Por todos es conocida la controversia que ha rodeado siempre el Valle de los Caídos. Empezando por su concepción, que si bien la propaganda franquista se encargó de vender a los españoles y el resto de países como monumento a los caídos de ambos bandos por la Guerra Civil, en realidad se erigió como tributo a lo que el propio Franco denominada su 'cruzada'. Así se expuso en un decreto hecho público el 1 de abril de 1940, en el primer aniversario del fin de la contienda, que anunciaba la construcción del Valle de los Caídos: "La dimensión de nuestra Cruzada, los heroicos sacrificios que la victoria encierra y la trascenden­cia que ha tenido para el futuro de España esta epopeya no pueden quedar perpetuados por los senci­llos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades los hechos salientes de nuestra Historia y los episodios gloriosos de sus hijos. Es necesario que las piedras que se levanten ten­gan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido y que constituyan lugar de meditación y de reposo en que las genera­ciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor […]".

Tan totalitarista y megalómana fue la idea bajo la que se amparó el levantamiento del Valle de los Caídos como su propia construcción. A partir de un complejo e injusto sistema de redención de penas, y a través del empleo masivo de los denominados 'enemigos del régimen’ personas que habían sido detenidas por ser profesores o concejales durante la II República, que habían pertenecido a sindicatos o que simplemente luchaban por la democracia–, unas 20.000 personas convivieron en diversos destacamentos penales a lo largo de los casi 20 años que ocuparon los trabajos de obra del monumento de Cuelgamuros. Y entre esos miles de ‘esclavos por la patria’ se encontraban Nicolás Sánchez-Albornoz (1926) y Manuel Lamana (1922), nombres que pasarán a la historia por protagonizar un hecho sin precedentes, que hasta 1948 se creía imposible: fugarse del Valle de los Caídos.

Obras en el Valle de los Caídos | .

Es 1947, y Sánchez-Albornoz y Lamana, alumnos de la Universidad de Madrid, junto a otros tantos estudiantes que ya van mostrando abiertamente su rechazo al franquismo, realizan los intentos pertinentes para volver a poner en marcha la extinta Federación Universitaria Escolar (FUE), fundada a finales de 1926 como fórmula de oposición estudiantil a la dictadura de Miguel Primo de Rivera y el reinado de Alfonso XIII. El propio Sánchez-Albornoz describe en una entrevista concedida al diario El País la necesidad de refundar una organización como la FUE: "Se trataba de jóvenes de 18 años que retomábamos las ideas de la FUE. Fue un fenómeno paralelo a lo que ocurrió en otros niveles con los jóvenes socialistas, anarquistas y comunistas que trataban de reorganizar su partido. El grupo nuestro, de Madrid, llegó a durar año y medio, con acciones limitadas, claro".

"Estábamos en ese lugar. Era muy desagradable, terrible"

Tanto la refundación de la FUE como las acciones de la organización contra el Estado deben ejecutarse con cuidado, de forma clandestina, pues la represión franquista a finales de los años 40 sigue siendo férrea: la dictadura se ha consolidado en una España, la de la posguerra, lastrada por la recesión, donde el hambre y el miedo forman parte del día a día de los ciudadanos. Hay colas y triquiñuelas para recibir una ración (o más) de comida, la persecución contra los 'enemigos del régimen' no cesa, el heteropatriarcado impera como única doctrina social válida en las estructuras familiares y las únicas voces que se pueden oír sobre el devenir del país son las de la administración franquista y la Iglesia. No tardan en ser cazados. "El Gobierno se mosqueó por la propaganda que hacíamos en la universidad, por el reclutamiento de estudiantes, y me mandó detener", recuerda Sánchez-Albornoz.

Ocurre durante la Semana Santa del año 1947. Más de una decena de jóvenes, entre ellos 14 miembros directivos de la FUE, son detenidos durante las vacaciones por la reorganización de la asociación estudiantil. El detonante es una pintada en la Facultad de Filosofía y Letras que reza: "¡Viva la universidad libre!". El historiador afirma que no es obra suya, pero van contra él y otros miembros de la FUE. A Lamana y la mayoría los atrapan en Madrid; a Sánchez-Albornoz, en Barcelona. Ellos y sus compañeros pasan por la Dirección General de Seguridad –bajo el mando del militar Francisco Rodríguez Martínez, procurador de las Cortes Franquistas y miembro del Consejo Nacional de FET y de las JONS en la década de los 40–. Lamana relató así la estancia de los jóvenes en la DGS: "Nos tuvieron varios días incomunicados. Estábamos en una celda individual. Dormíamos tirados en el suelo, no había colchonetas, ni nada, y ademas estábamos en ese lugar. Era muy desagradable, terrible".

De allí son trasladados a una sección de la cárcel de Alcalá de Henares usada por entonces de forma exclusiva para presos políticos del franquismo, y tiempo después a la prisión de Carabanchel, a la espera del juicio. Este se celebra el 12 de diciembre de 1947, regido por un Consejo de Guerra por el cargo de alférez que ostenta Lamana: "Había un poco de público, corresponsales extranjeros porque nuestro grupo había tenido una cierta resonancia. Entró el Jurado, el Tribunal, generales y coroneles. El fiscal nos llamó de todo, nos dijo de todo. El defensor dijo que, teniendo en cuenta las familias de las que proveníamos (republicanas), no podía esperarse que fuéramos por el buen camino; de alguna manera, eso era un atenuante de nuestra desviación". Allí, casi nueve meses después de ser arrestado, Sánchez-Albornoz es condenado a seis años de prisión, una pena que, según el propio historiador, es "escandalosamente superior a la solicitada por la petición fiscal, la duplicaron". El resto de condenas, según expuso Lamana, van de los “ocho a los diez años"; condenas que acaban llevándoles al Valle de los Caídos.

La 'gran evasión' de Sánchez-Albornoz y Lamana

Nicolás Sánchez-Albornoz tiene algo de ‘suerte’: tras llegar a Cuelgamuros, acaba siendo destinado a un destacamento penal en el que se le asigna el oficio de escribiente. Su labor transcurre en una oficina, a diferencia de otros miles de represaliados que trabajan como mano de obra baratísima en las tareas de edificación del monumento. Estos presos perciben una centésima parte de lo que habrían cobrado si hubiesen sido libres, bajo la falsa promesa de ser puestos en libertad más pronto que tarde, y con unas condiciones laborales y de seguridad que no se pueden tildar ni de precarias: el número de muertos en el Valle de los Caídos durante la construcción se estima entre 14 y 18, un dato que no tiene en cuenta los casos de silicosis que se registran poco después, una enfermedad crónica producida por haber aspirado polvo de sílice en gran cantidad durante las obras para horadar la dura piedra de la montaña de Guadarrama. Además, ocho de cada 100 trabajadores resultan heridos en las obras.

"A mí no me tocó poner ladrillos ni andar por los andamios. Yo me pasé el tiempo rellenando planillas. Nos contaban cada tres horas, y eso daba lugar a una planilla nominal cada tres horas por cada preso que se rellenaba en el mismo momento y había que mandar a la Dirección de Prisiones para constatar que no faltaba nadie o si se había incorporado alguien más", relató Sánchez-Albornoz a 'El Salto'. Él y Lamana acaban en el destacamento penal del monasterio, donde conviven más de un centenar de internos. No tardan en buscar los medios necesarios para poner en marcha su fuga de Cuelgamuros: "No quería pasar seis años, en el tiempo que ya había cumplido, en esas condiciones. Manolo y yo nos pusimos en contacto con los compañeros estudiantes exiliados en París para decir: 'Echadnos una mano'".

"La Policía jamás iba a sospechar de dos chicas tan jóvenes. Apenas teníamos 18 años"

La fuga de Sánchez-Albornoz y Lamana se prepara desde Francia. La Federación logra convencer a una estudiante norteamericana, Barbara Probst, para conducir un vehículo puesto a disposición por otra joven estadounidense, Barbara Mailer, hermana del escritor Norman Mailer, que llevará a los presos a la frontera con Francia. Del dispositivo de fuga y huida se encarga Francisco Benet, antropólogo español afincado en París y hermano del escritor Juan Benet, que viaja a Madrid con las dos mujeres para procurar que todo salga según lo ideado. En sus inicios, el plan no tiene a Sánchez-Albornoz y a Lamana como protagonistas. La intención primigenia es rescatar al anarquista Manuel Amit, que descarta su participación al creer que la fuga no tendrá éxito, y al pintor Juan Manuel Díaz Caneja, que acaba siendo trasladado a la cárcel de Ocaña, en Toledo, antes de que pueda efectuarse el plan. Así las cosas, el 8 de agosto de 1948 tiene lugar una fuga de película en el Valle de los Caídos.

Para la huida se elige un domingo. Es día de visitas en Cuelgamuros, y por tanto el tiempo entre recuentos de reclusos es más largo que en días laborales. En uno de esos pequeños intervalos, Sánchez-Albornoz y Lamana aprovechan la oportunidad y corren campo a través en dirección al lugar donde se ejecutan las obras del monasterio. Allí les esperan Benet, Probst y Mailer con el coche. La suerte no solo es determinante para los presos que buscan la libertad, también lo es para el equipo de rescate: de alguna forma, se deja todo en manos de la 'inocencia' y el 'descaro' de la acción. "Pensaron que la policía jamás iba a sospechar de dos chicas tan jóvenes. Apenas teníamos 18 años", confirmó Probst años después. La primera parada es breve, y se efectúa en el pueblo de San Lorenzo de El Escorial, a poco más de diez kilómetros de distancia de Cuelgamuros. De allí, ponen rumbo a Barcelona.

Sánchez-Albornoz y Lamana reciben salvoconductos falsos para pasar desapercibidos en el paso de una ciudad a otra. Durante las 20 horas que dura el viaje a Barcelona, sufren varios incidentes en carretera que consiguen solventar con mediana facilidad hasta llegar a Cataluña. Llegados a la ciudad condal, según el relato expuesto por los protagonistas, Benet se separa del grupo, las dos jóvenes prosiguen su viaje hacia Francia y los recién liberados toman una ruta a pie por los Pirineos para alcanzar la frontera francesa. Caminan durante tres días haciendo frente a unas condiciones que dificultan sobremanera un objetivo que ya se presenta difícil de por sí: la intensa lluvia, la falta de alimentos, la desorientación, el miedo a ser capturados y la rotura de tobillo que sufre Sánchez-Albornoz ralentizan el paso de ambos, si bien al final logran salir de España y a las semanas pisan suelo parisino. Desde allí, ambos marchan a Argentina, poniendo fin a una aventura que no tarda en mediatizarse.

Nicolás Sánchez-Albornoz, durante una entrevista en El Intermedio | laSexta.com

"Circularon numerosas versiones por las cárceles de España. Eramos conocidos entre una gran masa de la población reclusa. Lo nuestro se comentó con alegría, con esperanza. Resultaba difícil admitir que hubiese tenido éxito una fuga tramada con elementos muy simples", explica Sánchez-Albornoz, que no ha vuelto a poner un pie en el Valle de los Caídos. El reconocimiento a ambos, como a todas las víctimas de la represión franquista, vino con el paso del tiempo; en España, a su modo. En 2017, el Gobierno de la Comunidad de Madrid, con la popular Cristina Cifuentes al mando, declaró bien de interés cultural la facultad donde se dibujó la frase "¡Viva la Universidad Libre!", pero decidió eliminar la pintada de la fachada con el objetivo de evitar un "desfavorable efecto llamada"; una pintada que albergaba la esperanza de unos estudiantes que aspiraban a recuperar una España libre de fascismo.