No hay nada como un buen culebrón político para olvidarnos de todo lo demás. Con tanta actualidad política, estamos como para quejarnos, ¿no? ¡Pues sí! Porque mientras no sabemos cuál será el devenir de este país y nos despistan, aquí seguimos, un año después, intentando sobrevivir.

El viernes pasado tocó techo mi paciencia pandémica. Imaginad la situación. Viernes tarde, AVE con destino a Málaga. Mi vagón parecía el camarote de los hermanos Marx. Cosa que hace un año me parecía de lo más normal, pero en plena pandemia me desmoraliza y me hace perder la poca fe en la humanidad que tengo. Era tanto el agobio de estar ahí dentro durante tres horas sin ventilación que no me quité la mascarilla ni para beber agua. Cuando llegamos a Córdoba y escuchaba el mensaje por megafonía cortocircuité:

- Por su seguridad salgan por filas y esperen a que llegue su turno.

Ya antes estaba al borde de la taquicardia por la incoherencia del mensaje inicial al salir:

- Por su seguridad, no serviremos en cafetería y deben llevar puesta la mascarilla, tapando boca y nariz, durante todo el trayecto. Sentimos las molestias que esto pueda ocasionarles.

¿Molestias? Ninguna. Cabreo. Mucho. Claro que tenemos que llevar la mascarilla, y si a estas alturas no sabemos cómo se coloca, mal vamos… Claro que entendemos que la cafetería esté cerrada y que tengamos que salir del tren por filas con distancia de seguridad, pero ¿qué sentido tienen estas normas cuando estamos tres horas pegados codo con codo con el viajero del asiento de al lado? Si alguien entiende a qué plan responde esto, que me lo cuente por favor.

Porque respeto y comparto todas las normas. Es más, me afecta poco, a una madre de tres hijas el toque de queda o el cierre perimetral no le cambia la vida. Pero como autónoma, que viaja por trabajo, como tantas otras, me preocupa que las normas no se cumplan en según qué espacios y condiciones. ¿Acaso dentro del tren, el virus no existe?

Llamadme loca, pero ¿no se podrían ampliar vagones y vender alternos los asientos del tren? Porque la incoherencia llega a límites insospechados cuando viajas en tren y hay asientos vacíos, pero a ti te han sentado bien pegadita a tu compañero de fila. Esto pasó en el viaje de ida. Le pedí a la supervisora el cambio y me dijo que eso no era posible porque entonces tenían que desinfectar mi asiento por seguridad. Y yo dije, ¿y dónde está la seguridad de ir todos juntos? Todavía estoy esperando que me conteste.

Al salir del tren, la policía dándonos la bienvenida para revisar los salvoconductos de nuestros viajes. Me parece estupendo. Pero si por seguridad me piden toda la documentación, ¿por qué no velan por mi seguridad también durante el viaje?

Es incomprensible. Te enfadas. Reclamas. Pero no sirve de nada. Mientras el AVE va hasta los topes y no pensamos cómo se podría mejorar esa situación, los parques infantiles siguen cerrados, porque claro un parque infantil al aire libre con niños y niñas jugando con sus mascarillas es un foco de contagio enorme al lado de un vagón de tren sin distancia de seguridad ni ventilación.

Y esta es una de las muchas incoherencias que hemos asumido y aceptado, un año después.