Marisol Donis

Editorial: Alrevés

Año de publicación original: 2026

Por Bea Osa

Las rebeldes, las incomprendidas, las que se salían del tiesto, aquellas que resultaban incómodas a maridos, padres e incluso hermanos podían terminar encerradas entre las paredes de manicomios por aquellos que ejercían la potestad de hacer y deshacer, con ellas y de ellas, a su antojo.

Las reglas estaban claras: si molestabas, te mandaban al loquero. Si te revolvías, también

Las reglas estaban claras: si molestabas, te mandaban al loquero. Si te revolvías, también. Si discrepabas o si te salías de los márgenes marcados a cualquier nivel y sobre todo sexualmente. No para someterte sin más en sesiones de diván y viviendo empastillada. No. La acometida final pasaba por el encierro: aislarte, alejarte, apartarte. En definitiva, anular tu voluntad y limitar tu libertad.

En el siglo XIX y la primera mitad del XX, salvo en casos excepcionales, el encierro de las mujeres no era delito sino una mera opción de control social para someter y silenciar. Así lo detalla Marisol Donis en Mujeres grises sobre fondo negro.

De Emily Dickinson a Adèle Hugo

Un libro que, sin yo pretenderlo, ha pasado con nota el test visual de la mesa. Ese experimento espontáneo en el que puedes comprobar si algo interesa por la reacción de la gente al pasar. En el caso de una redacción, que unas y otros interrumpan su tránsito, siempre acelerado, a la vista de un libro es síntoma de su atractivo, como este que captó mi atención en la siempre tentadora Feria del Libro.

Gran parte de los ochenta y cinco años de vida de Adele, la hija de Victor Hugo, los pasó internada

Hay que reconocerle el mérito tanto al título como a la portada, un collage de mujeres con el siempre enigmático rostro de Emily Dickinson en el centro. Su gesto a lo Mona Lisa comparte espacio con la artista surrealista Unica Zürn, a siniestra, y Adèle, hija de Víctor Hugo, a su diestra.

A esta última la diagnosticaron de erotomanía, un trastorno delirante en el que la afectada cree que otra persona está enamorada de ella y que debió de ser tan potente como para marcarla desde su juventud hasta su muerte; gran parte de sus ochenta y cinco años de vida los pasó internada. Incluso de manera voluntaria, viviendo ermitaña con sirvienta. No fue la única. También Dickinson escribió su obra en pleno auto-encierro.

Locas, histéricas e insanas morales

Son dos de las vidas que repasa Donis, sin recurrir siquiera a las gafas moradas. De un somero vistazo ya se percibe el descalabro que fue aquella época. Pero la mirada de la autora, farmacéutica y criminóloga, ayuda a ahondar en el porqué de sus ingresos y en quiénes lo ejecutaron, cuando la voluntariedad era lo excepcional y lo habitual era que otros —siempre hombres— tomaran la decisión por ellas —siempre mujeres—, jóvenes, solteras o madres de familia numerosa. Daba igual.

En Francia, la tierra de la libertad, igualdad y fraternidad, tenían La Salpêtrière. Un hospital general para "mujeres expulsadas de la sociedad, que estuvieran aquejadas de enfermedades venéreas, epilépticas e incorregibles, a las que llamaban 'locas'. Un museo de enfermedades donde más de cinco mil mujeres permanecerían encerradas de por vida con el estigma de 'incurables'", escribe Donis, "no ofrecían tratamientos, solo exclusión".

Muchas mujeres sirvieron de cobayas a médicos, científicos y experimentadores varios

Una realidad atemporal que apabulla. En Mujeres grises sobre fondo negro se habla de locas, histéricas e insanas morales, de acuerdo a la terminología de la época. Esa que otorgaba el sello autorizado al encierro y las condenaba al ostracismo en vida; víctimas de exclusión y reclusión, pero también de maltrato.

Muchas sirvieron de cobayas a médicos, científicos y experimentadores varios. Como mucho, había manos femeninas supervisando las supuestas sanaciones; enfermeras y religiosas, pero las mentes pensantes que tenían el poder y la necesidad de idear torturas eran las de ellos.

Para no olvidar

Así se nos revela lo que sufrió Hersilie Rouy, allá por 1854: "Fue diagnosticada de espiritismo y 'monomanía religiosa con alucinaciones'. La ataron a una bañera vacía y echaron cincuenta y dos cubos de agua fría por la cabeza sin saber el motivo. Luego explicaron que era la penalización por atender a una compañera que sufrió en el dormitorio un ataque de histeria. Por si fuera poco, tapiaron la ventana de su habitación. Protestó y de nada sirvió".

Para las rebeldes, las contestonas, las "indóciles y desarregladas" había jaulas edificadas con conocimiento de todos

Para las rebeldes, las contestonas, las "indóciles y desarregladas" había jaulas edificadas con conocimiento de todos. Como las casas de las Arrepentidas, abiertas siglos atrás, en el Madrid de 1637, destinadas a albergar a mujeres prostituidas y jóvenes embarazadas fuera del matrimonio. Descarriadas.

Ese otro término repulsivo del lenguaje excluyente cuyo único consuelo está en atribuirlo a otros tiempos, puesto que aquel sufrimiento de tantas y tantas mujeres es imposible de revertir o resarcir. Solo nos queda evidenciarlo. Ni olvidar ni olvidarlas.

En eso consiste también este libro, con un apartado especial para el devenir de los manicomios; de lo que fueron a lo que supuestamente son o pretenden ser una vez derribados los 'loqueros' y remontado a trompicones el sistema de salud. Precisamente, Donis menciona en la última página una iniciativa del Gobierno que está aún por implantar. No haré spoiler. Solo confiemos, como parece confiar la propia autora, en que sea así.

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