El fin de los manicomios llegó a España en 1986. Una nueva Ley General de Sanidad convirtió instituciones como el de Alonso Vega, inaugurado en 1968 y con capacidad para miles de internos. "Era un lugar donde aparcar a los locos, para que la sociedad normativa pudiese seguir con su día a día", explica Marina Arrabal, enfermera en salud mental.
Aquellos centros contaban con electroshocks, inducción a fiebres o comas, con la esperanza de que los enfermos mejorasen su estado. Sin embargo, poco o ningún esfuerzo se realizaba por volver a incluirlos dentro de la comunidad si no podían ser productivos para esta. Antes de dicha ley, "estas instituciones manicomiales eran disciplinarias y su objetivo consistía en apartarlos de la sociedad", apunta Arrabal.
"Era un lugar donde aparcar a los locos, para que la sociedad normativa pudiese seguir con su día a día"
En una carta a El País en 1978, ocho años antes de la reforma, el director del antiguo hospital Alonso Vega (hoy Hospital Dr. Rodríguez Lafora) se desdecía de las críticas que acusaban a estas instituciones de sus tratos y de la "falta de libertad" a la que se sometía a sus pacientes. Insinuaciones que ya formaban parte de una nueva ola de psiquiatras que habrían de transformar estos espacios en la década siguiente con la recién estrenada democracia.
Pero muchas de ellas no desaparecieron y tuvieron que pasar muchos años antes de que pudiesen ser desmanteladas. Se crearon unidades de larga estancia en los nuevos centros psiquiátricos para aquellos pacientes a los que les resultaba imposible vivir fuera de sus límites: "Algunos de ellos habían incluso nacido en este tipo de centros", explica Arrabal.
Dulcenombre
Esta enfermera de una institución psiquiátrica sujeta entre sus manos su primera novela, Dulcenombre. Una historia que bebe directamente de esa época y de la desmantelación de aquel sistema arcaico. En ella, una joven de 27 años es completamente absorbida por la religión y la mística que la empujan a una transformación sobrenatural por la influencia de su familia, dogmática y ultracatólica.

Editada por Blackie Books y arengada por el escritor Jorge de Cascante, quien la convenció de escribirla, Dulcenombre es un viaje a los delirios de la mística y sus efectos. Un relato que trata de jugar con los límites de la locura o de la normalidad impuesta por la propia sociedad: "Lo que ha sido normal hace unos años no es normal ahora".
Locura y mística
Entre aquellas cosas cuya normalidad ya caducó encontramos cilicios, reliquias, ungimientos para difuntos y demás parafernalia de un pasado católico y enlutado. "Estaba sometida a mucha presión en el trabajo durante la pandemia y mi forma de evadirme era inventarme esas biografías de santos", explica Arrabal.
"Estaba sometida a mucha presión en el trabajo durante la pandemia y mi forma de evadirme era inventarme esas biografías de santos"
De ese ejercicio surgió una cuenta de Instagram, Hagiografiahoy, desde la que imaginar santos con sus vidas y milagros. Así empezaron a cobrar vida San Viriato Penitente, patrón de los astrónomos aficionados; Santa Cirilia de Proa, custodia de los marineros que le piden protección, y así sucesivamente y por los siglos de los siglos.

Convertida ya en Dulcenombre, Arrabal dotó de vida a una joven obsesionada con el martirio y los estigmas, que al principio tenía su mismo aspecto pero que después se fue transformando en una novela asfixiante y brillantemente construida. Su autora no ofrece diagnósticos y nos hace movernos casi a oscuras, siguiendo las obsesiones de aquella joven y siguiendo nuestra intuición.
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