Basta una hora de coche desde Tetuán para llegar a uno de esos destinos que parecen hechos para ser fotografiados hasta el infinito. La belleza y singularidad de Chaouen, o Chefchaouen, como dicen sus locales, no es otra que la imagen única que da su centro histórico encalado de azul. Un añil profundo y cautivador que llena las paredes de este pueblo de la cordillera de Los Cuernos. Sagrada para los musulmanes, la villa era impenetrable hasta principios del siglo XX para los cristianos, que tenían prohibida la entrada. Todo 'se relajó' con la expansión colonial, pero hasta no hace demasiados años se ha mantenido bastante alejada del turismo, por lo que no ha perdido la esencia, ni la singularidad. Es lo que explica, por ejemplo, que se puedan encontrar noches de hotel por menos de 25 € o restaurantes en los que no hay diferencias entre los propios habitantes y el viajero. Algo que se consigue de sobra en el Hammam del pueblo, a 10 dirham la entrada. Fundada en 1471, se asienta en un valle y a poca distancia se encuentran los manantiales de Ras-al-Ma. Hay una ciudad nueva, construida algo más abajo, pero no es aquí donde debe detenerse el viajero, sino en la antigua. No podrá dejar de maravillarse en la plaza principal, donde se encuentra la Alcazaba y la Mezquita, con una torre de base octogonal. Los amantes de las compras tienen aquí un paraíso. No hay un gran zoco, pero se contrarresta con innumerables pequeñas tiendas de artesanía en las que se vende todo tipo de productos. Además, no cierran hasta que no se han ido los posibles clientes del centro, por lo que no hay nunca prisa. Por comprar, se puede incluso uno hacer con pequeños botes de la cal azul que se utiliza para pintar las paredes. Un recuerdo que, sin duda, tendrá un lugar destacado en nuestra estantería de trofeos.