Por César González Antón

David Uclés

Editorial: Destino

Fecha de publicación original: 2026

La noche prometía ser larga: tenía que terminar la crítica del último libro de David Uclésy, una vez más, la fecha de entrega de Ahora Qué Leo me respiraba en la nuca. Iba pasando con placer las páginas de La ciudad de las luces muertas, pero con los ojos cansados, el cuerpo rendido y la cabeza ya dentro del libro. En algún punto del capítulo final, entre el último esfuerzo y el primer desmayo, me quedé dormido. El libro debió caer también rendido, acunado al ritmo de mi respiración.

Había viajado a una Barcelona imposible; no era una, sino siete, descompuesta en tiempos distintos

Me despertó un hormigueo molesto en el pecho, los personajes que había tenido aplastados sobre mí durante horas decidieron escapar. Desorientado, comprobé que mi cama ya no estaba en Madrid. Había viajado a una Barcelona imposible; no era una, sino siete, descompuesta en tiempos distintos.

Si miraba a la derecha, veía el Gótico; a la izquierda, la Barceloneta; de frente, la Sagrada Familia. Cada giro de cabeza me llevaba a otro lugar, a otro momento histórico, a otra versión de la ciudad. Mi habitación se había convertido en un caleidoscopio temporal que me mostraba todos los escenarios de ese libro mágico.

Ciudad de prodigios

Comprendí entonces que "ni el cielo era muy cielo ni el suelo muy suelo". Noté un papel en mi mano, tenía una nota manuscrita firmada por Uclés: "Si esperas lo inesperado, no lo reconocerás cuando llegue". Terminé de leerla y se quemó ella sola, mordiendo mis dedos en su último suspiro.

Decidí levantarme. Al hacerlo, mi cuerpo se quedó en la cama. Yo, en cambio, empecé a caminar como un espectro. Mi mujer, por suerte, dormía plácidamente. No le gusta que camine descalzo. Tenía que encontrar al autor para que me ayudara a arreglar este entuerto.

Vi en el interior a Dalí concentrado en la construcción de un castillo de naipes, Nuria Espert contaba historias a una mesa de poetas

Salí a la calle en su busca, rodeado de una oscuridad profunda, y por el camino fui cruzándome con algunos de los personajes que habían escapado de la novela. Les rogaba que volvieran sin mucho éxito. Vargas Llosa clamaba por la libertad onírica mientras García Márquez huía en una barca. Picasso leía las primeras líneas de Últimas tardes con Teresa y, al verme, me guiñó un ojo: "Dile a Uclés que me he dado cuenta de que aparezco justo en la página 69".

Aparecí por Pla de Palau y entré en el restaurante 7 Portes, me abrió la puerta Vázquez Montalbán disfrazado de Pepe Carvalho. Vi en el interior a Dalí concentrado en la construcción de un castillo de naipes, Nuria Espert contaba historias a una mesa de poetas mientras la Caballé hacía gárgaras con miel y limón.

El viejo detective me susurró al oído: "Anda con cuidado, ese jugador de baloncesto mira demasiado a tu mujer, yo sé de estas cosas". No me sorprendió que estuviera allí la cama, con mi señora durmiendo plácidamente y Magic Johnson mirándola con un preocupante interés.

Críticos y 'Picalagartos'

Desesperado, me asomé por una ventana —no sé cuál ni desde dónde— y aparecí en Las Ramblas. Y allí lo vi: David Uclés, montado en un triciclo, con candelabros en la cabeza, cantando: "Yo quiero verte danzar como los vecinos del Verges bailan la danza de la muerte en la noche de los tiempos".

Lo perseguía un crítico normalísimo: traje gris, corbata gris, cara gris, y apellido ordinario. Le lanzaba lagartos, pero no le alcanzaba. Yo también corrí tras él. Le grité. Le pedí que parara. Nada. Uclés seguía pedaleando, cantando, ignorándonos. Antes de que ninguno de los dos pudiera atraparlo, saltó a un bibliobús hecho de libros luminosos y desapareció. El crítico, frustrado, recogió a sus lagartos, les dio besos y arrumacos y se marchó a buscar otro Planeta.

El crítico, frustrado, recogió a sus lagartos, les dio besos y arrumacos y se marchó a buscar otro Planeta

Ahí empezó la verdadera angustia. Si no podía encontrar al autor, tenía que convencer a los personajes. Tenían que volver al libro. Tenían que meterse otra vez en las páginas para que yo pudiera despertar en la capital y entregar mi artículo a tiempo. Pero seguían sin hacerme caso.

Preocupado por Magic y su querencia por mi mujer, traté de volver al restaurante, pero nada estaba en su sitio. Mientras buscaba vi a Orwell disparar al cielo. Mercè Rodoreda le gritaba que tuviera cuidado, no le fuera a dar a una de sus palomas en lugar de a un fascista. Sentí de golpe esa necesidad matutina de ir al baño, y acabé en un bar.

Reverte se revuelve

En la barra estaba Pérez-Reverte, con un whisky en vaso grueso, sombrero y gabardina. Tocó dos veces con la palma de su mano la superficie del taburete situado a su lado, en una elegante invitación a que me sentara junto a él.

Yo pensaba que Uclés debió ir a debatir a sus jornadas, que había que debatir hasta en el infierno

—¿Cómo se encuentra, don Arturo?

Me duele España —me respondió.

Le pregunté qué demonios hacía allí, si él no salía en la novela de Uclés.

—Esto no es la novela de Uclés —me dijo—. Él no me habría invitado. Esto es tu sueño, por eso es raro.

Hablamos un rato. Le confesé que yo pensaba que Uclés debió ir a debatir a sus jornadas, que había que debatir hasta en el infierno. Pero también le dije que en mis sueños no importa tener razón, ni convencer a nadie. Aquí se convive, incluso se admira, a los que piensan distinto, que para eso era mi sueño. Me miró con sarcasmo, dibujó media sonrisa y brindó porque encontrara el camino de vuelta.

La ciudad de las luces muertas

Lo dejé atrás y salí corriendo. Levanté la cabeza admirando el misterio de la noche. Una noche eterna, una noche de los tiempos. Me quedé pensando, hasta que vi a Eduardo Mendoza cruzar el cielo en una alfombra voladora junto a un extraterrestre. El frío empezaba a subir por mis pies. El sueño se resquebrajaba. Fui a girar una calle desconocida, busqué su nombre, se llamaba 'La última esquina'.

Y justo al doblarla apareció ella: Carmen Laforet. Tenía entre veinte y ochenta años. Me acerqué desesperado y le pregunté qué podía hacer para que todo volviera a su sitio, para que los personajes regresaran, para poder despertar. Me miró con calma y me dijo: "Nada". Y desperté.

Uclés ha decidido viajar por sendas que no están marcadas y a veces se tropieza en sus letras

Al descubrirme en mi cama, a salvo, abracé a mi mujer. Ella me recibió con un codazo y me recriminó por tener los pies congelados. Con todos estos recuerdos frescos me he levantado rápido a escribir esta crónica, porque los sueños se deshacen al abrir los ojos. Del libro de Uclés solo te diré que lo leas, lo disfrutes y te diviertas.

No es la obra mayúscula de La península de las casas vacías. Es, sin embargo, un libro memorable, divertido, culto, sensible y mágico: un homenaje a Barcelona y a sus genios. Uclés ha decidido viajar por sendas que no están marcadas, y como abre camino, a veces se tropieza en sus letras, pero esas caídas son arrugas bellas y el paisaje merece la pena. Eso sí, conviene no quedarse dormido con este novela entre las manos, o quizá sí; al fin y al cabo, los tiempos que corren son fantásticos e irreales.

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