Ya sean los de fregar o los que utilizamos para evitar contagios por el coronavirus, los guantes cumplen su función: aislar la piel de las agresiones externas. También hacen de barrera para el sentido del tacto. Por mucho que palpemos una superficie, la ausencia de contacto con la epidermis impide que obtengamos información sobre algunas de sus propiedades (como la rugosidad) y experimentemos las sensaciones que podría infundirnos. No es lo mismo acariciar a nuestra mascota con guantes que sin ellos.

La piel, el órgano más extenso del cuerpo, actúa desde que nacemos como uno de los principales canales que nos conectan con el mundo. No en vano, está involucrada en todas las interacciones físicas que tenemos a diario.

Debido al importante papel que desempeña en el organismo y en la percepción del entorno, los científicos llevan más de un siglo estudiando el sentido del tacto. Pero muchos detalles de su funcionamiento continúan siendo un misterio.

“Todavía no entendemos la naturaleza de las sensaciones capturadas por la piel ni cómo son procesadas para convertirse en percepciones y acciones”, admite Yon Visell, investigador de la Universidad de California en Santa Bárbara. Los expertos disponen ya de modelos detallados de otros sentidos, como la vista y el oído, pero todavía les falta información sobre el tacto.

Llevamos un traje dérmico sensible al mundo

Para obtener información del exterior, la dermis y la epidermis (las capas más externas de la piel) disponen de numerosos receptores distribuidos por todo el cuerpo. Actúan como sensores, recopilando datos del entorno y transformándolos en señales que pueden ser procesadas.

Existen diferentes tipos, según los estímulos que captan: los nociceptores se encargan del dolor, los termoreceptores de las variaciones de temperatura y los mecanorreceptores detectan la fricción y los cambios de presión y vibración. Su acción combinada nos aporta una radiografía bastante precisa de los objetos que tocamos. Tanto, que a veces no necesitamos la vista para reconocerlos.

Tipos de sensores de la piel: termoreceptores (corpúsculos de Krause y Ruffini), mecanorreceptores (corpúsculos de Meissner, Pacini y Merkel) | CNX OpenStax I Wikimedia Commons

Cuando son activados, estos receptores producen impulsos nerviosos que se transmiten entre neuronas (las células del sistema nervioso) hasta llegar a la médula espinal y el cerebro. Entre otras cosas, todavía no se conoce en detalle cómo estas señales se convierten en información interpretable, por ejemplo, para distinguir si alguien nos ha raspado con la uña o nos ha hecho cosquillas.

Estudiando la física del tacto

Sin embargo, la piel no es solo un material muy sensible. Junto con un par de colegas, Visell ha demostrado recientemente en un estudio que este complejo órgano contribuye al procesamiento de la información táctil que capta. La clave está en la elasticidad de la epidermis.

Para explicar sus hallazgos, el científico pone como ejemplo el funcionamiento de los ojos. La óptica de los órganos de la visión permite focalizar la luz en la retina, plagada de receptores sensibles que transforman los estímulos en información que el cerebro puede procesar e interpretar.

Un fenómeno similar ocurre cuando tocamos una superficie: al igual que la cornea y el iris del ojo dirigen la luz hacia la retina, la elasticidad de la piel distribuye los estímulos captados al tocar un objeto entre distintos receptores sensoriales.

No solo la parte de la piel que entra en contacto con una superficie capta información | Congerdesign I Pixabay

Los investigadores han estudiado este proceso en las manos utilizando sensores electrónicos. Han podido observar así cómo, cuando palpamos una superficie, se generan vibraciones en la piel. Los patrones que siguen estas ondulaciones codifican información, como en un lenguaje, de manera que facilitan su posterior procesamiento.

De esta forma, la elasticidad de la piel permite involucrar en la detección de los estímulos a miles de sensores, aunque no estén ubicados justo en el área que experimenta el contacto. Aumentan la cantidad de recursos disponibles para interpretar la información y la eficiencia a la hora de compilarla en las señales táctiles. Un tipo de procesamiento que se esperaría del cerebro, no de la piel.

Los hallazgos, señalan sus responsables, no solo aportan nuevos detalles sobre esta magnífica capa sensorial que siempre llevamos puesta, sino que pueden aplicarse en el desarrollo de miembros prostéticos o de robots sensibles al tacto.