Lo que vas a leer a continuación es una llamada a la calma. No hay que deshacerse de los táperes de plástico ni revisar los envases en busca de pictogramas y números sospechosos. La razón por la que no debe cundir el pánico con los plásticos y el bisfenol A está en la química y en las normativas relativas a los materiales en contacto con alimentos.

Lo que coloquialmente llamamos plásticos son una familia de materiales denominados polímeros plásticos. Los polímeros, como su nombre indica (del griego: polis, 'mucho', y meros, 'parte' o 'segmento') están formados por la unión de unidades más pequeñas llamadas monómeros. Si un polímero fuese un collar de cuentas, cada cuenta sería un monómero. La palabra 'plástico' es un adjetivo y se refiere a la cualidad de un material que, mediante una compresión, puede cambiar de forma y conservarla de forma permanente, a diferencia de los materiales elásticos.

Los polímeros plásticos se clasifican de multitud de maneras: atendiendo a su proceso de fabricación, a su procedencia, a su comportamiento frente al calor, a su elasticidad, a su composición… y a las sustancias a partir de las que se sintetizan. También se clasifican con el sistema de identificación americano SPI –son los pictograma con un número dentro que ilustran este artículo– que resulta muy útil para saber su composición y cómo hay que reciclar y reutilizar cada polímero.

El bisfenol A, abreviado como BPA, es una sustancia que se emplea para sintetizar solo dos tipos de polímeros: el policarbonato y las resinas epoxi. Los monómeros o 'cuentas' de estos polímeros son de BPA.

El policarbonato es transparente y casi inastillable, se usa para fabricar una gran variedad de productos como piezas de dispositivos médicos, piezas resistentes al impacto, en la cubierta de las maletas rígidas, en componentes de automóviles, en las denominadas lentes orgánicas para gafas y sobre todo es el principal componente de los CD y DVD.

Las resinas epoxi son polímeros termoestables, es decir, resistentes al calor, que no se derriten ni cambian de forma. Se utilizan sobre todo como adhesivos, en recubrimientos en general y, en particular, como recubrimiento interno de latas de alimentos en conserva, especialmente para productos ácidos, ya que la resina evita que el metal de la lata se oxide, por lo que su uso reduce el desperdicio alimentario y contribuye a que los alimentos enlatados sean más seguros.

Durante el proceso de fabricación del policarbonato y de las resinas epoxi, el BPA desaparece como tal, se transforma en algo diferente cuando pasa a formar un polímero. Esto significa que el BPA no se puede escindir del polímero. Por ejemplo, al calentar una pieza de policarbonato en el microondas no se rompen enlaces del polímero dejando libre el BPA. Esto es químicamente imposible, puesto que el BPA está unido mediante enlaces fuertes de tipo covalente, que en las condiciones de uso doméstico son irrompibles. Pensar que estos enlaces fuertes se pueden romper así de fácil es tan disparatado como pensar que la sal de mesa (cloruro de sodio) puede liberar cloro tóxico al cocinar. Es algo absurdo.

No obstante, es cierto que las plantas industriales que producen policarbonato y resinas epoxi pueden soltar al medioambiente cantidades variables de BPA libre como subproducto. Pero no es eso lo que más preocupa, sino el BPA que se podría ingerir como consecuencia de pequeñas cantidades que no hubiesen reaccionado del todo durante la producción de los polímeros, que quedasen atrapadas en ellos y pudiesen migrar al organismo, bien al beber líquidos contenidos en un recipiente de policarbonato o en una lata revestida internamente con resina epoxi. Este posible escenario fue el que hizo que las autoridades sanitarias revisasen los usos del BPA y decidiesen limitar la posible exposición en situaciones especialmente delicadas.

El BPA se empezó a considerar peligroso por su potencial capacidad de unirse a receptores hormonales. No obstante, su afinidad por los receptores hormonales es miles de veces inferior al estradiol, una hormona sexual femenina que se suele tomar como referencia de estrógeno más potente. Su efecto negativo como disruptor endocrino no está bien definido, y las autoridades sanitarias consideran que tampoco hay riesgo genotóxico, pero sí se le han atribuido otros efectos tóxicos importantes, sobre todo sobre el sistema inmunitario.

La mayoría de los estudios toxicológicos sobre el BPA se habían hecho con animales, no con humanos, y eran estudios de baja calidad, por lo que hasta 2010 la Organización Mundial de la Salud (OMS) mantuvo que no había evidencia científica que respaldara la prohibición del BPA. Además, el BPA es metabolizado inmediatamente tras la ingestión por el hígado dando lugar otra sustancia, el glucurónido de bisfenol A, que no tiene actividad estrogénica alguna y que, en cuestión de pocas horas, es eliminado a través de la orina, tanto de las personas mayores como de los más pequeños. Es decir, no hay peligro de que el BPA se vaya a acumulando en el organismo.

Como siempre, el veneno está en la dosis, así que cualquier sustancia será tóxica a partir de cierta cantidad. Lo interesante es conocer ese límite, averiguar cuál es la exposición, cómo se metaboliza esa sustancia y si es posible alcanzar el límite tolerable. Lo más coherente en estos casos es recurrir a los organismos oficiales, que son quienes representan el consenso científico y se dedican a revisar todos los estudios en busca de evidencias y, a partir de ellas, establecen normas de uso y límites tolerables. Estos organismos son principalmente la americana Food and Drug Administration (FDA) y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA). Ambos organismos velan por la salud en lo tocante a la alimentación y llevan a cabo un seguimiento exhaustivo de todo lo que se produce científicamente para, si procede, tomar medidas al respecto.

Gracias al trabajo de estos organismos en 2010 en Europa se prohibió la fabricación de juguetes y envases infantiles fabricados a partir de BPA. Esto significa que ningún biberón, chupete o vaso para niños vendido en Europa puede contener BPA. Su uso se ha ido restringiendo cada vez más por principio de precaución y como consecuencia de las lagunas de conocimiento acerca de la toxicidad del BPA en la salud humana. España ha sido uno de los países más restrictivos con respecto al uso de BPA, publicando en 2022 la prohibición total del BPA para la fabricación de cualquier tipo de envase. Esto significa que en España no es posible utilizar BPA en ningún material en contacto con alimentos.

Desde 2015, la Ingesta Diaria Tolerable (IDT) de BPA fijada por la EFSA era de 4 mg por kilogramo de peso corporal al día. Una cantidad que se fijó de modo temporal a causa de la escasa certidumbre acerca de la toxicidad del BPA y con la expectativa de recopilar evidencias científicas de más calidad y actualizar la cifra cuanto antes. Recientemente, en abril de 2023, sobre la base de todas las nuevas pruebas científicas evaluadas hasta la fecha, los expertos de la EFSA han establecido una IDT de BPA de 0,2 ng (2 mil millonésimas de gramo). La IDT es aproximadamente 20.000 veces menor que antes, lo que significa que el potencial tóxico del BPA se había infravalorado. A la vista del nuevo informe de la EFSA sobre el BPA, cabe esperar que las restricciones que se aplicaron en España –y en otros países de la Unión Europea– se extiendan al resto de países, limitando aún más el uso del BPA o modificando los métodos de síntesis de estos polímeros para reducir los residuos de BPA libre que pueden migrar a los alimentos.

Estos nuevos datos implican que hasta ahora se había permitido una exposición a dosis de BPA superiores a lo que hoy se considera tolerable. No obstante, los datos actuales de exposición al BPA son desconocidos, puesto que los últimos estudios se corresponden a 2015, y desde entonces se han aplicado restricciones cada vez más severas sobre el uso del BPA, así que es probable que los niveles de exposición sean mucho más bajos.

Además, los únicos plásticos que podrían liberar BPA residual, como las resinas epoxi o el policarbonato –que están dentro de los plásticos clasificados con el número 7–, en Europa no están permitidos para fabricar botellas, fiambreras, táperes, platos o vasos de plástico, así que no hace falta revisar la despensa en busca de recipientes para alimentos susceptibles de contener BPA, sencillamente porque no existen. Los envases para alimentos están hechos con polímeros plásticos de PET (tereftalato de polietileno), de PE (polietileno), de PP (polipropileno) o de PS (poliestireno), y ninguno de estos polímeros se fabrica con BPA. La conclusión para el día a día es que si se usan los envases de plástico con el propósito para el que fueron diseñados, no hay de qué preocuparse.