La ciencia no grita. No lo ha hecho nunca. La ciencia representa, quizá como pocas actividades humanas, la prudencia y la sensatez: la necesidad de tomarse tiempo para observar, para medir, para dudar, para corregir. Tiempo para hacerse, pero también —y esto se olvida con frecuencia— tiempo para ser comprendida.

Sin embargo, vivimos en una época que ha declarado la guerra abierta a la lentitud. Todo debe ser inmediato, breve, impactante. Vídeos de menos de un minuto. Artículos de no más de 600 palabras. Titulares que lo resuman todo en una frase, aunque esa frase no resuma nada. En este contexto, la ciencia parece no encajar. Parce tibia, demasiado llena de matices. Necesita explicaciones largas. Y eso, se supone, no vende.

A esta aparente incompatibilidad se le suele poner un nombre que sabe a excusa: el algoritmo. Se dice que el algoritmo premia el consumo rápido, la reacción visceral, la polarización. Y es cierto. Pero quizá la pregunta más incómoda sea otra: ¿el algoritmo nos estrangula o simplemente nos refleja? ¿Es un monstruo externo o una criatura hecha a nuestra imagen y semejanza, movida por la rabia, por el impulso de pertenecer a un bando?.

Todo tiende a convertirse en una cuestión identitaria. La izquierda contra la derecha. El rosa contra el azul. Los de arriba contra los de abajo. Incluso debates profundamente pragmáticos —como la construcción de una industria, el modelo energético o los materiales de los juguetes infantiles— se presentan como cuestiones identitarias. No importa tanto el contenido como el gesto: estar a favor o en contra define quién eres. Consumir define quién eres. Y cuanto más rápido lo hagas, mejor para el sistema.

En los medios de comunicación sucede algo parecido. Todo tiene ese regusto a emergencia que tienen las crisis. Ya no hay problemas, sino crisis. No hay un problema de acceso a la vivienda, sino una crisis. No hay un problema climático, sino una crisis. Cuando algo se presenta como un problema, se entiende que tiene solución; pero si se presenta como una crisis, parece que no hay vuelta atrás. Entre catastrofistas y esperanzados, entre la neurosis y la mesura, la atención la acapara la catástrofe. La atención es el bien escaso, y se cotiza mejor si es breve e intensa. Da igual que solo deje un vacío cuando lo importante es que cuente como consumo. El resultado es un bucle bien conocido: si lo que más se consume es contenido basura, produzcamos más contenido basura. Siempre hay un nuevo enemigo, real o imaginario, convenientemente exagerado hasta convertirse en una caricatura monstruosa.

Y en medio de este frenesí estamos quienes nos dedicamos a la comunicación científica pidiendo algo tan revolucionario como tiempo. Hablando de grises. De incertidumbre. De límites del saber. A veces, incluso de cosas que no están en venta, como el propio conocimiento. La divulgación científica no ofrece respuestas cortas, fáciles ni inmediatas. Ofrece, en cambio, algo mucho más valioso: la ocasión de pensar fuerte y bien.

La ciencia no es neutral en el sentido superficial del término, pero sí es profundamente honesta con sus propias dudas. No se alinea bien con la lógica del combate, porque no busca vencer a un enemigo, sino entender un problema. Y eso exige un esfuerzo por parte de quien escucha, lee o mira. Exige atención.

Pero ese esfuerzo tiene recompensa. La divulgación científica es para quienes disfrutan del placer del conocimiento: un placer sencillo y, al mismo tiempo, el más sofisticado de todos. Por eso soy optimista. Creo que el frenesí idiotizador del algoritmo está empezando a mostrar signos de agotamiento. No hay alma que resista tanta nada. Esa supuesta masa enfurecida no es tan grande como parece. No es la mayoría, sino un espejismo de mayoría. Nadie piensa de sí mismo que forma parte de la marabunta.

Existe un instinto más entusiasmado que el de la confrontación y la urgencia, que es el instinto de entendimiento. Saber cosas para pensar con profundidad, para opinar con categoría, incluso para algo que pellizca el sentido de vivir, que es vivir con alegría. Saber para saborear la belleza, para saborear la vida. No es casualidad que saber y sabor compartan raíz etimológica. Para saborear, primero hay que saber.

Y quizá ahí, en ese derecho a la lentitud que exige el conocimiento, la ciencia tenga todavía mucho que decir en los medios de comunicación. Solo hay que darle espacio. Y tiempo.

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