Las embarazadas tienen prohibido el consumo de tabaco y alcohol ya que estos tóxicos acaban influyendo negativamente en el desarrollo del feto. De igual forma, optar como comer una clase de alimentos en vez de otra, también determina algunos rasgos del bebé, configurando cómo asimilará los sabores que probará cuando haya nacido.

A las siete semanas de vida el feto ya presenta papilas gustativas, que completan su desarrollo entre las trece y las quince semanas de gestación. A pesar de que un feto de trece semanas tiene una masa de unos treinta gramos y ni siquiera es capaz de tragar, sí que puede saborear el líquido amniótico. Y esos sabores quedan grabados en sus recuerdos, inclinando sus preferencias por el dulce, en vez del salado, por ejemplo.

Sabor a anís

Para comprobar hasta qué punto recordamos el sabor del líquido amniótico, el fluido que rodea y amortigua al embrión y luego al feto, un grupo de investigadores franceses llevaron a cabo un experimento con un conjunto de madres procedentes de Alsacia, lugar donde se elaboran dulces típicos de anís con un sabor muy fuerte.

Del conjunto de madres, unas habían consumido a menudo este dulce típico durante su embarazo, mientras que las otras no lo habían hecho en absoluto. Justo después de que nacieran los bebés, se les sometió a una prueba, que fue repetida cuatro días después del nacimiento (sin que hubieran probado nada fuera del vientre materno a excepción de la leche materna).

Las reacciones de los recién nacidos frente al anís estaban fuertemente polarizadas entre los que tenían madres aficionadas a ese dulce típico y los que no: los bebés ya familiarizados con el sabor al anís mostraban preferencia por el mismo, sacaban la lengua y se relamían. Los bebés que no estaban familiarizados con ese sabor, mostraban indiferencia o rechazo.

Sabor a ajo y a zanahoria

Otro sabor que se ha demostrado que los bebés recuerdan de su paso por el claustro materno es el ajo. En un estudio publicado en 'Pediatrics' en 1993, un grupo de mujeres tragó una cápsula de ajo unos 45 minutos antes de que les practicaran una amniocentesis, una prueba prenatal común en la cual se extrae una pequeña muestra del líquido amniótico que rodea al feto para analizarla. El líquido extraído olía a ajo.

Los bebés que estuvieron flotando en líquido amniótico con olor a ajo durante los nueve meses de gestación, además de tener una cubierta natural contra Drácula, mostraron una clara preferencia por este condimento.

También ha tenido lugar un fenómeno parecido con las madres que consumían zumo de zanahoria durante el último trimestre del embarazo y los dos primeros meses de lactancia: los bebés mostraban preferencia mayor preferencia por esta hortaliza frente a los bebés cuyas madres no habían consumido zumo de zanahoria.

La huella del sabor temprano

Todos estos experimentos sugieren que la exposición de los bebés al sabor cuando todavía están en el útero funciona como una especie de huella o impronta para sus preferencias culinarias futuras, en palabras de Gary Beauchamp y Julie A. Menella en un estudio publicado en la revista 'Digestion'. Algo así como la comida de la abuela en versión prenatal.

Se trata, además, de un fenómeno en el que ni siquiera el ser humano tiene la exclusividad: también se ha documentado este efecto en ratas de laboratorio embarazadas, las cuales tuvieron crías más aficionadas a la comida muy dulce si las madres se habían alimentado con frecuencia con ella. Sin embargo, si las madres adoptaban una dieta menos dulce durante la lactancia la preferencia de las crías por esta clase de comida también disminuía.

Hasta tal punto nuestra vida prenatal puede condicionar nuestra vida postnatal, incluso en detalles tan insignificantes como ponerle ajo a la comida u otras preferencias gastronómicas, al menos durante la primera etapa tras el nacimiento.

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