Hay una chica en bikini —o, mejor dicho, solo con la parte de abajo— suspendida entre el mar y una escalera de hierro. El agua es tan transparente que deja ver las rocas del fondo. La fotografía tiene ese verde limpio, casi frío, de las costas del norte. En un día como este, de calor inmóvil, cuesta imaginar una imagen más irresistible.

La chica avanza. Con una mano toca el agua. Mueve los pies. El cuerpo ya está en el mar. Pero la otra mano sigue agarrada a la escalera.

La adultez no empieza con una ceremonia, una mayoría de edad ni una fecha marcada en el calendario

Esa fotografía abre Casi adultos, la ópera prima de Gabriela González (Pontevedra, 1990). También podría ser una definición de aquello que anuncia el título. La casi adultez se parece a ese instante: entrar sin terminar de entrar. Tener el cuerpo de un lado y la mano del otro. Haber dejado atrás una orilla sin alcanzar todavía la siguiente. Crecer, parece decir esa imagen, consiste durante un tiempo en sostener esa tensión discreta entre el impulso de soltarse y la necesidad de seguir agarrado a algo.

Es una imagen que Gabriela González reconoce de inmediato. La periodista, publicista e influencer literaria —en su cuenta de Instagram, @malaherba, más de treinta mil personas leen cada domingo textos que luego circulan una y otra vez por las redes—, dice que la adultez no empieza con una ceremonia, una mayoría de edad ni una fecha marcada en el calendario.

Llega de forma mucho menos nítida y bastante más desordenada, a través de "una serie de puntos de inflexión en los que te tienes que enfrentar a situaciones complejas de la vida para las que no te sientes preparada y que tienes que sacar adelante".

Habla de esas noticias que no llegan solas, sino en cadena, hasta cambiar el paisaje de una vida. La muerte de alguien querido. Una amistad que termina. El amor y el desamor. Una mudanza. La incertidumbre económica. El trabajo —o su ausencia—. La casa que no puede pagarse. La maternidad convertida en una cuenta atrás. La realidad que obliga a avanzar antes de sentirse preparado.

Pero Gabriela también propone otra forma de pensar ese tránsito. Recuerda una conversación con un niño de ocho años. "Me dijo una vez que lo que más miedo le daba era la inmensidad. Me sorprendió que alguien tan pequeño pudiera pensar en algo tan grande. Mientras él temía lo inabarcable, yo temía el futuro próximo. Quizá ahí esté la diferencia entre los niños y nosotros. Y, aun así, seguimos siendo lo mismo: criaturas que no terminan de crecer, solo cambian de miedos".

Quizá esa sea la verdadera diferencia entre la niña que espera para lanzarse al agua y la mujer que aparece en la portada del libro. No el valor para saltar, sino aquello que imagina encontrar bajo la superficie.

"Somos criaturas que no terminan de crecer, solo cambian de miedos"

Porque bajo esas rocas descansan muchas de las cosas que Gabriela reconoce que nunca vio venir: "Nunca imaginé que iba a tener problemas para encontrar una vivienda en el centro de Madrid. Tampoco pensé que tendría que congelar óvulos para poder ser madre porque el tiempo se me iba a echar encima. Ahora tengo 36 años, pero los congelé con antelación porque me lo recomendó la ginecóloga”.

Amar o dejar de amar

Hay otra cosa que la escritora tampoco vio venir: el final de una relación de seis años. Con esa escena arranca Casi adultos. Pero sería un error pensar que el libro habla de una ruptura. Es el punto de partida de la novela, pero no su verdadero tema. Lo importante no es la ruptura, sino todo lo que sucede después: la reconstrucción de una vida. Ese dolor es apenas el lugar desde el que el relato empieza a moverse.

"La ruptura no es tan importante. La coloqué al comienzo porque me parecía un arranque que te sitúa en un punto de inflexión complicado, en un momento en el que tienes que ser adulta, volver a gestionar todo, recolocar tu vida. Me parecía un buen punto de partida para que luego se fuese viendo ese crecimiento, esa mejora, ese bienestar, ese resurgir", revela.

Por eso ‘Casi adultos’ termina hablando mucho menos del desamor que del amor. Cuando se le pregunta qué le enseñó más sobre sí misma, si amar o dejar de amar, responde sin dudar: "El amor". Y enseguida amplía el significado de esa palabra. No habla solo de las relaciones románticas. Habla del amor por su abuela, por sus padres, por su hermana, por los amigos que permanecen.

"Lo que más nos define es nuestra forma de querer. Saber estar cuando alguien nos necesita también es una forma de amor. En el libro hablo de una amiga que me deja en el peor momento, y eso duele muchísimo. Por eso creo que este es mucho más un libro sobre el amor que sobre el desamor”, cuenta.

Observar y escribir

Hay un momento en el libro en que Gabriela menciona a Italo Calvino. En Las ciudades invisibles, Marco Polo le dice a Kublai Kan que hay dos maneras de soportar el infierno de los vivos: aceptar el infierno hasta dejar de verlo o aprender a reconocer aquello que, en medio de él, no es infierno, y hacerlo durar. Mientras habla de su libro, da la impresión de que la autora ha elegido esa segunda forma.

Escribe para encontrar esas pequeñas zonas habitables. Habla de la escritura como una vocación pero sobre todo como una manera de entender el mundo cuando este se vuelve opaco. "A mí escribir me ayuda a comprender la realidad o, incluso, a veces, a hacerla más agradable, más amable, a volver a ilusionarme. Me ayuda a analizarme y a analizar lo que pasa”, incluso agrega: “La realidad es que observo mejor y observo más desde que escribo".

“La realidad es que observo mejor y observo más desde que escribo"

La escritura es una tabla de salvación. La terapia, otra. "Me ayudó muchísimo. Hubo momentos de mi vida en los que estaba en situaciones de las que no sabía salir, que me estaban haciendo daño. Hablo al inicio del libro de una relación muy complicada y a mí la terapia me ayudó a salir de ahí, a reencontrarme conmigo, a volver a disfrutar de mí. Fue algo fascinante. Creo que es casi un acto de generosidad con nosotros mismos, pero también con la gente que nos rodea", explica.

Un verano eterno

Tal vez por eso el verano insiste en aparecer una y otra vez. No porque sea una estación del año, sino porque allí permanece intacto todo aquello que, en palabras de Calvino, no es infierno. Gabriela lo llama una "obsesión", pero se parece más a un refugio. El verano es el sitio donde la autora todavía puede encontrarse con esa "casi adulta" del título: alguien suspendida entre la infancia y la vida que vino después.

Marita Alonso

"Siempre digo que el verano es la vida en su máxima expresión. Hace años empecé una tradición con mi padre: cuando paseamos por la playa nos tomamos un vino y brindamos por el verano como si fuera un estado permanente. Lo que más me conecta con esa casi adultez es ir a la playa con mis padres, que me pongan crema, volver en el coche después de un día entero de playa.

Yo me tumbo atrás, sobre la toalla, y escucho sus voces mientras me quedo dormida. Ellos dicen: 'Ya está la niña durmiendo'. Esa sensación de paz me conecta completamente con mi infancia. El olor de la crema solar, la arena, la siesta, los grillos, la ausencia de rutina... Todo eso está profundamente ligado a quien fui”, recuerda.

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