Aunque pueda parecer un simple juego de niños, crear burbujas de jabón suficientemente grandes y duraderas no es tan fácil. A veces, por más que soplemos a través del orificio, no hay forma de que salga una pompa; lo único que conseguimos es salpicarnos la cara y, de paso, mojar al vecino.

Diferentes procesos físicos son responsables de que podamos confinar el aire dentro de una lámina jabonosa para luego verla alejarse como si nada. Por eso, las pompas y su formación se han convertido en un tema de interés para algunos científicos que han tratado de desentrañar en sus estudios los secretos del fenómeno.

Uno de los primeros en ponerse a la tarea fue el físico belga Joseph Plateau. Allá por el siglo XVIII describió cuatro leyes básicas que explican la estructura de las burbujas. La tensión superficial, una propiedad de los líquidos, es responsable de que sean redondas: mantener esa forma requiere muy poca energía. Las abolladuras que sufren con el tiempo se deben a la fuerza de la gravedad, que atrae el líquido hacia el suelo.

El secreto está en el soplido

Más recientemente, en el 2016, un equipo de investigadores franceses desarrolló un modelo teórico para describir el mecanismo de formación de las pompas. Al parecer, este depende de la anchura y velocidad del flujo de aire que golpea la lámina jabonosa. Cuanto más amplia sea la corriente, menor será la velocidad necesaria y mayor tamaño tendrán las burbujas.

La relación descrita por los galos explica lo que ocurre cuando soplamos a través del anillo de plástico: el flujo de aire es más ancho que la película que ocupa el interior del círculo.

La velocidad del aire que soplas influye en la formación de las burbujas | Pixabay

Dos años más tarde, un grupo de matemáticos de la Universidad de Nueva York hizo diferentes experimentos para aportar todavía más detalles sobre el proceso. Así, concluyeron que lo ideal es utilizar un anillo con un perímetro de 3,8 cm y soplar suavemente una corriente de 6,9 cm/s.

Según los hallazgos de los investigadores estadounidenses, si impulsamos el aire a más velocidad o utilizamos un aro de unas medidas diferentes, la lámina explotará antes de formar la ansiada burbuja.

¿Y si queremos una poma gigante?

Pero podemos crear pompas todavía más grandes utilizando mayor cantidad de líquido y un orificio de mayor embergadura, como hacen algunos maestros de la burbuja que suelen demostrar sus habilidades en las calles de las ciudades.

Intrigado por los colores que pueden observarse en la superficie de estas pompas gigantes, el físico estadounidense Justin Burton comenzó a indagar sobre su naturaleza. La existencia de este efecto arcoíris, producido cuando la luz es reflejada por la superficie de la lámina jabonosa, significaba para Burton que la lámina que confinaba el aire era sumamente delgada. ¿Cómo podía entonces permanecer intacta?

Junto a algunos colegas investigadores, Burton hizo experimentos para averiguar los secretos de su resistencia. Comprobaron así que los polímeros, uno de los ingredientes que suele añadirse al agua y el jabón, eran clave para generar burbujas gigantescas.

Las cadenas de moléculas que conforman estas sustancias “quedan entrelazadas, de forma similar a lo que ocurre en una bola de pelo, formando hebras más largas que no quieren separarse”, ha explicado Burton. En la proporción adecuada, los polímeros otorgan a la lámina jabonosa la viscosidad y elasticidad idóneas para ser duraderas.

La receta del científico estadounidense y sus colegas incluía entre sus ingredientes agua, detergente, polvo de goma guar (un polímero vegetal), alcohol desinfectante y levadura química. Aunque para conseguir la burbuja perfecta no basta con saber la receta. Como en la cocina, hay variables (como la humedad) que no podemos controlar fuera de un laboratorio.