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EXTRAÑAS TEORÍAS SOBRE LA CONCEPCIÓN

Por vapor o por inoculación masculina: así creían que se hacían los niños hace cuatro siglos

Antes de que el holandés Anton van Leeuwenhoek observara los espermatozoides a través del microscopio, los entendidos de la época pensaban que una especie de vapor estimulaba a las mujeres para gestar niños. Incluso después del hallazgo, los científicos no acababan de tener claro el proceso que daba lugar a los bebés...

Anton van Leeuwenhoek, considerado el padre de la microbiología, decía ver animálculos en el esperma

Pixabay Anton van Leeuwenhoek, considerado el padre de la microbiología, decía ver animálculos en el esperma

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Los espermatozoides humanos tienen que nadar unas 24.000 veces la longitud de su propio cuerpo para alcanzar su destino: un óvulo. Desde 2001 se sabe que cuando se acercan a la célula femenina proporcionan energía a su flagelo gracias a unos canales iónicos exclusivos. Hace poco, los científicos han descubierto también que su cola está provista de resortes elásticos interconectados que les impulsan en su viaje.

De esta forma, aunque cada vez se conoce más sobre la naturaleza de estos incansables nadadores, todavía quedan muchas incógnitas por resolver, y eso que se investiga sobre ellos desde hace más de tres siglos. Incluso tras su descubrimiento -a mediados del siglo XVII-, los expertos de la época elucubraban estrambóticas teorías para explicar cómo dos animales eran capaces de engendrar a otro miembro de la especie.

Los defensores de una de estas hipótesis sostenían que algún tipo de vapor desprendido durante la eyaculación masculina estimulaba a las mujeres para concebir niños. Es lo que el italiano Hieronymus Fabricius, especializado en anatomía, bautizó en el siglo XVI como 'aura seminalis': como se trataba de un gas, no hacía falta ningún tipo de contacto entre los futuros padres.

Fue otro italiano, Lazzaro Spallanzani, el primero en desarrollar métodos efectivos de inseminación artificial, que probó con anfibios y pequeños mamíferos. Determinó así que el contacto con el semen era esencial para la fertilización de los óvulos.

¿Partículas a animálculos?

Pero hasta el siglo XVII a nadie se le ocurrió pensar que el semen contenía "partículas fertilizantes", como las denominó el francés Louis du Gardin, quien propuso la idea en uno de sus tratados sobre la formación de los fetos. Unos años después, el científico holandés Anton van Leewenhoek pudo examinar con más detalle esas diminutas partículas gracias a una versión arcaica del microscopio que él mismo había inventado y a una gota de su propio líquido seminal.

Van Leeuwenhoek llamó a aquello que veía bajo la lente "animálculos". Pese a estar satisfecho con su descubrimiento, al holandés le daba apuro airear sus hallazgos sobre un tema tan comprometido, por lo que se los trasladó primero a la Real Sociedad para el Avance de la Ciencia londinense, cuyos miembros no dudaron en publicarlos en la edición de 'Phisolophical Transactions' de 1678.

Dibujo de Nicolaas Hartsoeker, quien fabricó su propio microscopio rudimentario
Dibujo de Nicolaas Hartsoeker, quien fabricó su propio microscopio rudimentario | Wikimedia Commons

Sin embargo, tuvieron que pasar casi 200 años para que los científicos se pusieran de acuerdo sobre cómo se genera un nuevo ser humano. Tras el descubrimiento de Leeuwenhoek, el naturalista Nicolaas Hartsoeker publicó un dibujo en el que aparecía la imagen de un espermatozoide que encerraba una persona totalmente formada en su interior. Pensaba que era lo que observaría si tuviera un microscopio lo suficientemente potente.

El esquema inspiró a otros científicos, que adoptaron su idea: pensaban que esas pequeñas unidades masculinas contenían el germen que luego el hombre transmitiría a la mujer para que ésta lo incubase. Otros, sin embargo, tomaron el lado opuesto, sosteniendo la hipótesis de que era el óvulo femenino el que albergaba un ser ya formado y que el esperma no tenía ninguna función en el proceso.

Por otra parte, estaban los defensores de la epigénesis, una teoría que aseguraba que tanto espermatozoides como óvulos tenían un papel importante en la formación de un nuevo individuo. Durante los siguientes siglos, los descubrimientos y observaciones con microscopios cada vez más sofisticados refrendaron esta última corriente, desterrando para siempre las extrañas creencias anteriores.

Las cosas han cambiado mucho desde entonces pero, pese a que hoy tenemos mucha más información sobre los espermatozoides y el proceso de fertilización, lo cierto es que todavía existen incógnitas por desvelar. Al menos los científicos no tendrán que sentirse avergonzados por publicar sus hallazgos.

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