Esta semana se ha hecho viral el vídeo de un niño, Izan, que compró una tarta para celebrar su cumpleaños en el colegio y al llevarla lo que recibió fue el insulto de sus compañeros que en vez de cantarle «cumpleaños feliz» le cantaron «mierda gordo» pa´ti.

Las redes sociales se han llenado de peticiones de #Stopbullying alegando una falta de educación en los hogares por parte de los progenitores de estos menores.

Esto es una manera de echar balones fuera, de separar el problema de nosotros, de alejarlo, de no hacernos cargo, de no mirar colectivamente. Esto supone reconducir el problema a una cuestión individual de cada hogar cuando esto es un problema estructural.

Porque cuando te llaman maricón de mierda, puta, gordo, pobre, huesitos o jirafa en un patio de colegio no es una cuestión de «mala educación» es una cuestión que tiene que ver con el poder y con la necesidad de construir una norma en la que hay que encajar.

No tiene que ver con una falta de cortesía: tiene que ver con que se está tratando de imponer una idea de la realidad, de cómo ha de ser el mundo. Tiene que ver señalar a un otro en el margen para quedar tú incluido en el centro, tiene que ver con la perversa idea de la normalidad.

Porque los chicos necesitan a un «menos chico» para definir su identidad, las chicas necesitan a una «menos chica» para definir la suya y todos necesitan a un «monstruo» para quedar lejos de la monstruosidad y poder confirmar que entran dentro de los parámetros de lo que ha de ser deseable.

Señalar lo indesebale para no ser señalado como indeseable. Eso es algo que se practica a diario, no solo en un patio de colegio, no solo por menores.

No, no son «cosas de niños».

Son nuestras cosas y hemos podido estar en un extremo o en otro.

Estas dinámicas se trasladan hasta la edad adulta y tienen que ver con cómo tratas a un camarero o cómo actuas en Twitter.

Clase, género, raza, sexualidad, van entrelazadas.

Seguimos maltratándonos una y otra vez.

A veces incluso de manera imperceptible.

Pero nos gusta pensar que es algo que siempre hacen o le pasa a los demás.

Nos gusta pensar que no tenemos nada que ver y que eso se soluciona de puertas hacia dentro.

Los trapos sucios se lavan en casa.

Pero no.

Para cambiar las dinámicas de poder hay que cambiar en todo caso las estructuras que siguen per-petuando esos lugares.

Lo que hay es que ampliar el marco de la normalidad para que nadie sienta que puede hacer daño expulsando a alguien de ella.

No comprendo cómo todas esas personas que se llevan las manos a la cabeza por el acoso escolar luego hacen uso del pin parental para que no se normalice la diversidad, para que no se promueva la igualdad.

La «ideología de género» es una forma de luchar contra el acoso escolar.

Es una forma de construir un mundo común en el que no necesitemos un otro para crear un nosotros.

A mí me gritaron durante años maricón y gordo en el colegio.

No lo digo con pena, ni con dolor, lo transcribo como una realidad: la que fue.

Y lo único que me hizo comprender (que no justificar) por qué lo hacían fue la «ideología de género».

Lo hacían porque me usaban para ordenar el mundo.

Ponerle nombre a esto, conectar los puntos, entender qué era y cómo operaba la masculinidad, hizo que pudiera quitarme una culpa individual.

Tendría pluma y sería gordo, sí, pero no estoy obligado a ser como ellos.

Hay muchas formas de ser y todas son válidas siempre y cuando no hagas un daño inncesario a los demás.

Ojalá seamos capaces de pensar el mundo de otra manera.

Para alegrarnos por el hecho de que alguien siga cumpliendo años, siga en la vida.

Sea de la manera que sea.