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Santillana, la villa de las tres mentiras

Ni es santa, ni es llana ni tiene mar

Al norte, en Cantabria, se concentran un gran número de pueblos que resultan imprescindibles. Se podría hacer una extensa ruta de localidades singulares, con costa o sin ella, para visitar durante días y capturar así toda la esencia de la región. La mayoría de ellos se caracterizan por sus callejuelas escarpadas y empedradas, su clima húmedo, sus casas con escudos familiares y sus plazas con soportales. Pero todos tienen algo que les hace diferentes. Santillana del Mar es uno de ellos, ya que tiene un valor histórico y artístico muy relevante en España. Prácticamente todo en Santillana del Mar se puede considerar un monumento y, además, tiene unas curiosidades y leyendas que atraen a cualquier visitante. Se dice de ella que es la villa de las tres mentiras porque no es ni santa, ni llama ni tampoco tiene mar. La localidad cuenta con unos 4.000 habitantes y gran parte de ellos vive del turismo o se dedica a actividades agropecuarias. A su lado se encuentran las famosas Cuevas de Altamira, lugar de una importancia mundial debido al arte rupestre, siendo considerada una de las cuevas con pinturas prehistóricas más famosas del mundo desde que se descubrió a finales del siglo pasado. Su hallazgo fue fruto de la casualidad en el año 1868 y la parte más famosa de la cueva, la que hoy se conoce como sala de los polícromos, no se descubrió hasta más de una década después, en 1879. Pero Santillana del Mar no es solo las Cuevas de Altamira –cuyas visitas actualmente están muy controladas-, sino que cuenta con otros tantos tesoros. El Monasterio de Santa Juliana, construido en el siglo IX se convirtió en el siglo XII en lo que hoy en día se conoce como Colegiata de Santa Juliana, uno de los edificios más representativos del arte románico en toda Cantabria. Cuenta con un claustro muy impactante, con una exquisita decoración en sus capiteles, en torno al cual se desarrolló la población. En su fachada principal hay una imagen de la mártir y encima de ella una galería de quince arcos que llama la atención. Paseando por sus calles medievales, sin prisa, entre casonas y palacios, uno se topa de frente con las torres de Merino y Don Borja, que hoy son sede de la Fundación Santillana. En la plaza frente a la colegiata, se congregan algunos de los edificios más importantes como, por ejemplo, la casona de los Barreda-Bracho, cuya construcción data del siglo XVIII y hoy es el parador de Gil Blas. También en este punto de la villa se encuentran las casas del Ýguila y la Parra. La casa de Leonor de la Vega, de estilo gótico, era la vivienda del que fue primer marqués de Santillana o la casa de los Villa, con un gran blasón en su fachada que representa a dos hombres con bigote. También el palacio de Velarde o los palacios de Barreda, Tagle y Villa son dignos de admirar. Talleres artesanos en los que comprar productos elaborados con recetas centenarias, lugares en los que se pueden degustar los bizcochos típicos de Santillana, bares y restaurantes con un sabor añejo. Su cercanía con Santander –se encuentra aproximadamente a 30 kilómetros de la capital- permite realizar la visita en un día o bien pasar la noche en este enclave donde se respira una tranquilidad absoluta. Porque Santillana será la villa de las tres mentiras, sí, pero su encanto no engaña a nadie.

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| 02/03/2015

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