El capital simbólico es un premio muy efímero que te otorga la percepción ajena. Lo tienes mientras te lo dan, lo pierdes cuando te despojan de él por tus hechos y comportamientos. Perder la perspectiva sobre las causas y los que se aprovechan de ellas es uno de los elementos imprescindibles para que no te conviertan en un cínico. La distancia entre el pueblo y la elite se puede entender con el ejemplo de Silvio Rodríguez y su rifle AKM de combate. Silvio Rodríguez realizó una declaración nítida antiimperialista sobre la posible intervención de EEUU en Cuba y aseguró que si lo hacían pediría que le dieran su AKM de combate para repelerla. Es un ejemplo de declaración virtuosa asociada a su legado y obra. Una declaración de intenciones que tiene la capacidad de hacer sentir empatía por parte de todos aquellos que repudian las intervenciones del imperio yanki en América Latina. Palabras que generan capital simbólico porque apelan a un ente demonizado, con razón, en pos del bien común, que defienden al agredido frente al agresor, que recuerdan al romanticismo histórico revolucionario. Al justo y necesario.
Días después de esas declaraciones se produjo un acto propagandístico por parte de los burócratas en el poder en Cuba para otorgarle un AKM de combate en una ceremonia llena de hombres viejos disfrazados de militares y con problemas para contener la vejiga que lo único que querían era cooptar gran parte del capital simbólico del cantautor. Cuando eso ocurre y Silvio Rodríguez accede al acto ese capital simbólico que posee no se comparte, se pierde. La declaración apelaba al pueblo, la concreción del acto se circunscribía a la elite, al privilegio. Esa misma distancia entre las elites y el pueblo se vio en esa flotilla- que también quiere cooptar el capital simbólico de la de Gaza- de una izquierda occidental que tan difícil está teniendo valorar con criterio y rigor el mundo surgido tras la caída del muro de Berlín.
Reconozco con pesadumbre la decepción que he sentido al ver a alguien como Owen Jones participar de ese safari político de lavado de cara de los burócratas tan alejado del sufrimiento del pueblo cubano. Solo me refiero a quien tengo en consideración. Es devastador ver a referentes inmersos en un ejercicio político tan penoso porque pone en una situación muy difícil el relato de la izquierda internacional. El papel de la flotilla de Gaza era impecable, por lo que hacía, pero sobre todo por cómo lo hacía, que es aún más importante porque renunció a sus privilegios para poner en riesgo su vida. Sin embargo, el que se ha hecho en la misión por parte de muchos exponentes de la izquierda europea en la performance turística en Cuba tan cercana a las elites dirigentes ha sido de un papel tan lamentable que hace difícilmente evaluable el daño para el mensaje que la izquierda quiere defender, y eso afecta a todos, no solo a los que participan de esa tournée tropical.
Es terrible tener que asumir el desgaste ideológico a los propios principios y valores que comporta el comportamiento de unas elites dirigentes occidentales tremendamente alejadas de la realidad social de los pueblos en conflicto. No importa que esos líderes estén en activo o lo dejen, sus acciones trascienden lo individual y tienen la capacidad para dañar lo colectivo. Existe una distancia sideral entre los pueblos y las elites de la izquierda que no son capaces de despojarse de su etnocentrismo, algo que se vio de manera nítida en la crisis de Ucrania en la que se despreciaba la opinión de las izquierdas de Europa del este y que ocurre de la misma manera ignorando a todas las voces que desde el socialismo de América Latina tienen una posición titista ante los conflictos imperialistas.
Los personajes de la historia que más interesantes intelectualmente me parecen son los socialistas sin socialismo. Aquellos que defienden sus ideas de sus propios dirigentes y no permiten que los malos comportamientos de megalómanos y egomaníacos los perviertan. Hay muchos intelectuales que pueden encajar en esta descripción, en la contemporaneidad quizás Lea Ypy y Enzo Traverso son los principales exponentes, pero a lo largo de la historia ha habido mucho que lograron ubicarse en la coherencia moral cuando empujaban dos imperios. Uno de los referentes menos conocidos por la izquierda actual y que más imprescindible es leer es el intelectual italiano Ignazio Silone que se posicionó de manera frontal contra la URSS en la Primavera de Praga.
Ignazio Silone se llamaba a sí mismo socialista sin partido porque no podía defender las adhesiones inquebrantables que exigía el buró planteando un dilema irresoluble que implicaba significarte del lado de todo lo que hicieran las elites del partido comunista incluso en situaciones de vulneración de los derechos humanos. Ignazio Silone repudiaba esas posiciones dilemáticas usadas como trampa que intentaban explicar que solo había elección entre socialismo y fascismo porque sabía que la mayoría de las traiciones invocadas cuando buscaban esa unión a las elites eran en la mayoría de las veces inventadas para reprimir disidentes marxistas. El comportamiento humano no puede atarse silogismos prefabricados y no podemos aceptar a quienes quieren defender sus privilegios con esas argucias dialécticas. Apoyar al pueblo de Cuba y combatir el imperialismo de EEUU y el bloqueo criminal es mucho más profundo que unirse de manera acrítica a las elites burocratizadas que abandonaron la revolución hace tiempo y que solo buscan subsistir sin importarle el devenir de la gente que sí sufre las carencias.



