Durante al menos 15.000 años el hombre ha dedicado grandes esfuerzos a moldear genéticamente a su mejor amigo, el perro, para adecuar las características de los canes a sus gustos y necesidades. La amplia utilización de técnicas de selección de razas durante siglos ha resultado en una subespecie (el perro doméstico o ‘Canis lupus familiaris’) con una enorme variabilidad.

Algunas razas se caracterizan por su velocidad. Otras por la altura de sus altos o por su habilidad para nadar o excavar. Los sabuesos son famosos por su sofisticado olfato, mientras que los galgos se guían principalmente por la vista. Hay quien califica a los terranova de “gigantes”, mientras que existen chihuahuas que apenas superan los 10 centímetros de altura.

Pero los cambios inducidos por el hombre no se reducen solo a su aspecto físico o a sus capacidades (los hay entrenados para trabajar, competir, cazar, etc.). Al parecer, las modificaciones genéticas han dejado una huella neuronal en los canes: un reciente estudio ha encontrado diferencias en el cerebro de distintas razas que podrían estar asociadas a la mano del hombre.

Distintas razas, distintos cerebros

La primera pregunta que se hicieron los autores del trabajo, investigadores de distintas universidades estadounidenses, fue si existían variaciones en los cerebros de perros de diferentes razas. Para responderla, analizaron los escáneres cerebrales de 62 ejemplares de 33 razas que habían visitado el hospital veterinario de la Universidad de Georgia para hacerse un chequeo neurológico.

Las pruebas constituyeron una fuente de datos de gran valor para los expertos. Desde los perros salchicha a los dóberman, los científicos detectaron diferencias en los cerebros de los canes de distintas razas que iban más allá del tamaño o la forma de este órgano.

Además, estudiaron aquellas áreas que presentaban mayores variaciones y crearon mapas neuronales relacionados con ciertas funciones, como el olfato o el movimiento. Así, observaron que la forma de estas configuraciones de neuronas estaba asociada con características propias de cada raza y habilidades como la caza, la vigilancia o el pastoreo.

Estos resultados sugieren que algunas de las diferencias en la anatomía cerebral de los perros se deben a la selección genética realizada por el hombre.

Los border collie suelen emplearse en el pastoreo de ganado | JamesDeMers I Pixabay

Los cabos sueltos

Aunque no se menosprecia el valor científico de la investigación, algunos expertos apuntan que sus autores han pasado por alto ciertas cuestiones que, posiblemente, deberán considerar en el futuro.

Por un lado, los escáneres cerebrales analizados correspondían a perros en reposo, por lo que no registraban cambios relacionados con actividades como correr o seguir un rastro. Además, no se tuvo en cuenta la variabilidad que puede existir entre perros de una misma raza criados en ambientes distintos.

Muchos canes ni siquiera cumplen hoy en día con las labores pensadas para su raza. Sin ir más lejos, todos y cada uno de los 62 ejemplares estudiados en la reciente investigación eran animales de compañía, no de trabajo. Así que, incluso si eran descendientes de grandes cazadores o pastores, probablemente no habían potenciado estas capacidades debido a su forma de vida doméstica.

Erin Hecht, autora principal del trabajo, asegura que su equipo está intentando entender hasta qué punto existen estas variaciones entre animales de una misma raza que desarrollan más o menos sus habilidades. Pone como ejemplo a los border collie que se dedican a cuidar ovejas y a aquellos que pasan sus días tumbados frente a un sofá.

Esta neurocientífica también planea estudiar en el futuro otras facetas del cerebro de los perros, como aquellas relacionadas con su salud neurológica. Los hallazgos en este campo permitirían diseñar tratamientos a medida efectivos para diferentes razas.