cárcel de Carabanchel y el reencuentro, 50 años después, entre un juez y el hombre al que condenó por un crimen que no cometió.
Una novela guardada en el cajón y que la propia Almudena Grandes desaconsejó a Montero publicar
Una novela que había estado guardada en el cajón la última década y que la propia Almudena Grandes desaconsejó a Montero publicar por los errores que contenía. Ahora, revisada y terminada por el director del Instituto Cervantes, se convierte en la primera obra del escritor que no gira en torno a la figura de Grandes yel duelo tras su fallecimiento en 2021.
Apegos espinados
Manuel Benítez tenía 20 años cuando fue a dar con sus huesos a la cárcel. Estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado y frente al juez equivocado. Ramón María Zaldívar tenía algunos años más y una prometedora carrera como juez en las postrimerías del franquismo. Inflexible, mandó a Manuel a encontrarse con un destino que ya estaba inscrito en su ficha policial: joven, desempleado, huérfano de padre y pobre. El epitafio perfecto para una vida abocada al crimen desde la cuna.
Manuel Benítez tenía 20 años cuando fue a dar con sus huesos a la cárcel, estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado
Pudo haber sido todo aquello así, pero quisieron las parcas mezclar su destino con el de Paula Bermúdez, su abogada. Cinco años mayor que él, de buena familia, inteligente, con una carrera y dispuesta a poner a su familia en contra por haberse enamorado del reo al que defendía. Aquel escollo en la vida de Manuel se convirtió en su mayor suerte: conocer a la que se convertiría en su mujer y regentar un bar de su propiedad.
Tampoco permaneció estático el juez. Años después, aquel joven se convirtió en un importante magistrado, uno de aquellos jueces que crecieron en el seno del aparato judicial franquista pero que en su madurez decidieron defender los derechos humanos. Así se convirtió en 'juez progresista', el epíteto perfecto a una vida sembrada de errores que se proponía enmendar en la vejez.
Un reencuentro
Una mañana, el viejo juez entra al bar que regentó Manuel desde su salida de la cárcel, el lugar que le permitió empezar por segunda vez de casi cero, aupado en el cariño de Paula y la posibilidad de no volver nunca más a ser privado de la libertad. El magistrado termina por romper el silencio entre ambos, y se presenta con el mismo nombre que había atormentado a su reo durante años.
Así empieza un diálogo entre ambos, sin la diferencia que da la toga y el estrado
Pero son ya cinco las décadas que han pasado y si España es otra, los dos hombres también lo son. Uno viudo, arrepentido de una juventud inflexible, que trataba de medirse con la crueldad del sistema penitenciario fascista. El otro algo cínico, pesimista del cambio, aunque agradecido a esa figura omnipresente en su vida, la de aquella abogada que, tras perder su caso, se empeñó en acompañarle en la salud y hasta la enfermedad que la acababa de dejar atada a una silla de ruedas.
Así empieza un diálogo entre ambos, sin la diferencia que da la toga y el estrado, igualados por el metacrilato que gobierna Manuel desde hace décadas. Reunidos en el ocaso de sus vidas, sin nada ya que echarse en cara y muchas más razones para escucharse y entenderse que cuando eran jóvenes.
Vivir la historia
Montero aprovecha para repasar la historia de España, más concretamente la de La Transición, a través de sus personajes. Dos vidas que cargan con sus propios errores y sus consecuencias. Ramón la de haber sido un "hijo de puta" en su juventud, Manuel la de haberlo sido en su madurez, poniendo en juego cuanto tenía por culpa del alcohol. Ambos crecieron como España, y como España guardan sus errores para más tarde, para examinarlos en la vejez y tratar de abrir un camino distinto para los demás.
Ambos crecieron como España y como España guardan sus errores para más tarde, para examinarlos en la vejez
Montero pone en boca de Manuel el discurso histórico de Emilio Castelar, aquel que recuerda que "grande es Dios en el Sinaí", lanzando rayos y haciendo temblar la tierra; pero que hay otro "un Dios más grande todavía": "El del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios" y pidiendo el perdón para sus verdugos, sus perseguidores y todos aquellos que no saben lo que hacen.
Así mide la realidad de ambos Montero. La mejor edad es un libro vulnerable, en el que hombres otrora poderosos o caídos en desgracia se preguntan por qué han sido abandonados, examinan sus culpas y las ponen sobre la barra de aquel bar, sin alcohol mediante ni paliativos para una tristeza de la que asoma, por momentos, el verde que prometía el Olmo viejo de Machado, el del renacer: "Hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido".
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