Cierra los ojos e imagina…

Lunes. 6.50 de la mañana. En diez minutos te espera tu jefe para desayunar en Bangkok IV. Tu casa no tiene puertas, ni escaleras. Tu calle no existe. Tu ciudad es el mundo. No hay carreteras, paradas de autobús o red de metro. No hay aviones, trenes, coches o motocicletas. No hay empresas de logística, ni de viajes.

Tu hogar es un bloque de 300 metros de altura, levantado con contenedores industriales apilables. Grandes cajas completamente ciegas y compartimentadas con celdas independientes. Las únicas ventanas que hay son para modular la falsa luz natural, traída por un túnel fotónico desde la estratosfera o el desierto. La única puerta al mundo es tu transporter.

Las torres se levantan aleatoriamente y aisladas en el fondo del mar, el desierto, los polos u orbitando en el espacio. Son los emplazamientos más baratos y/o estables. No importa el lugar. Bebes agua fresca del otro lado del mundo, comes carne de La Pampa argentina y frutas asiáticas recién recolectadas. Fumas tabaco cubano y bebes whisky escocés. No hay supermercados.

Tu nevera es el corazón de la casa, un transporter internacional con módulo de seguridad duplicado. Nadie sobrevive más de tres días con la nevera y el transporter estropeados. Tampoco hay hambre en el mundo. Solo preocupa la superpoblación.

Vives en ‘Ciudad dormitorio Madrid-VIII’. Una pedanía en el fondo del Mediterráneo asociada históricamente al parque temático de Madrid. Antigua colonia pre-transporter reconvertida en gueto para los nuevos hippies no asimilados. Un oasis transformado en atracción de turistas, antropólogos y de pacientes en tratamiento contra la pérdida de identidad territorial. Los llamados ‘apátridas’ o nativos cuánticos.

La mayoría de las antiguas colonias se transforman en fábricas para el suministro de materia prima, alimentos procesados o industria artesanal. Los psicólogos son los nuevos urbanistas. Todo espacio está disociado a la distancia y a sus relaciones contextuales. El nexo es siempre artificial y cuántico. El diseño de la ciudad está solo en tu mente. Un profesional (una especie de decorador de ciudades) te ayuda a sugerirte los entornos más apropiados a tu carácter, estilo de vida, salud y trabajo; programándolos en el código de tu transporter.

Duermes en Madrid, tomas el café en la Estación Espacial Internacional y haces deporte de riesgo en el Polo Norte. Todo en el mismo día. Tú eliges.

Las ciudades son células especializadas por usos para abaratar la construcción y facilitar la gestión e intendencia mundial. Ciudad dormitorio, ciudad parque, ciudad cloaca, ciudad hospital, ciudad gimnasio... Grandes retículas orgánicas disgregadas unas de otras para facilitar un crecimiento siempre homogéneo. Cada ciudadano posee unas mismas coordenadas —tu DNI, tu código genético— en cada centro de servicio elemental y algunos, los más ricos, en centros de servicios especializados. El módulo mínimo es el de dormitorio, gimnasio y cloaca.

Water-Scrapers La hoja en el agua. Proyecto utópico de cuidad submarina

No hay política, ni ayuntamientos, ni gestión de Estado…, porque no hay fronteras, no hay países ni naciones; solo continentes o fronteras naturales. La primera ‘Ley del Transporter’ y 31 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que: “cualquier ciudadano del mundo tiene los mismos derechos en el uso y disfrute de la ubicuidad cuántica”.

Por ello, la identidad cultural se minimiza poco a poco por el mestizaje. El poder único está en las multiglobales que controlan hardware y software del transporter. La democracia deja paso a una ‘tecnocracia cuántica’. Todo el mundo habla chino o inglés y circula libremente por el espacio-tiempo mundial. La única gestión local organizada es la de las cárceles; la mayoría son ciudades históricas pre-transporter sin puertas cuánticas y reconvertidas en prisiones de hackers y creadores de transporters independientes y controladas por la multiglobal.

No hay etnias (salvo en los no asimilados). Una raza única que se va homogeneizando al ritmo que se multiplican los flujos genéticos globales. La gente se mezcla tanto como sus átomos. Se pierden singularidades genéticas por adaptación a un nicho ecológico universal. Poco a poco, los músculos de las extremidades inferiores se van atrofiando evolutivamente lastrados por la disminución de la actividad física, a pesar de los módulos obligatorios de gimnasio.

Los virus mutan más rápido e imposibilitan el control de las pandemias por la circulación instantánea de los portadores, provocando medidas lógicas de seguridad. El transporter no desatomiza la carne humana si está a más de 37,5 grados centígrados.

Sin embargo, las peores pandemias surgen de las singularidades o fallos del transporter. Virus o troyanos inyectados en el sistema que intercambian tu DNI cuántico con el de cualquier otro, rompiendo tu identidad para siempre y convirtiéndote en apátrida. Las guerras son siempre contra los grupúsculos Anonymous que luchan por la liberalización de un transporter de código abierto y gratuito.

La gente se relaciona con menos frecuencia. Los únicos encuentros casuales son los generados por un random programado voluntariamente en el transporter o por las singularidades de un troyano. Un error en las coordenadas cuánticas puede hacer que un estadio de fútbol completo aparezca en tu célula dormitorio.

Jueves 16 horas. Se termina la semana laboral. El ahorro en desplazamientos hace que se trabaje solo 20 horas semanales. Tampoco hay vacaciones. Puedes recorrer el mundo en una tarde. Hoy toca la ‘Ruta de Poniente’. 20 puertas cuánticas a 2.000 kilómetros una de otra para seguir la misma puesta de sol en 20 ciudades diferentes. ¿Realmente merecerá la pena un invento así? ...ya puedes abrir los ojos y prepararte para tu atasco diario.

Lecturas recomendadas:

Las Estrellas, mi destino, De Alfred Bester

Pensar como un dinosaurio, de Patrick Kelly

Saga de la Fundación, de Isaac Asimov